(Mc 8, 27 – 35) 

 

Haciendo hoy acopio de fuerzas porque es domingo, he deseado de todo corazón estar aquí con vosotros co-celebrando y dirigiéndoos unas breves palabras en mi homilía. 

Estoy realmente muy mal. Desde que estoy aquí, que vine para reposar y acoger fuerzas también de cara a estos Coloquios que celebramos, todavía he bajado medio millón más de glóbulos rojos. Pero en fin, como decía, quiero tanto a esta feligresía que va viniendo, algunos conocidos de hace tanto tiempo, otros más recientes y otros que no conozco -de este año-, pero os quiero tanto a todos, y quiero tanto también a esta Ermita -donde tengo tantos recuerdos desde antes de empezar-, que he hecho este esfuerzo, ¡quién sabe si es el último que voy a poder hacer de dirigirme aquí a vosotros! A lo mejor tengo que tomar un avión urgentemente para marcharme, quién sabe. Pero en fin, hoy estoy aquí con vosotros, ¡qué alegría! 

Acabamos de oír este evangelio que verdaderamente es trágico, es dramático. También nos recuerda textos paralelos, como aquél en que dice que los que no tomen parte con Él, que no coman su cuerpo, beban su sangre…, con el consiguiente escándalo de que también le abandonen: “¿Y vosotros también me abandonaréis?” Eso dice a los apóstoles porque no entendían. Era lógico que no entendieran, pero tampoco tenían fe para aceptar lo que Cristo les decía aunque no lo entendieran, porque era un misterio. En este evangelio que hemos leído hoy; vosotros también os iréis, me dejaréis solo. Aquella frase suya tan incisiva: “Y vosotros, ¿quién decís quién soy yo?” Unos contestaron de una manera, otros contestaron de otra. Bueno, esta pregunta es completamente actual, Cristo también hoy puede decir a todo el mundo en esta historia presente: ¿quién decís que soy yo? ¿Y qué respuestas oiríamos? De las más variadas y disparatadas: un hombre bueno, un hombre genial, un hombre sabio, un hombre que fundó una religión natural como Buda o como Confucio, en fin, o como tantas gentes estrafalarias que fundan hoy religiones raras. 

Estando aquí prácticamente enfermo ya me trajeron periódicos y leí uno que ocupaba toda una página. Por poco me pongo peor porque ¡qué barbaridades decía de Jesús y de María! Verdaderas blasfemias por un lado, pero, por otro lado, con unas inexactitudes tan absurdas respecto a lo que la Iglesia es que, claro, si inventan que la Iglesia dice tonterías, pues dicen que la Iglesia es una tontería. Dice usted que lo dice la Iglesia pero eso no es verdad, es una ignorancia absoluta de lo más elemental. Eso en toda una página de un periódico muy conocido. ¡Qué barbaridad, cuántas barbaridades oiríamos hoy si preguntáramos a unos y otros en unos países, en unos sectores, en unos niveles de población aquí, allá, ideologías, cuántas respuestas! 

Pero todavía podíamos nosotros preguntar otra cosa; nosotros como cristianos: ¿qué somos, que representamos? Se lo podíamos preguntar a la gente también, no como pecadores, porque somos seres humanos y el más justo peca siete veces al día, y reconocemos con mucha humildad, con mucha sinceridad que somos muy pecadores todos. Pero no preguntamos esto en cuanto pecadores sino en cuanto cristianos, que deseamos serlo de corazón, haciendo penitencia de nuestros errores y pecados. ¿Qué somos hoy en la sociedad? ¡Qué cosas también oiríamos, qué cosas! No es difícil imaginarlas, ¡es tan fácil pensar la de cosas que la gente dice!  

No, seamos portadores infatigables de la voz de Cristo, de ser sus testigos, de predicar la Buena Nueva que Él predicó, de predicar el perdón, el amor, el amor de benevolencia, es decir, aquel amor que se ama sin esperar nada a cambio. Por eso dice Cristo: tenéis que amar a los enemigos como Dios nos ama; en eso está la perfección. En ser perfectos como Dios es perfecto. Porque el que ama a los amigos, ¿qué merito tiene?, eso lo hacen los paganos, lo hace todo el mundo.  Hemos de ser predicadores de este amor que los teólogos llaman  de benevolencia. A los enemigos no los necesitamos para nada, de manera que si los amamos es realmente porque los amamos como Dios nos ama, porque no les amamos esperando ningún bien de ellos. ¿Qué bien nos puede hacer un enemigo? Ninguno, y lo hemos de amar. Precisamente en este amor es donde está el crisol en que nuestro amor se purifique de todas las gangas que puede traer todavía, ahí se purifica. Entonces con esta pepita de oro, ya bien limpia, es como podemos amar a los demás, tranquilos de que ya no les amamos por egoísmo, sino como Dios nos ama. Dios no nos necesitaba para nada, se complicó la vida creándonos, teniéndonos que redimir enviando el Verbo, hacerse Carne, subir a la cruz, ¡cuánto nos ama! Y no nos necesitaba, ¡por puro amor de benevolencia! 

Habrán visto ustedes por televisión, o leído en las noticias, cómo un pope cristiano ortodoxo tenía que frenar a las masas y decir: Dios no quiere sangre, porque derribar estatuas es fácil, pero detrás de esto, qué fácilmente puede venir también el atacar, matar a todas esas personas que tienen su historial terrible de pecados y de crueldades. Decía ese pope: cuidado, Dios no quiere que derraméis sangre. 

Tenemos que ser portadores y predicadores de este perdón de Dios, de desatar – el poder de atar y de desatar que le da a Pedro -. ¿Qué es lo que hemos que atar? Todas las obras del diablo, los egoísmos, las ambiciones, el desprecio a los demás, las injusticias, todo eso es lo que hay que atar, y bien atado para que no pueda moverse. En cambio hay que desatar esas cataratas de misericordia de Dios, de comprensión, de perdón al que verdaderamente está arrepentido, ¡de misericordia, siempre! Desatar el ir por el mundo predicando las obras de misericordia espirituales y corporales, que son los testimonios de que de verdad nuestro amor es benevolente sin pizca de egoísmo.  

Termino recordando esa pregunta que Cristo hace en este evangelio y en otros paralelos -¿quién decís que soy yo?-, que Pedro responde tan espléndidamente. Los cristianos, ¿quiénes somos nosotros? Es una pregunta de entonces, de ahora y siempre. 

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Lunes 26 de agosto de 1991 en la Ermita de la Punta de la Mona de la Herradura, Granada

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

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