(Lc 5,33 – 39)
Lo habéis leído y meditado seguramente muchas veces. No se puede poner vino nuevo en odres viejos, porque el odre viejo ya está tan gastado que, al rellenarlo de vino nuevo a tope, reventaría. Se necesita poner el vino nuevo en unos odres recién cosidos para que así puedan contenerlo y no se desparrame. Eso está muy claro, dicho por Cristo a estos fariseos que estaban empeñados en seguir aquellas leyes de las que dice Jesús. No son leyes de Dios, son leyes puestas por vosotros y queréis meter a todos aquí dentro cuando eso es un odre viejo y Yo os vengo a traer vino nuevo.
Si leyerais vosotros la Misná, que es el libro que, muerto Jesucristo, hicieron los judíos en aquel mismo siglo para recoger todas las leyes que un buen judío tenía que cumplir, veríais que hay miles. No recuerdo ahora el número exacto, de manera que sería una temeridad decir un número preciso. Por ejemplo, las hay de este estilo: si ha caído un mosquito en la copa de vino, no puedes beberlo. De ese talante hay miles de leyes. Ésas son las que dice Jesús; no sirve para nada poner aquí el vino nuevo.
Cuántas veces nosotros nos tenemos que liberar del lastre, de los hilos viejos que nos atan que hacen que estemos todavía ofreciendo odres viejos para recibir el vino nuevo del evangelio. De este modo hay el gran peligro de que revienten y perdamos todo lo que Cristo nos manda. Por otra parte sabéis vosotros que cuando hay toneles de buena madera – que son estas cubas que hay en algunas casas importantes de fabricación de vinos añejos-, como están reforzadas por aros de acero, y la madera, por ser buena todavía, se hincha y se aprieta más un tablón con otro, no hay miedo de que se rompan. Se va empapando la misma madera de esas sucesivas oleadas de vino bueno y así salen estos vinos ajerezados o de tantas otras maneras, porque se ponen en toneles viejos.
Qué bien si nosotros sabemos también conservar como en un tonel viejo, ese vino nuevo de Cristo, pero en aquellos verdaderos mandamientos del Viejo Testamento que son de Dios, no de los hombres, como éstos que los fariseos aquí les ponían, que habían ido surgiendo a lo largo de la historia y los habían acumulado uno tras otro. En cambio, de todo el magisterio de Dios mismo a lo largo de la historia de la salvación, lo que es de Dios eso es tonel que, al poner el vino nuevo, lo añeja estupendamente.
Dicho esto, también hemos de ver entonces en nuestro cristianismo actual qué mandamientos son de los hombres, no de Dios. Porque si ponemos el vino nuevo de Cristo en esos odres viejos de tantos mandamientos de los hombres, de la sociedad o de antiguas generaciones, pero que no son mandamientos de Dios, se reventarán y volveremos a perder el vino bueno del evangelio. Ahora, si lo sabemos poner en estos toneles viejos de la cristiandad, que son verdadera doctrina de Jesucristo, ¡qué bien alimentarse, añejarse, podíamos decir, nuestras palabras, porque están contenidas, guardadas en esos toneles viejos de toda la historia de la cristiandad verdaderamente guiada por Jesucristo!
Naturalmente se necesita un don: el don de discernimiento de espíritus para saber distinguir muy bien qué son leyes de los hombres y que son leyes de Dios, lo que es el maestrazgo de los hombres de lo que es el maravilloso maestrazgo de Dios. No nos equivoquemos entonces en poner en odres viejos la doctrina de Jesucristo, sino que sepamos ponerlas en estas cubas antiguas del cristianismo que fluye de Jesús, pero que son auténticos receptores que todavía mejoran nuestra dedicación y nuestra actuación presente en el mundo.
Pidamos pues al Espíritu Santo que nos dé este discernimiento de espíritus.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Viernes 6 de septiembre de 1991 en la casa de ejercicios del Padre Manyanet de Begues, Barcelona
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra