Hoy, como bien sabéis, en que habéis cantado estas laudes en honor de la fiesta de la Anunciación de María, trasladada a hoy porque había coincidido con los días de Pascua. Hoy para mí un día también muy entrañable, porque fui ordenado sacerdote un día de san José, el día 19 de marzo, fiesta del Colegio Español en Roma, que está bajo la advocación de san José; y es un día en que de ordinario las ordenaciones de los alumnos del Colegio se hacen en este día. Y al día siguiente, cómo no, celebré mi primera Eucaristía en las catacumbas de Priscila. Pero en la festividad de hoy celebré mi primera misa cantada -que Dios me perdone, porque canto tan mal-, pero recibió mi buena voluntad de cantar también solemnemente mi primera misa así, solemne. Y hoy, aunque no sea el día 25 de marzo, pero es la festividad litúrgica, pues les pido ya que tengan una oración por mí, por este sacerdocio del que realmente estoy tan contento.
Todos somos absolutamente indignos de esos dones de Dios. Ser ustedes religiosas, ¡qué don tan grande! Por mucho que ustedes hagan, ¿merecer tanto honor? Yo mismo, pues nadie es digno. ¡Qué don tan grande éste que nos ha regalado Dios!
Y en este evangelio, lo que verdaderamente sorprende más de este midrash de este evangelio, es esta delicadeza de Dios de pedir el consentimiento de María. Pensar que todo el plan de Dios, de la Redención, está pendiente del sí de María. Claro, María era Inmaculada -ya se la había preparado bien Dios-, y era casi, podíamos decir, absolutamente imposible que dijera que no. Pero era una criatura libre, una criatura humana y libre. Por eso le pide el consentimiento.
¿Qué hubiera pasado si hubiera dicho “no”? Pues Dios no se habría encarnado en María. Y como Dios quería a todo trance nuestra Redención, tenía que haberse preparado otra mujer, le tendría que haber pedido otra vez el consentimiento, y si dijo “sí”, si dijera sí, se habría encarnado Dios. Dios, el Verbo serían el mismo, la misma persona, pero la humanidad de Jesús de Nazaret, no; sería otra persona, quizá se llamaría Manuel también, “Dios entre nosotros”, pero no sería de Nazaret, sería de otra parte.
¡Qué misterio ése de Dios de ser tan respetuoso con nuestra libertad! Como Él es el creador de nuestra libertad, claro que Él es el que más la respeta. Sería una contradicción en Dios darnos la libertad y luego que Él no la respetara. Y aquí tenemos el testimonio de esto.
Esto nos lleva a pensar –no quiero alargarme- en que muchas veces nosotros somos conscientes de que tenemos esta vida, nada más que esta vida, para hacer las cosas mejores que podamos, para tener los máximos méritos posibles, y así sumarnos a estos infinitos méritos de Cristo y poder gozar en el Cielo luego.
Tenemos una sola vida, y nos asalta la preocupación: ¿Qué puedo hacer yo con esta sola vida de mejor en adelante? Porque claro, delante de cada uno se abre un abanico muy grande de posibilidades, en que puedo hacer esto, o esto, o esto… ¿Qué será lo mejor?
Lo mejor siempre es aquello que da más gloria a Dios, más bien a nosotros mismo, y más bien a los demás. No se puede pensar que pueda ser una cosa lo mejor para Dios, y que no sea lo mejor para mí, o lo mejor para los demás. No. Lo que es bueno para mí, es bueno para los demás y lo que más gloria da a Dios. O viceversa, se puede decir de cualquiera de las tres maneras. Señor, ¿Qué es lo mejor que yo puedo hacer a partir de este momento? Claro, podemos pensarlo mucho, y decir: pues a mí me parece que lo mejor que puedo hacer ahora, en adelante, hoy, es esto. Pero claro, uno no es infalible. Puede decir: ¿y no será aquello otro lo mejor, o eso? Y uno piensa mucho, le parece. Pero como sólo tenemos una vida, vale la pena decir: no, no, no, tengo que saber encontrar el modo de saber qué es lo mejor, porque no puedo perder el tiempo. Bueno, pues consultaré a alguna persona muy espiritual, muy sabia, que me conozca bien, que me aprecie sinceramente, y entonces le preguntaré: ¿Qué le parece, don fulano, mi director espiritual, la superiora?, ¿Qué le parece?, ¿Qué es lo mejor que yo puedo hacer?
Es posible que si es una persona que reúne estas cualidades pues nos dé un buen consejo. Pero tampoco es infalible, a pesar de todo también se puede equivocar. Quizá no me conoce del todo, no conoce todas las posibilidades que yo tengo por delante. Entonces, ¿a quién recurriré para saber sin equivocarme qué es lo mejor que puedo hacer?
