Esta mañana en el Santuario de Santa Eulalia de Vilapiscina prediqué este mismo evangelio, y resumiendo lo que dije para ahora decir otras cosas, en que realmente estas palabras tan sencillas de Juan el bautista hay un programa de convertir este mundo en Reino de Dios, un programa de una simplicidad, de una claridad meridiana y de una profundidad inmensa, que todavía los más grandes políticos de este mundo no se dan cuenta bastante. O sea, que ¡tantos Organismos internacionales, la UNESCO, la ONU, la Sociedad de Naciones, la FAO…!

¿Qué tendríamos que hacer socialmente? Lo dice. Los países ricos, que tiene más de lo necesario, pues ayudar sinceramente y de verdad y eficazmente. Primero, cubriendo las necesidades perentorias de los países pobres. Y después enseñándoles, compartiendo con ellos también tecnología, técnicas, etc., para que ellos mismos se valieran de sí mismos y pudieran producir y ajardinar su mundo para nivelar el estado de todos. Y el que tiene dos vestidos, pues vestir también a la gente que tiene necesidad de vestir, como la suma de todas las necesidades, no tantas como el comer, pero que también son complementarias de ello. Pues bien, ¡Qué sencillo! No se pierde en teorías Juan Bautista. Da unos ejemplos concretos, dan en diana de lo que es los puntales esenciales para que el hombre pueda tener un equilibrio feliz, estar en paz, contento, y desde ahí desarrollar otras potencias lúdicas. Da en el clavo. ¡Si le hicieran caso!, ¡tan sencillo!

Pero los sabios de este mundo, a base de complejidades, no saben ver la verdad en lo sencillo, y simple, y profundo.

 

Y después sigue complementariamente cuando vienen ya gente que no son judíos. Los publicanos, que son los de hacienda, los que cobran los tributos. ¿Y qué les dice? Que los cobren, dando por supuesto que el gobierno empleará bien estos impuestos para bien de todos, para el bien común, pero cobrar lo justo, no más de la cuenta.

Y a los policías – aquí dice militares, pero la traducción es los guardadores del orden de todo tipo, como la guardia civil, que no se sabe si son policías o son ejército, pero son los guardadores del orden – les dice que no extorsionen, que no empleen su poder para extorsionar a la gente en beneficio propio.

En fin, que la gente cumpla sencillamente su deber. Y después, los que mandan supieran equilibrar estas naciones pobres con las naciones ricas. ¡Qué programa, Dios mío!

Y eso todavía no es Jesús. Jesús dice mucho más. Pero esto que es la punta de lanza del judaísmo bueno – san Juan Bautista -, si le hicieran caso los poderosos de este mundo, ¡Qué pronto podrían arreglar tantos inmensos problemas que hay en la faz de la tierra!, en esta faz en la que viene la navidad con la estrella gozosa a predicar el amor a los hombres de buena voluntad!

Bien. Siguiendo el evangelio, hay una cosa que no he dicho esta mañana, pero es muy bonita. Más abajo dice lo siguiente: «Yo os bautizo con agua, pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias». Juan Bautista, si es un hombre de este mundo, puede coger agua, lavar la ropa, lavar todo lo sucio, fregar todos los suelos, o ¡fregar el alma! Pero vendrá otro que puede más, no sólo tiene dominio sobre el agua, tiene dominio sobre el Espíritu Santo: «Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.» O sea que nos bautizará. Cuando recibimos el Bautismo recibimos al Espíritu Santo y fuego, es decir, esa Tercera Persona que, en Pentecostés, lo recordamos, eran como lenguas de fuego.

«Tiene en la mano la horca para aventar su parva.» Aquellas cosas que son como un tenedor, la horca, con lo cual se echaba todo lo que se había segado, y el aire hacía que se separara el trigo de la paja, la paja se la llevaba el viento y hacía un montón más lejos, y el trigo caía más cerca.

«Y reunir su trigo en el granero.» O sea, que cuando ya el trigo está separado de la paja, se lleva al granero. ¿Qué pasa con la paja?

«Y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.» Toda hoguera, tarde o temprano, con bomberos o sin bomberos, se apaga al final. Una hoguera, un fuego que no se apaga, es un fuego eterno, es el Espíritu Santo. Y aquí es donde yo quería hacer hincapié. El Espíritu Santo que no se apaga nunca es el que quema la paja. Si nosotros aventamos nuestro espíritu, nuestra alma, etc., lo que es bueno se guardará en el granero, y lo que es malo, es que no se guardará, porque maldita la gracia que nos haría que se guardaran todas las cosas malas nuestras. ¿Dónde se iban a guardar? Sería un olor putrefacto el que saldría de ahí que nos indicaría y nos recordaría lo malo que hemos hecho, lo malo que somos, etc. No, la misericordia de Dios hace que esa paja de nuestros defectos, de nuestros pecados, el Espíritu que no se apaga, este fuego del Paráclito, además de separar lo bueno para que pueda ser guardado en el granero del Cielo, además tiene esa acción supletoria, de propina de que Él mismo quemará la paja y no quedará nada, cenizas que ya no se sabe de qué son, y que servirán todavía para abonar la tierra. El Espíritu quema nuestra paja.

¡Qué hermoso saber que la misericordia del Señor guardará nuestro trigo y destruirá nuestro mal!

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 1985

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