Estamos en este domingo en el Prólogo del Evangelio de San Juan, y es hermoso. Nos presenta a Cristo, el Logos hecho carne, el nuevo Adán.

 

Vemos, como decíamos esta tarde, un paralelo, un paralelismo entre todo el Viejo Testamento y todo el Nuevo Testamento. Cómo Cristo, el nuevo Adán realiza después todo lo profetizado en el Viejo Testamento. Este Logos, que se hace carne, Adán; en Adán primero, obra de Dios, obra de coger Dios este universo y hacer barro, o sea, coge el universo y le insufla la vida a Adán. Y Adán empieza a existir.

 

La insistencia que vemos en Mateo, en Lucas, en los evangelios de la infancia: María es como el barro de la Humanidad, un barro puro, como era el barro que tomó Dios recién hecha de sus manos la Creación, todavía no contaminada por el pecado fruto de la libertad del hombre.

 

Con barro puro hizo a Adán y le insufló la vida; con barro puro María hace al nuevo Adán, y el Espíritu Santo le insufla la vida. Después ese pueblo esclavo en Egipto por la malicia de los poderes de este mundo, cruza el Mar Rojo y va a la Tierra Prometida. Así Jesús, también en Egipto, por la presión de los poderes de este mundo que lo tienen esclavizado para matarlo, cuando pueden se libera y vuelve a la Tierra Prometida.

 

Adán en aquella primera fase pasa todos los animales por su vera. Y Dios luego hace que venga junto a él otro ser humano – sólo había uno entonces -, Eva, otro ser humano a hacerle compañía, a escucharle. Cristo, allí lo vemos en Belén, y tiene por compañía las estrellas, el firmamento todo, el mundo todo y todos los animales del campo, y allí están el buey, la mula, el asnillo, toda la Creación está a sus pies desde aquella cueva de Belén. Pero Dios suscita también que vayan seres humanos, no sólo María y José, sino otros seres humanos, los pastores, que representan al pueblo de Israel; y unos Magos que la tradición ha puesto de todos los colores de las razas, para decir: el mundo entero, todos los hombres van allí a hacerle compañía. No sólo en Adán van todos los animales, en este segundo Adán, además de toda la creación, van todos los hombres de todos los continentes.

 

Vamos viendo ya en los evangelios de la infancia cómo se esfuerzan a magnificar, poner más grande, en luz plena y total de la revelación lo que ya estaba apuntado en esta obertura, en esta sinfonía que recoge todos los temas en tono profético de Jesús luego, que es el Viejo Testamento.

 

Podríamos seguir así esta comparación de Viejo y Nuevo Testamento. Lo que ocurre con Adán, el nuevo Adán, es que no cae en el pecado – en todo menos en el pecado -. Él, que es el liberador, no podía estar prisionero; Él, que es libre, libre de toda culpa, viene a rescatarnos. Y ahí entonces ya no hay un paralelismo magnificado con el Adán primero, como ocurre en la primera fase en que Adán no ha pecado, sino que a partir ya entonces de que Adán peca, lo que hay es un claroscuro. Hay un paralelismo, cierto, pero lo que en el Viejo Testamento es sombra, aquí es todo luz; si allí hay un ángel que dice fuera del paraíso, aquí hay un ángel que acompaña a los pastores, una estrella que anuncia a los reyes que el Paraíso está abierto de nuevo, el Reino de Dios está cerca.

 

Podíamos ir siguiendo entonces este paralelismo de claroscuros a lo largo de la vida, y llegaríamos hasta el final, en que los Macabeos, el último profeta que da su vida es también un paralelismo ya lleno de luz, aunque con algunas sombras, porque lo hacían por una concepción del reino muy distinta. Pero son también este paralelo en claroscuro de esta muerte de Cristo en la cruz. Si en todo el Nuevo Testamento es la Resurrección del Viejo, con la Resurrección de Cristo se abre también la Resurrección de todo el Nuevo Testamento. Muy hermoso.

 

¡Este Evangelio de Juan de hoy nos sugiere muchas cosas, tanto sugiere que no es posible incluir todo en el molde de una homilía dominical a las 8 de la noche! Ojalá que nuestro corazón se ensanche para que en él sí quepa todo.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 4 de Enero de 1986 seguramente en General Vives

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