(Jn 20, 19 – 31)
Es curiosa esta repetición que hace Jesús en el evangelio de Juan. Dos veces y sabemos que también lo dijo más veces: la paz con vosotros, la paz a vosotros, la paz sea con vosotros. ¡La paz! ¿Qué es la paz?
Jesús en uno de sus mandamientos nos dice: sed unos como el Padre y Yo somos uno. No hay nada que nos separe, ningún rencor, ningún mal pensamiento, ningún enfado, ninguna diferencia en la voluntad, queremos lo mismo. Esto es la paz: ser unos porque nada nos separa.
Cuando cualquier cosa pone distancia entre uno y otro, no hay paz y no se puede ser uno. La paz a vosotros. Eso quiere decir que no hemos de permitir nunca que haya nada entre nosotros que nos separe. Por eso podremos cumplir así ese mandamiento: sed unos como el Padre y Yo somos unos. ¿Y dices que eres uno con Dios Padre que no ves y no eres uno con los demás que si ves?, ¡hipócrita!, nos dirá San Juan. ¿Dices que amas a Dios que no ves y no amas al prójimo?, ¡hipócrita! ¿Dices que eres uno con Dios y no eres uno con los demás?, ¡hipócrita! Luego para llegar a ser uno con Dios tengo que ser uno con mis hermanos, con los demás cristianos, ¡uno!
Todos sabéis que desde que habéis nacido formáis parte de una familia: vuestro padre, vuestra madre, vuestros hermanos. Esto es una familia, lo sois por el origen. Habéis nacido en esta familia y el vínculo que tenéis es que sois de la misma sangre, consanguíneos con vuestros padres y vuestros hermanos. Os une una misma sangre y formáis una familia porque habéis nacido en ella. Sois esta familia aunque no os guste o no queráis, lo sois por la fuerza de la sangre. Muchas veces después los hermanos se enfadan con los padres, se enfadan entre ellos, y cada uno sale en una dirección. A lo mejor pasan años y no se vuelven a ver más, a pesar de que eran de una familia y de la misma sangre. Vosotras estáis aquí, estáis en una congregación, habéis venido a ella libremente porque habéis querido. Formáis también una familia, pero no por el origen sino al revés, por el fin. Es una familia que camina cada vez más unida, cada vez más familia, más entrañablemente hermanos y lo sois mirando hacia el futuro, hacia este Jesús que ha de venir al final de los tiempos, hacia ese Dios Padre al cual os vais acercando. Sois familia, no por el origen sino por el final, no a la fuerza sino porque lo decidís libremente, no por la sangre de vuestra familia sino que sois consanguíneas con otra sangre mucho más alta: la sangre de Cristo que derramó por vosotros y que recibís en la Eucaristía. Sois una familia nueva.
Sería un ideal que nada os separara en vuestra familia de origen y fuerais verdaderamente hermanos, fuerais padres e hijos bien avenidos. Hermoso es y a eso hay que tender. Pero esta familia vuestra que formáis ahora cuya sangre común es la de Cristo – que lo sois con entera libertad y con plenitud humana-, lo es porque es fruto de vuestra libertad. Cada vez lo sois más porque cada vez os acercáis a vuestro fin; no podéis permitir que nada de este mundo rompa esta unidad a la que estáis llamadas a ser. Qué nada pueda romper esa unidad de esta nueva familia que formáis en Cristo. El que en las familias de origen unas sean de una parte, otras sean de otra, unas de un país, otras de otra nación, unas de una raza, otras de otra, unas de una extracción social determinada y otras de otra extracción más o menos elevada…, que unas tengan un carácter, otras tengan otro temperamento; que unas tengan más cultura, que otras tengan menos; que unas hayan venido con un mayor bagaje de experiencia en la vida y otras con un poco menos… Nada de todo esto puede enturbiar, romper la unidad que han de tener los hijos de Dios en esas familias de cristianos que van cada vez más unidas hacia el fin. Si algo de estas cosas del mundo, si algo de estas cosas de vuestra familia de origen se interfiere o se mete en vuestra familia nueva para separar un poco a dos personas, esto es sutil tentación del diablo. Inteligentísima maniobra suya para echar a perder vuestra nueva familia de consanguíneas en Cristo. ¡No lo permitáis nunca! De esta manera será verdad ese deseo, haréis verdad ese deseo de Cristo: ¡paz a vosotros! Ciertamente no podréis conseguir hacerlo realidad si no confiáis en Cristo, dador de paz; en Cristo se os dará el Espíritu Santo, este Amor infinito que es lo más opuesto al diablo, este Amor de Dios que será el cemento que os unirá totalmente y que vencerá cualquier tentación del diablo.
Hermanas mías, de verdad sed unas en el Señor. Así la paz y la alegría estarán siempre con vosotras.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Domingo 2 de abril de 1989 en una comunidad de religiosas de República Dominicana
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra