En la intimidad de esta ermita, acompañados de buenos amigos, vecinos, algunas personas familiares, estamos celebrando la Eucaristía en memoria de Casimiro. Esta mañana nos dieron la noticia que había muerto en un accidente de tráfico. Hemos comentado mucho entre nosotros el hecho de que la muerte como idea o como concepto sea algo real. La muerte solamente es real cuando se encarna, la viven personas concretas. No es algo que tenga una entidad en sí, independiente, o que sea una idea del ser divino, un concepto en la muerte de los hombres. Para que sea real tiene que ser en cada uno de nosotros porque es nuestro límite. Es algo que nos pertenece, es lo mío. Lo mío es morir, es envejecer. Y es un verdadero riesgo a lo largo de la vida el de morir en cualquier momento, ya de una enfermedad imprevista, ya en un accidente aún menos previsto.
Ha muerto alguien, la muerte sola no existe. Ha muerto Casimiro, esa persona concreta, con nombres, con apellidos, con padres, con hermanos, con amigos, con hermanos del prebiterio de Barcelona, una persona real de carne y hueso, con sus sufrimientos a cuestas de enfermedades graves, con sus preocupaciones apostólicas intensas, cuyas enfermedades no son barrera para él dedicarse con todas sus fuerzas y más a estas áreas apostólicas que él abrazaba por obediencia y por vocación.
Quien sabe si sus enfermedades u otras, si esta carga que le producía profundo cansancio físico -que no espiritual-, de sus apostolados que tenía muchos, tan exigentes, tan urgentes, tan sin pausa, han podido contribuir a que ocurriera este accidente. No ha muerto de viejo, no ha muerto siquiera de su enfermedad, ha muerto de algo imprevisto, pues un accidente es también algo nuestro. Los accidentes son míos – se puede decir -, son nuestros, del ser humano. Éste es el hecho.
Podemos hacer ahora un poco de memoria de Casimiro, cómo se despertó en él la vocación sacerdotal , cómo se acercó a nosotros, cómo perseveró en la vocación hasta que la vio culminada venciendo muchos obstáculos porque él no tenía estudios y tuvo que hacer muchos previamente, pero no desmayó y consiguió aquel deseo suyo tan hondo y tan perseverante: ser sacerdote. Luego lo fue sumisamente donde le enviaron, nunca puso dificultades, nunca dijo que no, se dejo llevar. No fue fácil en los sitios donde le mandaron, nada fácil – tampoco es el momento de pensar por qué -, fueron a veces duros para él. Tampoco buscaba consuelo fácil o se lamentaba o pedía ayuda extraordinaria, no, llevaba su cruz a cuestas él sólo, con energía, con valentía, sin desfallecer, era su cruz.
¡Quien sabe lo que hubiera pasado en adelante! ¿Se habría reproducido su grave enfermedad? ¿habría muerto después de meses de calvario horroroso? No sabemos. El hecho es éste, es irreversible, Dios sabe. Lo que sí sabemos todos es que ya está en el Cielo.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Martes 19 de Agosto de 1986 en la Ermita de la Punta de la Mona, La Herradura, Granada
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra