En el Evangelio, en ese trozo, o en otro evangelista, nos explica que cuando Juan Bautista ve venir a Jesús dice: no, cómo te voy bautizar yo a ti, tú a mí. Y Jesús le dice que haga esto, porque conviene que se haga esto para cumplir la voluntad de Dios Padre.

O sea, que, en este bautizo, Jesús Hijo predilecto, sin embargo, a pesar de su grandeza se pone en un bautizo general como uno más. Ahora están así los bautizos en las parroquias. Antes era un niño rodeado de su familia, y luego otro y otro. Y ahora es un bautizo general, se ponen todos los niños a bautizar.

Pues así Jesús, uno más. Con lo cual queda bien manifiesto en este gesto humilde Jesús, que siendo el primero, siendo el Señor –como dirá en el lavatorio de los pies: me llamáis el Señor, y es verdad, lo soy, sin embargo, mirad lo que hago, os lavo los pies- hace tareas de esclavos de últimos de la casa. Así se hace último ya también aquí en el principio como los demás. Hay una sintonía grande de Jesús con Dios Padre. Hace este acto humilde para hacer lo que Dios Padre quiere. Realmente Dios Padre y Él, los dos, quieren tener una sola voluntad. Y desciende el Espíritu -lo dirá también el evangelista, que desciende sobre Jesús el Espíritu suave como una paloma-. En estos gestos de Cristo nos da la clave, el secreto para que nosotros, en nuestras tareas apostólicas, en nuestro vivir cotidiano de todo lo que hagamos, venga el Espíritu, seamos a la vez fuentes de la que salga a chorros el Espíritu Santo.

¿Y cuál es este secreto, esta clave? Muy sencillo. Vemos que Dios Padre desde toda la Eternidad, y Dios Hijo desde toda la Eternidad, quisieron los dos tener una sola voluntad; y claro, como los dos quisieron tener una sola voluntad, pues la tuvieron. Y esa voluntad que los dos quieren tener es desde toda la eternidad el Espíritu Santo, que es el querer, que es el amor de Dios al Hijo y del Hijo a Dios. Una sola voluntad, la voluntad que es el querer y el amor. Y la tuvieron: esa tercera persona de la Santísima Trinidad. Expiraron al Espíritu Santo. Y es que el Espíritu Santo proviene siempre de querer tener una sola voluntad. Luego, cuando Jesús a lo largo de su vida, ese hombre Jesús, que es el Verbo Encarnado, pero esa humanidad y esa voluntad de Jesús unida a la voluntad del Verbo, también quiere hacer lo mismo que hizo el Verbo, que es tener una sola voluntad con Dios Padre. Es cuando puede decir: el Padre y yo, cuando suba a sentarme a la diestra de Dios Padre, os mandaremos al Espíritu Santo.

El Espíritu Santo fluye cuando dos quieren tener una sola voluntad. Entonces ya sabemos nosotros que, para que de nuestra vida salga el Espíritu Santo vivificando las obras que hagamos, nuestros pensamientos, nuestras palabras, todo aquello que hagamos hacia el exterior, hemos de ser con Dios Padre algo, que los dos queramos tener una sola voluntad. Y se lo decimos en el Padrenuestro que nos enseñó Jesús: Hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Quiero tener, y tú quieres tener conmigo una sola voluntad. Si Dios Padre quiere tener conmigo una sola voluntad, cómo no voy yo a querer tener también una sola voluntad.

Es muy sencillo. Él, ¿Qué quiere? Que yo también he de querer lo que Él quiere. Quiere que ame a los demás como Él me ama. ¿Y qué es lo que Él quiere que yo quiero? Pues yo tengo que pensar cómo tengo que amar a los demás. Y Dios quiere todo aquello que yo piense rectamente para amar a los demás, Él también lo quiere. Entonces yo quiero lo que Él quiere, y Él quiere lo que yo quiero. Entonces brota un chorro de Espíritu Santo de lo que haga, porque queremos tener, Dios y yo, una sola voluntad; yo imitando a Cristo, yo en Cristo, con Cristo y por Cristo. Una sola voluntad. Pero recordáis aquello de san Juan: Dices que amas a Dios que no ves y no amas al prójimo que sí ves, ¡hipócrita! Y, además, si amamos a Dios, ¡cómo no vamos a amar lo que es obra de sus manos! Toda la Creación y todas las personas, me quieran o no, son criaturas de Dios. ¡Cómo no voy a amar a las criaturas de Dios! Si no amo a las criaturas de Dios, soy un hipócrita si digo que amo a Dios.

Pues bien, ser una sola voluntad con Dios significa que quiero yo también ser una sola voluntad con los demás, con todos aquellos que también quieren ser una sola voluntad conmigo; por mí no quedará. Y cuando yo y otros, y otros y yo somos una sola voluntad, queremos dos o un grupo lo mismo, somos unísonos, somos un sólo corazón, porque obramos libremente y libremente queremos querernos, queremos tener una sola voluntad, -que eso es el amor, querer tener una sola voluntad-, entonces se hacen maravillas; con las obras nuestras entonces parecen milagros, todo es como por ensalmo, todo es fácil, todo es maravilloso, todo es fuente de luz, de paz, de armonía, de felicidad,… de todo. Salen todos los dones del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo fluye a chorros cuando dos voluntades quieren ser una sola voluntad. Mientras tanto, si las personas no quieren ser una sola voluntad: yo yo, y tú tú, yo haré lo que quiera, tú harás lo que quieras, luego ya miraremos a ver si colaboramos, si pactamos, si nos entendemos en algo, si obramos en común en alguna cosa. Bien, bien ciertamente podrán hacer algo, ¡con qué trabajos!, y siempre a punto de discusiones, a punto de romper, a punto de decir: ah no, yo lo veo de una manera, yo quiero una cosa, tú otra, tú por tú camino y yo por el mío… ¡Qué poco se ama! Y cuando en cambio dos o más –cuando hay dos o tres reunidos en mi nombre yo estoy en medio de ellos- quieren tener una sola voluntad, ¡oh!, entonces salen maravillas de lo que se hace, porque todo es un chorro de Espíritu Santo.

Pues bien, que en este Bautismo del Señor aprendamos a ser una sola voluntad con Dios, con Cristo, con los demás. Y entonces también, además de obrar maravillas, también oiremos en nuestro corazón los ecos de esas palabras de Dios Padre: Tú eres un hijo mío bien amado.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 11 de Enero de 1986 posiblemente en General Vives, Barcelona

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