Saben ustedes que santa Teresa había hecho voto de hacer en cada momento, no lo bueno, sino lo mejor. Pero, ¿Cómo se puede saber esto? Hay una persona que ciertamente nos conoce más que nadie, sabe más que nadie, nos quiere más que ninguna otra persona, y no se puede equivocar; sabe perfectamente qué es lo mejor para nosotros. No hace falta que les diga quién es: Dios, Dios Padre. No se puede equivocar. Entonces parece que la solución será venir aquí a la capilla, o en este templo del Padre, que es la habitación de ustedes -cerrada la puerta, como dice el Evangelio-: cuando queráis orar, subid a vuestra cámara, y cerrada la puerta. Y entonces aquello se convierte en el sagrario de Dios Padre: Padre mío, aquí estoy, dime qué es lo mejor que puedo hacer.
¿Creen ustedes que Dios Padre se lo manifestará a ustedes? No. Entonces, ¿de qué nos sirve saber que Él lo sabe, que se lo vayamos a pedir? Pues parece que nos lo tendría que decir. Pues no nos lo dirá. ¿Por qué? Por eso que decíamos hace un momento: porque Dios respeta más que nadie nuestra libertad. Porque si nos lo dijera, claro, nos haría un poco de coacción. Si nosotros sabemos eso y decimos: bueno, yo sé eso, lo ha dicho Dios Padre, no se equivoca, pero a mí eso me parece muy difícil, muy inesperado, no encaja con mis planes, con mi manera de pensar que tenía: ¿Cómo no lo voy a hacer si sé que es lo mejor? Y entonces uno lo hará, pero a rastras. Poco mérito. No, Dios respeta nuestra libertad y se calla. Pero, sin embargo, nosotros queremos hacer con nuestra vida lo mejor. Y sabemos que Él los sabe. ¿Cómo podríamos hacer para arrancar de Dios Padre este secreto si interesa tanto? ¿Es posible? Sí. ¿Cómo? Veamos. Si la dificultad que tiene Dios para hablarnos es que respeta nuestra libertad, he de sacar este obstáculo. Tengo que ir y decirle: Dios Padre, no es que te venga a preguntar qué es lo mejor, no; te vengo a decir otra cosa antes; mira, yo sé que Tú lo sabes, que respetas mi libertad. Pues yo te vengo a decir sí con entera libertad a eso que Tú ves que yo todavía no lo sé. Pero yo quito el obstáculo de respetar mi libertad, porque yo ya libremente te digo sí de todo corazón; un sí total, absoluto, irreversible, para siempre a eso que Tú ves como mejor.
Como ya he quitado el obstáculo de mi libertad porque libremente le he dicho que sí, antes que nada, entonces Dios ya os manifestará en el fondo de vuestro corazón qué es, en efecto, lo que mejor podéis hacer. ¿Cómo os lo manifestará? ¡Oh!, Dios tiene infinitas maneras de manifestarse al alma. ¿Cuándo? Cuando Él crea oportuno. Pero ya el camino está abierto para que Él nos lo manifieste en directo, con alguna inspiración realmente de la que, como decía san Ignacio, hay mociones de Dios que uno ni duda ni puede dudar. Ni duda que es Dios, ni puede dudar de aquello que manifiesta. Puede ser que nos lo manifieste providencialmente a través de otras personas, o de las circunstancias, pero veremos que ésta es la mano de Dios sin dudar.
Hay que decirle este sí con generosidad, sin miedo. Miedo, ¿de qué?, si Él ve que es lo mejor, ya me ayudará Él con sus gracias, aunque me pareciera difícil eso que le parece mejor. Digamos un sí como María, total, absoluto, irreversible, para siempre.
Gracias a Dios, ustedes que están aquí, esto es que ya le han dicho este sí, porque si no, no estarían aquí. Lo han dicho con sinceridad y con plenitud cuando vinieron, cuando emitieron sus votos simples, cuando después de mucha meditación, mucha prueba, dijeron a Dios este sí en sus votos más públicos y solemnes. Ya le han dicho este sí. Pero qué bueno es que se lo sigamos diciendo, que cada día le renovemos este sí, para que Él con más detalle nos vaya indicando a lo largo de los días aquello que es lo mejor que tenemos que hacer para desarrollar nuestra vocación, nuestra entrega en religión, que nos vaya marcando con detalle el camino. Renovar este sí, como María, quitando el obstáculo de que Él respete nuestra libertad porque se lo volvemos a decir: hágase tu voluntad en mí, mi alegría es que Tú y yo tengamos una misma voluntad, yo de esta manera, unido a ti, no sólo queriendo lo que Tú quieres, pues naturalmente Tú también te haces una voluntad con la mía. Qué alegría ser los dos una sola voluntad. Como María nos demuestra en este Evangelio con Dios Padre. Cuando hay esta unanimidad en la voluntad de Dios y la mía, ¿Qué pasó en María? Nació el Verbo. ¿Qué pasará en nosotros? Quedaremos inundados del Espíritu Santo.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 3 de Abril de 1989 en República Dominicana