He deseado que hubiera esta cinta hoy al predicar la homilía de esta misa de Pentecostés, en que celebramos también los 35 años de Alberto [Jiménez Ojea], que hace de acólito. He deseado, pues, esta cinta porque mientras Diego, que estaba leyendo la Secuencia de este día, esta Secuencia tan hermosa, he pensado una cosa que no se me había ocurrido nunca, y que creo que es importante. De modo que yo desearía que esta cinta, o la cinta o la transcripción, se le hiciera llegar a Juan Miguel ahora cuando venga el día 7. Esos días de ejercicios, hemos dicho que las palabras de Jesús, los gestos las actitudes que tenía Él en esos días del camino pascual, eran nuestra carta magna para saber cómo teníamos que vivir como ciudadanos del Reino de Dios, muertos y resucitados con Cristo. Pues bien, este período propiamente hasta hoy, claro, se termina con la venida del Espíritu Santo… también entra a formar parte de nuestra carta magna pascual para cómo tenemos que obrar nosotros siendo hijos de Dios en plenitud ya en Cristo, resucitados con Él. Y esta Secuencia, como digo, es una gran carta magna vista así. Dice.

 

Ven Espíritu divino.

Manda tu luz desde el Cielo.

 

 

O sea que ven, y en Pentecostés efectivamente viene y nos llena el corazón a las personas que hemos acompañado a Cristo en su muerte y en todo el camino pascual de su Resurrección. Bien, y entonces aquí, a partir de aquí explica la secuencia, cómo obra el Espíritu Santo, cuáles son sus actitudes, lo mismo que decíamos de Cristo, y Cristo dice que para que acabemos de entender hemos de mirar al Espíritu Santo, que Él nos enseñará; luego esto es otra carta magna. Eso es lo nuevo que os quería decir. Y vamos a ver cuáles son las actitudes que tiene el Espíritu Santo, porque ésas son las que hemos de tener nosotros; nosotros hemos de tener justo estas actitudes si queremos ser verdaderos ciudadanos del Reino de Dios.

 

Dice: Padre amoroso del pobre al Espíritu Santo. Eso es lo que hemos de ser nosotros, nosotros hemos de ser con entrañas de padre con toda aquella persona que es pobre, porque le falta algo, le falta cariño, le puede faltar comprensión, compañía, le puede faltar dinero, le puede faltar trabajo, le puede faltar salud. Pues son pobres. Pues hemos de tener entrañas de misericordia amorosas de padre para toda esta gente a la que le falta algo importante en su vida.

 

Don en tus dones espléndido. Hemos de ser espléndidos en repartir dones que podamos nosotros. Y entonces nosotros mismos nos convertimos en un don fuente de esos dones que hemos de repartir generosamente, espléndidamente a nuestro alrededor.

 

Luz que penetra las almas. Cómo hemos de ser luz para penetrar en el corazón en las almas. Si somos mentirosos, no entramos; somos violentos, no entramos; somos orgullosos, no entramos. Para entrar la luz, para ser luz que entre, hemos de ser humildes, ¡humildes!, con todo lo que comporta la humildad de espíritu de servicio, espíritu de sacrificio, en fin, lo que comporta la humildad; así seremos luz que penetrará en los corazones como el Espíritu.

 

Fuente del mayor consuelo. Mira por dónde hemos de ser fuentes de consuelo para todo el mundo que se sienta, por una razón u otra, desconsolado: la muerte de un amigo, de un familiar, angustias de la vida, angustias de uno mismo. ¿No está consolado? Hemos de ser fuente de consolación. ¿Y qué quiere decir fuente? Mana agua sin interrupción, si no, es una fuente seca. Pero si es una fuente, siempre mana agua, luego siempre hemos de manar, esparcir consuelo a todo el mundo que está cerca de este arroyuelo.

 

Ven Dulce Huésped del alma. Si somos luz, como decíamos antes, que penetra el corazón, la gente estará contenta dentro de ellos que somos huéspedes suyos, que repartimos dones, que damos consuelo. ¡Qué hermoso ser huéspedes así del corazón de las personas!

 

Y le decimos al Espíritu que es descanso de nuestro esfuerzo. Las personas cuando luchan trabajan, etc., ¡tantas cosas en la vida!, saber que pueden acercarse a uno y que uno les da cobijo, les da descanso, les da paz, ¡qué hermoso ser el descanso de los otros!, ¡qué hermoso!

 

Y tregua en el duro trabajo. Porque claro, hay que trabajar duro en este mundo, y cuesta y cansa. Bueno, pues una manera de descanso es que, interrumpido el trabajo sabiendo que todo el mundo encontrará en nosotros una tregua, un descanso, como la gente que interrumpe trabajar para irse al bar a tomar una copa, comerse un bocadillo -sí porque no aguanto más-, los que tienen la desgracia de fumar. Bien, pero es una tregua. Pues nosotros tenemos que ser ocasión, lugar, apoyo para esa tregua en el trabajo de la vida.

 

Brisa en las horas de fuego. ¡Cuántas veces uno se siente con ardores internos de sufrimiento, de dolor! Bueno, sepamos ser nosotros en esos momentos una brisa suave que apague este fuego, que refresque a esas personas.

 

Hemos de ser gozo que enjuga las lágrimas que la gente tantas veces derraman; sepamos entonces ser alegría para borrar estas lágrimas.

