Si realmente leemos este evangelio como una persona que no lo hubiera oído nunca, que no fuera cristiano, como puede ser, por ejemplo, un budista. Viene aquí y lo lee y diría: esta gente está loca. Este evangelio de principio a fin es locura. Veremos que parece de locos. Pero tranquilos, ya lo decía San Pablo; “nuestro evangelio es locura para el mundo” y tanto es así que nos creerán locos, que nos tratarán como a la basura del mundo y, sin embargo, esto que para la gente es locura, “para mí es mi gloria”.

¿Por qué digo yo que es locura? Pues empecemos a ver. Ya es un poco especial esto de que se vaya un grupo y, en vez de estar dividiéndose en el pueblo, etc, están allí de charla, yéndose a la taberna, estando con la familia, marchando al bosque solos, a dormir de una manera incómoda, a tener más dificultades para comer, a pasar frío, a pasar calor, a pasar el rocío del amanecer, etc, estar solo, orando solo. Bueno, pues en esta situación de apartarse del barullo y de la gente, que ya es raro, Cristo pregunta a los demás: “¿Quién dice la gente que soy yo?” viendo que era un ser humano – porque Cristo es verdaderamente un ser humano -, pero que se iba así, un poco fuera, al desierto – el desierto quiere decir fuera de la ciudad – y que se ponía a predicar, a hacer cosas en vez de seguir trabajando de carpintero como todo el mundo hace su oficio, pues claro, decían: es otro Juan Bautista, otro Elías, otro profeta. Todos ellos hacían eso, eran un poco raros al ir al margen de la corriente de la gente.

“Y les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? “ Pues en nombre suyo, un poco como cabeza de todo el colegio apostólico, dice: “El Mesías de Dios.” Porque creen esto, le siguen. Mesías de Dios que quiere decir el Ungido de Dios, es decir, Aquél a quien Dios hace el rito por el cual se le reconoce a esta persona que tiene una misión especial de Dios. Se ungía a los reyes, a los embajadores, el padre ungía a su hijo primogénito… Eres el Ungido de Dios. Aquél que estaba profetizado, que está esperando todo el pueblo de Israel, Tú eres. Pues sí realmente Cristo lo es, parece que lo lógico era decirlo por todas partes, que todo el mundo se enterara, que vinieran a ver si le seguían.

Otra locura, porque también ya es locura seguir a una persona que come, que duerme, que camina, que se cansa, que suda, de locos. Y de locos es la respuesta de Jesús que dice: os prohíbo que lo digáis. ¡Pero hombre, si lo bueno es que lo sepa todo el mundo! Pues les prohíbe que lo digan. Y por si poca locura fuera, les añade que es el Hijo de Dios, el que ha de salvar a todo el mundo. El Mesías se titula así mismo el hijo del hombre – porque Él es verdaderamente hijo del hombre -,  que es hombre. O sea, es una fórmula hebrea para decir hombre. Pues claro que el Hijo de Dios, el Verbo, el nuevo Adán es hombre, el hijo del hombre.

Hijo de Dios, soy Dios; hijo del hombre, soy hombre. Bien, pero decir estas cosas parece de locos, y cuando le dicen una cosa, Él dice que sí. Luego dice otra que parece contradictoria. Entonces, es mucho más difícil unirlas.

Añade: “El hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día.” Pues ya me diréis, es lo más contradictorio con una labor salvífica gloriosa. ¿Y hablar de resurrección?, pues todos parecen locos. Y después de este programa se dirigió a ellos y dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo.” Parece una locura querer seguirle con este plan, y encima que para seguirle podías decir; ¿y qué voy a sacar yo de aquí?. Sacará algo muy grande pero empieza por lo de que hay que negarse a sí mismo, morir al egoísmo, olvidarse de uno para vivir para los demás, seguir a Cristo. Encima, cargar con la cruz de cada día sin protestar, sin irritarnos, sin querer quitárnosla de encima, aceptando con gozo todo lo que comparta este caminar siguiendo a Cristo con un cierto o un gran heroísmo de cansancio, de dudas, de perplejidades, de sacrificios, de entrega continua. Cargue su cruz de cada día y venga conmigo. ¿A perder qué y adonde?

Luego está esta otra paradoja para completar más la locura: “Pues el que quiera salvar su vida, la perderá.” Cuando hay un incendio o hay lo que sea y uno quiere correr, se pone nervioso, no piensa bien y se lanza por el balcón, o se lanza al río y éste se lo lleva. A veces durante el frenesí de querer salvar la vida uno hace muchos disparates y no hace más que perderla. Pero la paradoja viene ahora: “El que pierda su vida por mi causa, la salvará.” Esto no hay quien lo entienda, si pierdo la vida, ¿cómo voy a salvarla?

A nosotros los cristianos, como este evangelio lo hemos oído tantas veces, nos sorprende menos. Más, como aun en el subconsciente nuestro tenemos toda una catequesis de fe, lo leemos y no nos sorprende tanto, ya lo damos así, como una cosa normal, pero si alguien viene y lo ve de entrada, dice: están locos. Es lo que decían a San Pablo aquellos paganos que le escuchaban: eso es locura. Locura según el mundo. Sois la basura del mundo, cierto, pero ésta es nuestra gloria por el don de la fe.

Como decía San Pablo, sé de quien me fío: de Cristo. Sé de quien me fío, sé quien me ama, sé quién me dice la verdad, aunque parezca locura; ¡cómo no voy a seguir precisamente al que es de verdad y únicamente mi auténtica salvación! Yo sé que salvo mi vida ya en este mundo, ya en el Reino de los Cielos. El que pierde su vida del mundo, de sus egoísmos, sus ambiciones de poder, de gloria, de fama, de grandiosidad la recupera aquí en este mundo, dentro del Reino de los Cielos, donde todo es amor, todo es ciento por uno, y luego el Cielo eterno.

Sé de quién me fío, y lo que parece un desvarío para el mundo, yo sé que es la suprema sabiduría.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Domingo 22 de junio de 1986 en Barcelona

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

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