Este mediodía aquí en la Eucaristía, en Modolell, en este ambiente que nosotros deseamos que sea un germen chiquitín, un germen al fin de Nuestra Señora de la Paz y de la Alegría. Aquí, como digo, esta mañana sólo estamos yo y vosotros tres. Parece poca gente, pero fijaos lo que dice el Evangelio: Jesús, al salir de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón. Allí también estaba su hermano, y allí estaba la suegra de Pedro, que además estaba enferma. Aquellos tres escogidos, Santiago, Juan y Pedro. Andrés no estaba allí en su casa como lo estaba la suegra de su hermano. Y ¿Qué pasó? Que Santiago y Juan, buenas personas, llevados de una educación fina recibida, dijeron: vamos a ir a casa de Simón Pedro, es la hora de comer y, pobre, la mujer que se encarga de ahí, la suegra de Pedro, está enferma. Muchos dicen que Pedro, a estas alturas, ya estaba viudo. También tenía una hija, Petronila, pero aquí la mujer fuerte de la casa sería la suegra. Entonces Juan y Santiago, educados, dijeron que podían ir a comer a otro sitio, porque ir allí con la suegra que está enferma, vaya lío; que podían ir a la taberna o ir a su casa. Jesús entonces hace este milagro: se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Pero la curó, no es que la obligara a levantarse enferma y todo para que les sirviera la cena. La levantó, la curó, y ella, feliz de encontrarse bien, pues con redoblado gusto y energía prepararía la cena para todos.
Ciertamente Cristo no vino a este mundo a curar enfermedades; para esto están los médicos. No vino para eso. Él vino para curar otro tipo de enfermedades: las del alma. Pero de cuando en cuando hace un prodigio así por la dura fe de la gente: ¿decís que no tengo poder para perdonar los pecados?, pues mirad lo que hago con éste –que era un paralítico que todos conocían-, levántate y anda. Pero eso lo hace para que tengamos fe de que realmente tiene poder para decir a nuestro espíritu caídos en pecado: levántate y anda. La gente confunde esos planos, le quieren ver luego porque le quieren llevar multitud de lisiados; no piensan en otra cosa, en la salud corporal, y van allí a que repita muchos milagros, como con la suegra de Pedro. ¿Y Jesús, qué hace? Se va, se va a otro sitio a predicar la palabra de Dios. Él venía aquí a curar a los que estaban poseídos por el demonio, es decir, todos nosotros cuando pecamos, más o menos, o totalmente, estamos poseídos por los espíritus inmundos, los que están debajo de este mundo, en las tinieblas, los que quieren subir las sombras para oscurecernos. A ésos es a los que viene Cristo a salvar, porque esto no lo puede hacer nadie más que Él; esto no lo pueden hacer los médicos. Si los sacerdotes podemos ayudar, podemos perdonar, lo hacemos siempre en su nombre, con su voz.
Bien. Yo estoy preparando un viaje que no sé si se podrá llevar a cabo. Yo lo preparo por si efectivamente me tuviera que marchar, y posiblemente me marche. Pero está todo tan en el aire en estos días. En fin, yo me iré, si Dios lo quiere, a otros sitios a predicar la Buena Nueva de Dios. Seguramente se me acercará mucha gente, unos para confesarse, otros para preguntarme por sus problemas, y tendré que irles convirtiendo en tierra buena sacando todos los pedruscos y hierbajos para que la semilla de Dios pueda prender bien en ellos. Y en algunos que sean ya tierra buena, pues predicar la palabra de Dios de mil maneras, predicando en homilías, charlando a solas con Jesús y Nicodemo, en conversaciones, en tertulias, ¡de tantas maneras se puede hacer! Yo me acuerdo una vez que le dije a don Armando: tengo ganas de hablar con toda su familia para contarles algo importante. Y don Armando reunió en una comida a toda la familia. Yo no sé si viniste tú [se está refiriendo a Clemente M., hijo], los nietos, no lo sé. Estaban todos los que estaban en México; la mesa estaba llenísima, y vino alguien después a tomar café. Después de comer yo les dije: mirad, tenéis un tesoro, un tesoro que sirve a la paz. Y quise exponer allí delante de todos ellos las líneas más esenciales del realismo existencial, que lleva a las almas a la humildad óntica. Don Armando dijo: realmente interesantísimo, eso es muy hondo, me ha gustado mucho que lo dijeras, oírlo yo y que lo oyeran éstos.
Pues bien, cito ese ejemplo. Tengo que ir por este ancho, o, mejor dicho, largo mundo de América en una nueva gira, ¿será posible? Y si es posible, ¿quizá será la última? ¡Dios sabe! Pero uno tiene que ir pasando haciendo el bien todo lo que pueda mientras camina, pero ¡qué paz, qué alegría saber que os dejo aquí en casa, vigilantes de la casa, que no pase lo de aquella parábola, que uno se fue y volvió a la casa y se la encontró invadida por siete demonios! No, vosotros estáis aquí vigilantes para que haya caridad, caridad, siempre caridad, y sólo caridad, y así, si Dios me permite regresar, me encuentre la casa y vuestras almas más o menos…
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 13 de Febrero de 1991 en Modolell, Barcelona