 

Y reconforta en los duelos. Hay duelos, y muy serios, que no tienen solución. Cuando una persona pierde un ser amado, una madre, un padre, un amigo, es un duelo, eso solución no tiene, pero en esos duelos, como la Virgen María en la cruz, se le doblarían las rodillas, pero ella estaba de pie confortada por su mismo hijo, acompañada de Juan, de Magdalena; la reconfortaban, la volvían fuerte para seguir de pie.

 

Y se le sigue pidiendo esto al espíritu Santo: Entra hasta el fondo del alma, divina luz. Sí, sí, lo hemos dicho antes, hemos de ser divina luz: nos van a pedir que seamos huéspedes del corazón para sentirlo ligero y reconfortado, y hemos de saber ser así, luz divina. No solamente nosotros, con nuestras palabras de consuelo, no; nosotros llenos de Espíritu Santo somos luz divina que penetra.

Enriquécenos. Claro, si eran pobres, los teníamos que enriquecer; si estaban con esa pobreza del desconsuelo, del duelo, ¡claro que los tenemos que enriquecer con esa divina luz!

 

Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro. ¡Qué hermoso! ¡Cuántas personas van por la calle, se sienten solas, solas, rodeadas de toda la gente del autobús, del metro, de las aceras, solas! Yo en Nueva York es donde más solo me sentí una vez, rodeado de dieciséis millones de habitantes, ¡qué soledad! Bien, entonces es lo que pedimos: el vacío del hombre si Tú falta por dentro; sólo el amor puede llenar este vacío, sólo el Espíritu Santo encarnado en nosotros, porque somos nosotros sagrario del Espíritu Santo, y entonces siendo luz divina entramos en el corazón, lo llenamos; sólo así puede desaparecer el vacío de la gente.

 

Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento. Verdaderamente, una persona que no se siente amada, que no siente el aliento del amor llenándole los pulmones, ese vacío… El vacío, como sabéis, no se da, porque enseguida lo primero que pasa llena el vacío. Entonces si está vacío, qué fácil es que el pecado, la desesperación llene este vacío, porque falta el aliento que le hemos de dar nosotros, el aliento que hemos de dar nosotros las personas. Y sigue.

 

Riega la tierra en sequía. Cuántas veces uno dice: estoy seco de corazón, estoy pasando una noche oscura, qué sequedad de espíritu; lo saben bien los directores espirituales. ¿Qué hemos de hacer nosotros en estos momentos con esas personas? Regarlas con esa lluvia mansa, esa lluvia deliciosa que los pueblos en sequía acogen con gritos de júbilo. Pues hemos de ser eso, lluvia que riega lo que está seco.

 

Sana el corazón enfermo. Hemos de dar salud al alma.

 

Lava las manchas. Hemos de ser restañadores (limpiadores) de los pecados; siendo sacerdotes, ¡Cuánto más con el sacramento de la penitencia damos otra vez la salud y lavamos todo pecado!

 

Infunde calor de vida en el hielo. Lo mismo que en la sequía, cuántas veces uno dice: tengo el alma fría, no vibra por nada, no siente nada, estoy hecho un carámbano de hielo, un témpano, no me interesa nada, no siento amor a nadie. Hemos de ser entonces calor de vida para derretir toda esa nieve con nuestro amor, con el fuego de nuestro amor.

 

Guía también al que tuerce el camino. ¡Claro, cuánta gente se equivoca! Hemos de salir a darles una mano para que rectifiquen el camino y emprendan la carretera, la autopista maravillosa del amor de Dios y del amor al prójimo y del amor al mundo para gloria de Dios.

 

Y se le sigue pidiendo, se nos sigue pidiendo, reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Las gentes nos miran porque tienen fe en que les vamos a ayudar. Y unos necesitarán más de un don, y otros otro, y otros otro, siete, que quiere decir la plenitud de dones, y hemos de tener este arte de dar a cada uno aquello que más necesite.

 

Por tu bondad y tu gracia. ¡Qué hermoso que realmente nos lo pudiera decir la gente porque fuéramos como espejos de Dios Padre y de Cristo, y nos dijeran eso, nos dijeran que somos buenos, que estamos llenos de dones! Y nos piden que demos fuerzas para que tengan méritos, que les confortemos, que les demos fuerzas para que lo que hagan en la vida sea hermoso, sea por amor y tengan méritos delante de Dios Padre.

 

Salva al que busca salvarse. ¿Qué son los cristianos si no? Mano tendida de salvación para los que quieren salvarse. En el Itinerario, aquéllos que pasan por aquella riada que se los lleva, tender la mano para que, a ver, los que quieran, la encuentren sacando de la riada. Salvo el que busca salvarse. Y que seamos capaces con todos los sacramentos que tenemos que dan la gracia, darles el gozo eterno. Paz y alegría para siempre.

 

¡Qué carta magna tan hermosa como resumen de lo que hemos hecho nosotros! ¡Qué hermoso! Mira por dónde, vosotros esto lo escucháis, tenéis la dicha de escucharlo vosotros dos, y aunque no hayan hecho ejercicios Catalina y Alberto [se refiere a los ejercicios que los curas del Tacsa finalizaron pocos días antes en Begues, y en los que se trató de la andadura pascual, camino de alegría], con esto tienen la quintaesencia del resumen de todo lo que hemos podido decir allí en Begues.

Pues bien, terminemos.

 

Aleluya, aleluya, ven Espíritu Santo -este aleluya que nos leyó antes Catalina-, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor. Aleluya.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 3 de Junio de 1990 en Modolell, Barcelona

 

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