Jn 6, 1 -15

 

Esta multitud que vemos nosotros a lo ancho del mundo, en toda Europa, pero a los flancos toda América, toda Asia, miles de millones de toda África, y esparcidas en las islas oceánicas, Nueva Zelanda, ¡cuántos millones de gentes!, y por otra parte llenos de sufrimientos, de angustias, de oscuridades, de no saber para qué viven, sin un sentido para la muerte, tantas guerras, tantos conflictos, tantas hambres… Efectivamente ellos tienen hambre de ver luz, de escudriñar en las eternas preguntas, de encontrar un poco de luz en respuestas. ¡Es tanta esta gente! Pero mayormente la respuesta es así, inmediata, es decir, que busquen, que vayan allí donde encuentren respuestas a estas preguntas que les acucian tanto, que vayan a los filósofos, que vayan a las religiones que están esparcidas por el mundo, incluso en las sectas que algunas respuestas pretenden dar; que vayan y se sacien, que vayan buscando alimentos por el mundo. 

Es una respuesta fácil, e incluso no es irracional y no es ilógica, algo les darán de comer, algo. Pero no nos hemos de arredrar por las multitudes. Jesús les dice: “dadles vosotros de comer”. Tenemos muy poco, muy poca cosa que ofrecerles, somos tan pocos, además, para poder organizar tanta comida a tanta gente. No nos preocupemos, hemos de ser misioneros, aunque seamos pocos  no nos arredremos, vayamos por el mundo a repartir esto que tenemos en nuestras manos, veréis como Cristo multiplica este pan que llevamos de mensaje de Dios, de la Revelación, de tantas cosas y sobre todo el amor, ese amor que queda representado en la Eucaristía, en estos panes, que se multiplican. No tengamos miedo, multiplicaremos el amor, seremos luz, fermento, sal de estas inmensas multitudes. Llevémosle infatigablemente porque Dios multiplicará. No les mandemos a que sacien estas angustias, esta hambre en otras fuentes que siempre están contaminadas de odios, de egoísmos, de etnias, de racismos, de preocupaciones de materialismos, de idealismos. Seamos verdaderos apóstoles y salgamos por todos los caminos del mundo sin temor, para ofrecerles esto que Dios multiplica continuamente: amor. Habrá cestos enormes de amor todavía para los que vengan. 

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Lunes 2 de agosto de 1984 en una capilla de Alba de Tormes, Salamanca. 

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra

 

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