Estamos reunidos aquí este mediodía celebrando una fiesta muy tradicional de Nuestra Señora de Formoles, de la Virgen de Montserrate. Habéis venido de diversos sitios, nosotros también y estamos aquí  reunidos contentos de celebrar en este santuario esta fiesta tan hermosa, tan significativa de la vida de María y de la vida de todo cristiano: la Asunción de María. ¿Qué quiere decir esto? María murió, era un ser humano mortal como todos nosotros, ella tuvo el privilegio enorme de ser la madre del Verbo encarnado. Esto hizo que ya desde su concepción fuera Inmaculada, y luego toda su vida la dedicó a Jesús. Al principio no entendía todos estos misterios. Llegó al pie de la cruz con una fe vivísima y una esperanza total. Tanto que, en el sábado santo, cuando todos estaban desmoronados ante la muerte de Jesús, ella fue la única que tuvo una fe total en aquellas palabras de Jesús sobre su Resurrección.

Jesús en su cuerpo resucitado asciende a los Cielos. Es otra fiesta que antes llamaban como tres jueves en el año que relucen más que el sol: Corpus Christi, jueves Santo y el jueves de Ascensión. Pero en cambio ella no asciende al Cielo una vez muerta por fuerza suya, sino que es asumida por Cristo que está en el Cielo y se la lleva sin esperar esa resurrección prometida por Dios a todos nosotros: es la Asunción de María a los Cielos. Cuando murió, la enterraron en Éfeso, y dieron la noticia; el apóstol Juan , que vivía con ella, envió emisarios y a los apóstoles. Vinieron de todas partes para poder estar junto a Juan y junto a la tumba de María. Cuando llegaron y quisieron ver a María por última vez, abierta la tumba, María ya no estaba. Asumida a los Cielos en cuerpo y alma, resucitada porque bien se lo merecía.

Pero eso no es más que una prenda, un anticipo, un anuncio de lo que nos pasará a nosotros por puro amor de Dios, por un don gratuito de Dios hacia nosotros que nos ama como hijos suyos, por la sangre de Cristo, que nos resucitará también y también iremos al Cielo. Nosotros somos unos seres que no somos dioses, antes de ser engendrados no existíamos en ninguna parte, y si nuestros padres no se hubieran conocido , nosotros no habríamos nacido, claro, nuestro padre se habría casado con otra persona, tendría otros hijos, nuestra madre se habría casado con otro hombre, tendría otros hijos, nosotros nunca jamás hubiéramos nacido.

No somos dioses necesarios, nosotros somos unos seres que no éramos, que podíamos no haber sido, y que de nosotros está acabarse todo lo que es contingente. Es decir, todo lo que no es Dios, todo tiene un principio, tiene un fin, y aunque nosotros tengamos un alma especial, que eso quiere decir que, así como nuestro cuerpo material se puede hacer pedazos, se puede hacer polvo, nuestra alma al ser espiritual es simple, no se puede partir en pedazos. Si Dios la dejara, en un instante se aniquilaría, se volvería a la nada. Ni el alma ni cuerpo, ni todo yo globalmente tengo de mí la fuerza de seguir siendo; como Dios me deje, yo desaparezco, me aniquilo, vuelvo a la nada. Es un regalo de Dios que Él me haya hecho existir y que me prometa que me va a resucitar, es un regalo de su amor.

Hay muchas personas que, porque existen en medio de este mundo y ven el sol y respiran, se les sube un poco a la cabeza esto de existir, se emborrachan, se creen que son como un dios y entonces dicen: ¡oh, la muerte!, la muerte es un enigma, es algo que no entiendo, es un misterio. Pero ¿de qué?, la muerte es lo más natural, yo que soy un ser, soy una criatura que no existía y que ahora existo, lo mío, lo propio mío es envejecer y morirme, es decir, la muerte no es ningún enigma, es lo más natural, lo más lógico. El enigma, el misterio, lo sorprendente es que exista cuando podía no haber existido; cualquier cosita que hubiera impedido que mis padres se conocieran,  yo ya no existiría nunca más. Y sin embargo me ha tocado la suerte maravillosa de existir en medio de este universo, de gozar de la belleza del mundo, de conocer a las personas de tener amigos, de sentirme acompañado. Lo que es todavía más maravilloso es que ese Dios se revela y me dice que me ama, que me hace su hijo en Cristo, con Cristo y por Cristo, y que me va a resucitar ¡esto sí que es un enigma, esto sí que es un misterio maravilloso, esto sí que es algo sentimental! Pero morirme es lo más natural no es ninguna cosa rara, es lo más propio de uno.

De manera que ¡tranquilos!, la muerte es lo más propio. Hemos de vivir con la alegría de que lo sorprendente es que existimos. Esto es sorprendente, y más, que Dios- Él que es Padre entrañable, lleno de amor- me promete que me resucitará para estar permanentemente en su Casa. Esto es maravilloso.

Así, en esta festividad de María gocémonos de pensar que existimos y que por amor de Dios vamos a existir siempre con Él.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Viernes 15 de Agosto de 1986 en el Santuario de Montserrate de Formoles, Teruel

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

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