Este Evangelio que acabáis de oír está muy bien elegido por la Iglesia. Precisamente tiene esta coincidencia, que hoy tenemos como lunes de la vigesimosexta semana, y esta fiesta de santa Teresa del Niño Jesús viene muy oportuna. Por qué. Santa Teresa del Niño Jesús, al igual que santa Teresa de Ávila, realmente es una gran santa. Ella escogió un camino que resultaba nuevo en la espiritualidad de subrayar este aspecto que nos había enseñado Cristo, que podríamos decir la virtud de la ultimidad. En ese Evangelio, como digo, Cristo pone un niño en medio de ellos diciendo: hay que ser como este niño. Tenemos que ser así, el último será el más santo. Realmente en aquella sociedad los niños eran lo último; los padres podían hacer con ellos lo que quisieran, incluso podían matarlos y nadie podían pedirles cuentas. Eran como esclavos. Y esos niños son los que sirven de ejemplo precisamente a cómo hay que ser: el último de la fila, los últimos. Y esto lo repite Jesús cuando está allí con sus discípulos Pedro, Juan, Santiago, que querían ser los ministros cuando llegara el Reino. Y como no se atrevían a decírselo, la madre de Juan y de Santiago se lo dice a Jesús, y Él toma también ocasión entonces para dar otra lección de esta virtud de la ultimidad: os tenéis que hacer los últimos.
Seguramente esos tres apóstoles oyeron muy bien esta cuestión, y se la harían suya, la meditarían, la harían carne de su alma. Por eso fueron -nos dice también en otras partes del Evangelio- los más amados, porque supieron hacerse últimos, servidores de todos, humildes como este niño del Evangelio de hoy. La virtud de la ultimidad que tantas veces nosotros olvidamos, y queremos ser primeros, queremos mandar. ¡Ser últimos! Cuando realmente en una comunidad cristiana todos somos últimos, como Cristo nos enseña: Yo soy el Señor, decís bien, mirad lo que hago, os lavo los pies. Ésta era una labor del esclavo de la casa, y si no lo había, del niño, del último de la casa.
Pues Cristo les da ejemplo de ultimidad. El papa, vicario de Cristo, el más superior en la iglesia, su título es también siervo de los siervos de Dios; así es como en la Iglesia tienen que ser todos los que tienen este carisma de conducir, de pastores, de organizar, de superiores: siervos de los siervos de Cristo.
Santa Teresa del Niño Jesús descubrió esta devoción especial de Jesús hecho niño; y no sólo cuando era niño, sino que después se hace niño, como él mismo aconseja a la gente: hacerse niños, lavar los pies, como el eje de su espiritualidad. Por eso también el pueblo, con una fina intuición, también han llamado a santa Teresa santa Teresita, como ella, siendo una gran santa, como os decía, se hace también niña para ser así última. Y buenos ejemplos dio en toda su vida. A los 15 años toma una determinación ayudada de Dios: consagrarse enteramente al Señor. ¡15 años! Ahora quizá nos parece un poco joven para tomar una decisión tan grande, pero yo, cuando tenía bastantes años menos que ahora, recuerdo haber conocido a abuelas casi contemporáneas de la vida de santa Teresita de finales del siglo pasado, en que se habían casado a los 16 años, o a los 16 años ya eran madres; se casaban muy pronto. Luego, si una mujer a esa edad ya podía tomar la determinación de aceptar libremente un estado nuevo en su vida como mujer casada, también podían estar maduras para tomar esa otra determinación de una abnegación total para consagrarse a Dios renunciando a todo lo que hubiera podido hacer ella en la vida, casarse o ser una estudiante, una intelectual, trabajar en algún aspecto de la cultura, que en aquel tiempo ya no era tan raro, porque contemporánea suya fue nada menos que madame Curie, una gran investigadora que mereció el premio Nobel por sus investigaciones sobre los rayos X.
