Fiesta del apóstol, del apóstol más joven, de Juan. El Evangelio es de san Juan evidentemente. Y este evangelista que a veces habla con unas formas literarias que a nosotros nos resultan sorprendentes, unas formas literarias apocalípticas. Pero, como decía Javier el otro día, es sin embargo un evangelista muy preciso en los detalles que realmente señalan hechos históricos muy concretos. Y en este Evangelio de hoy que nos pone en su festividad, es uno de ellos. Dice que salen Pedro y el otro apóstol. Él con humildad nunca se nombra. Tampoco cuando encuentran a Jesús y le dicen dónde habita, él no se nombra, pero es él.
Pues aquí salen esos dos apóstoles, y corren hacia el sepulcro. Y especifican: salieron juntos corriendo, pero el otro corría más. Muy lógico, Pedro ya era una persona mayor; en cambio el otro es joven, 17 años, es la edad en que parecen gamos la gente joven: corren y no se cansan. Y sin embargo llegó al sepulcro, lo vio abierto, y tuvo miedo, y no entró. Fue necesario que llegara Pedro, que, aun siendo más lento, por la misma edad tenía ya miedo a las cosas, tenía un poco más de coraje. También esto es muy lógico, y es una pincelada psicológica tan interesante de Juan Evangelista. Y entró Pedro, y vio los lienzos plegados allí, la famosa sábana de Turín de ahora, tan impresionante. Y dice Juan que luego, el otro discípulo, sacando fuerzas de flaqueza y con el ejemplo de Pedro, pues ya dijo que él también iba a entrar. Se envalentonó y entró. Siempre una tumba ofrece un cierto respeto a la gente; entrar como en aquellas tumbas, que eran cuevas un poco oscuras, y además la tumba que ven abierta, que ven qué podía pasar por allá. Y entonces la vio vacía, vio un sudario bien plegado, y entonces esa frase última tan interesante: Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Fijaos que aquí el juicio – y aquí es donde se delata que es él -… Él da testimonio de lo suyo, él no puede decir así, de una manera fuerte, que Pedro también creyó, eso es asunto de Pedro, él sabrá. Corrieron los dos, que él corría más, eso estaba a la vista, corrió y llegó antes; que no entró, también esto era óbice, era patente: entró Pedro. Entonces, él entró, vio y creyó. Y no dice: creímos. No, no, aquí es respetuoso. Y creyó. ¿Y por qué dice que creyó?: porque es él, y él sabe lo que le pasó. Creyó él.
Y luego viene este otro que ya entonces se permite hacer un plural otra vez: Hasta entonces no habían entendido la Escritura, que Él había de resucitar de entre los muertos.
Es curioso, le habían oído tantas veces a Jesús profetizar esto: Destruid este templo y lo reconstruiré en tres días. Y otras frases. Bueno, a pesar de escuchárselas, no acababan de entender; fue menester el palparlo con sus manos, y cuando se les aparece Jesús: Ven Tomás y pon los dedos en mis llagas. Fue necesario que lo vieran, lo palparan, que recibieran el don de la fe en aquellas cosas que Cristo les decía. Cuando les hablaba, no entendían. No nos hemos de extrañar que hoy haya todavía tanta gente por el mundo que oyen y no entienden. Si los apóstoles, que eran personas llamadas por la Providencia a ser las columnas de la Iglesia, si los apóstoles que tenían la dicha de escuchar directamente la palabra de Jesús, y de ver hacer todas las cosas grandes que Él hacía, de haber sentido el cariño de Jesús en la última Cena… bueno, no entendían. ¡Qué de particular tiene que haya tanta gente por el mundo que se les prediquen las Escrituras, el Nuevo Testamento, y no entiendan del todo! Entiendan, sí, que es un mensaje maravilloso el de Cristo de que hay que amarse los unos a los otros, y no sólo a los amigos: a los enemigos. Esto es lo que tipifica, es específico del cristiano. Porque amar a los amigos todo el mundo lo hace. No, no, amar a los enemigos, perdonar a los enemigos. Perdonarles setenta veces siete, no escatimar esfuerzo, dar la vida como Cristo en la cruz por los enemigos para que lleguen a entender. Mensaje muy hermoso; pueden medio entenderlo. Pero ¿entenderlo del todo, entender que hay un Misterio de la Encarnación, de Dios entre nosotros, de Dios hecho hombre que conmemoramos en Navidad, que es humilde, que es sencillo, que siendo Él el Señor, el primero, se hace el último y lava los pies, que el secreto para entrar en el Reino de los Cielos es hacerse último? Y claro, si todos somos últimos entonces no hay primeros, ni segundos; todos iguales, todos hijos de Dios. Entender en profundidad esto, entender las consecuencias de ese amarnos de verdad unos a otros, de ser sólo amor, no ser otra cosa – yo que soy amor, nada más -, ni egoísmos, ni odios, ¡nada! ¡Qué soy! ¡Amor! Amor para todo el mundo, por eso no puedo no amar a nadie. La luz es luz y ya está. El amor también sólo puede amar.
Entender esto en profundidad, entender todas las consecuencias a que lleva esto, que son de desvivirse por los otros como la mejor ofrenda a Dios, como la mejor muestra de gratitud a Dios por haberme dado la existencia, la vida, la redención. No nos impacientemos con nosotros mismos que tampoco lo acabamos de entender tantas veces. Tengamos paciencia, tengamos esperanza con todo el mundo, ¡ya les llegará el momento de entenderlo, ya recibirán en algún momento el estallido de la luz, de la fe, y entonces lo entenderán, como le pasó a Juan! Si ellos no entendían, tengamos pues una amorosísima paciencia que no se acabe nunca, que no se agote, siempre fiel, siempre esperanzada, siempre leal para con los demás. Pidiendo a san Juan como intercesor, él que sabe tanto de esto, que también llegue para todos los hombres del mundo un momento en que vean y, milagrosamente, crean.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 27 de Diciembre de 1985