En este Evangelio vemos ya a Jesús cuando empieza su vida pública, y es un poco chocante para nosotros, porque hemos celebrado la Navidad con el mejor espíritu de nuestro corazón. Hace muy pocos días hemos meditado este pasaje del Evangelio de los Magos que vienen, de esos hombres sabios que vienen de lejos, también intuyendo el acontecimiento del nacimiento del Redentor, ¡hace tan poco!

 

Y ahora, como si fuera una película que estuviéramos viendo y que el que lleva la cámara de proyección se equivocara de rollo, y en vez de poner después del primero, poner el segundo, el tercero, pues ya nos pusiera el cuarto rollo de golpe. Sin embargo, hay unas palabras en este mismo Evangelio que dicen así: Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue a Nazaret, donde se había criado. Y entró también en la sinagoga. O sea, que volvió a su pueblo, no donde había nacido, pero sí donde se había criado desde pequeñito. Fue a Nazaret, allí otra vez. Ya siendo mayor empezaba su vida pública, habiendo conocido a Juan Bautista en el Jordán, habiendo conocido aquel bautismo de agua, teniendo algunos discípulos. Volvió a su pueblo, donde se había criado.

 

En esta frase que está en el Evangelio de hoy reposamos mejor. Porque después de pensar en su nacimiento, en sus primeros meses de infancia, incluso en los dos primeros años, porque cuando dice que los Magos llegaron, quizá de lejos, necesitarían mucho tiempo. Y llegaron allí a Belén y fueron a la casa, no a la cueva. Claro, cuando se marcharon las muchedumbres de Belén pues ya quedarían muchas habitaciones vacías, la posada volvería a quedar con las personas de tránsito normal, y muchas casas por alquilar. Y claro, una vez que se fue la aglomeración de gente, si ellos se quisieron quedar porque era el origen de la familia de José, pues si quisieron quedar un tiempo más o pensaban establecerse incluso allí, pues buscarían una casita. Y los Magos le encontraron en una casa. Pero después, nos dice el Evangelio, se fueron a Egipto, y cundo volvieron, ya se establecieron, por miedo al hijo de Herodes, en Nazaret, donde el hijo de Herodes no tenía jurisdicción. Y allí se quedaron, y allí se crió.

Ése sí, ése es un segundo rollo de la película que va después del primero: Jesús se crió en Nazaret.

 

Pocas cosas sabemos de esta época. Los evangelios de la infancia no cuentan la subida a Jerusalén, cuando Jesús tenía ya doce años. Doce años en aquellos pueblos ya era una mayoría de edad; un hombre de doce años ya trabajaba, ya vivía con los adultos, con los varones adultos, ya tenía responsabilidades. Un hombre, como diríamos ahora, de dieciocho años -que ya es mayor de edad-. Subió a Jerusalén y conocemos la historia. Pero después de esto viene: se crió en Nazaret. Y creció, y se hizo allí adolescente, y adquirió esta mayoría de edad, y se hizo adulto; y llegó a este momento de madurez grande en que empieza su vida pública. Muchos años, y el Evangelio nos cuenta nada. Pero podemos pensarlos, y pensarlos con amor; porque, por una parte, él se hizo en todo igual que nosotros, menos en el pecado, en todo igual. El Verbo se hizo carne, se hizo verdadero ser humano, igual que nosotros: verdadero Dios, por ser el Verbo, y verdadero hombre era Jesús de Nazaret. En todo menos en el pecado.

 

Luego ya podemos imaginar ese tiempo, ¡si nos es muy fácil imaginarlo teniendo esta clave! Podíamos pensar en cualquiera de vosotros, en cualquiera, en el último que haya llegado; y decirle: Jesús era así, menos en lo que haya de defectuoso. Ya no diría de límite, porque el límite no es pecado; todos tenemos nuestros límites; a veces la gente tiene un genio más vivo, otros tienen un genio más apagado; unos reaccionan más deprisa, otros son más lentos; unos son más suspicaces, otros en cambio, son menos curiosos. Bueno, eso son maneras de ser, pero eso no es pecado. Pecado es cuando, inteligente y libremente, dándose uno perfecta cuenta y queriendo hacer algo que está mal. Bueno, cualquiera de vosotros, con los pecados quitados: Jesús era así. Jesús era como cualquiera de vosotros si quitamos de vosotros los pecados. Por otra parte, resulta que todos vosotros -yo también, claro-, estamos llamados a incorporarnos a Jesús; el bautismo nos hace morir y renacer con Él; ya no sólo hombres que en cierta manera ya estamos resucitados en Cristo. Pero nos injerta también en este Cristo real que vivió en Nazaret y se crió en Nazaret. Todos estamos llamados. Si cada uno de nosotros podía ser como Jesús, con tal de sacarnos los pecados, estáis llamados cada uno de vosotros a quitaros los pecados de encima para ser uno, para ser como Jesús; y al ser como Jesús, estáis tan unísonos con Él que podéis parecer dos hermanos gemelos, a pesar de que seáis como Catalina y Juan -son un chico y una chica-; pues aunque seáis unas chicas, hay hermanos gemelos que son chico y chica como Juan y Catalina. Pero os podéis parecer mucho más a Jesús todavía que Catalina y Juan, que no se parecen gran cosa a pesar de ser gemelos. Todos estamos llamados ser gemelos de Jesús, y parecernos mucho a Él. Y no es tan difícil, porque todo lo principal, existir y ser un ser humano en vez de ser una piedra, y no ignorantes de Jesús, sino cristianos; y no cristianos indiferentes sino cristianos que queréis ser buenos cristianos que amáis a Jesús. Bueno, pues, ¿Qué os falta para ser como Jesús cuando estáis llamados a eso? Pues ser como Jesús era en Nazaret. Todavía no tenía vida pública, era uno del pueblo. ¿Qué os falta?: arrepentíos de vuestros pecados, bien arrepentidos; lo habéis hecho en la misa al empezar. ¿Qué falta más? No hacerlos más en adelante.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 10 de Enero de 1987 en la universidad

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