Pues bien, en esa edad ella toma esa gran determinación de dejarlo todo y seguir a Cristo. Y lo sigue además en la vida contemplativa; podía haber ingresado en otras muchas órdenes religiosas. No, ella elige la vida contemplativa, la misma que han elegido las monjas jerónimas en cuya capilla estamos en este momento. La gente puede creer que la vida contemplativa es para quedarse contemplando a Dios; ¡claro que hay que hacerlo!, pero se podía decir la frase de san Juan: dices que contemplas a Dios que no ves, y no contemplas al mundo que sí ves, ¡hipócrita! La vida contemplativa es, que, contemplando a Dios, subiendo hasta Él, hasta Dios Padre, y mirando por sus ojos, contemplando por su mirada la Creación, es una nueva manera más proclive de ver las cosas, de entender a las gentes. Antes os he dicho que contemporánea de santa Teresita era madame Curie, la inventora de los rayos X, de poder contemplar con estos rayos el interior de las personas y contribuir así con la ciencia. Pues mirad, desde los ojos de Dios, con los ojos de Dios Padre a los que se sube en esta vida de retiro, de silencio, de soledad, mirad a las personas, a las cosas, al mundo; desde los ojos de Dios Padre es hacer la radiografía del mundo; descubrir entonces que pueden decir: cómo sabe esta persona y esta monja, cómo tiene esta intuición tan grande -porque lo ve desde los ojos de Dios- para descubrir el secreto de las almas, las envidias que mueven a la gente, las ambiciones, las mentiras, tantas pasioncillas o grandes pasiones que turban el alma; lo descubren nada más con mirar, porque ven con los ojos de Dios.
Y esa vida contemplativa lleva también a santa Teresa, precisamente sin moverse de su convento, de su monasterio, le lleva a ser faro de luz, porque acercándose tanto a Dios Padre, haciendo tanta penitencia por sus pecados, queriendo con amor de benevolencia a la gente sin ningún amor de concupiscencia, que eso podíamos decir hasta raspa las consecuencias, el “modus peccati”, que nos dicen los teólogos que nos deja el pecado original aun después del bautismo. Pues bien, ella, inmaculada por la penitencia, como santa Magdalena, que está al lado de María a los pies de Jesús en la cruz; una, Inmaculada por la inocencia; la otra inmaculada por la penitencia; y raspando incluso esta huella del pecado a fuerza, como dice santa Teresita: mi templo en la Iglesia, en el corazón de la Iglesia, es el amor de benevolencia, de amar a Dios porque es digno de ser amado, no tanto porque sea bueno para mí –como dice aquel verso: aunque no hubiera Cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno te temiera, porque Tú eres digno de ser amado-, y las criaturas hechas por Dios, son dignas de ser amadas porque existen, porque son criaturas de Dios, aunque no me den nada, aunque yo no pueda esperar nada de ellas. Es el puro amor al que santa Teresita se consagra. Pues bien, son faros de luz clarísimos, inmaculados que, sin moverse, atraen a la gente. Bien sabemos que los monasterios de vida contemplativa están en medio del mundo, pero no son del mundo; son como oasis en el desierto, faros de luz que llevan a la gente al puerto; están abiertos a recibir a la gente para escucharles, consolarles, compadecerles, dar un buen consejo; no mandan, no tienen jurisdicción sobre la gente, pero sí aconsejan con mucho respeto a las almas; y ¡cuánta sabiduría tienen!, por esta sabiduría que alcanzan de estar junto a Dios en soledad y silencio, en sus horas de oración de alabanza al Señor. ¡Qué sabiduría van a alcanzar! Por eso las monjas contemplativas, a ejemplo de santa Teresa de Lisieux, sin moverse son grandes misioneras.
Ayer comentábamos en la visita que hice a las madres una frase que respecto a la vida contemplativa, y concretamente a la vida contemplativa de las jerónimas, Juan Miguel, que me acompaña en estos momentos en la concelebración, dijo: las monjas contemplativas -las jerónimas por ejemplo, también y de una manera muy especial- se las puede llamar en medio de la barahúnda de este mundo que nos roba el tiempo, nos roba las atenciones, nos vacía por dentro, nos quedamos sin identidad juguetes de la propaganda y de todos los medios de comunicación, que tratan de imbuirnos y sustituir nuestros criterios, nuestros juicios que ya nos han dado, y así arrastrarnos para sus intereses en esa barahúnda del mundo, esas monjas son misioneras del sosiego para poder encontrar la paz, para poder encontrar la alegría de nuestra vida de hijos de Dios.
Pues bien, que santa Teresita del Niño Jesús en el día de hoy nos dé a todos, muy especialmente a las monjas contemplativas y a nosotros también poder gozar de este carisma que nos viene a través de esas comunidades; gozar de ese sosiego del que esas comunidades son un hontanar que nunca se acaba.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 1 de Octubre de 1990 en el palacio de San Carlos en Trujillo