Es hermoso el final de esta lectura. Jesús, después de dar esta lección a las ambiciones que tenían sus apóstoles pensando en un rey, en un reinado muy temporal, pone un niño en medio de todos. ¿Qué les dice?: “Quien acoge a este niño, a mí me acoge.” Es decir, pone como signo suyo en equivalente a un niño. Eso quiere decir que Jesús se hace niño y precisamente por eso Jesús no tiene ambición de ser un rey temporal.
En otro pasaje del evangelio dirá: “Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos.” Él, que está en el centro del Reino de los Cielos que nos ha venido a traer, nos da ejemplo de hacerse niño. Por eso un niño puede ser un signo de Jesús. “Quien acoge a este niño, a mí me acoge.”
Pero no acaba aquí la cosa. Jesús sigue diciendo: y quien me acoge a mí, no me acoge a mí solamente, acoge a Dios Padre. O sea, que el Dios Padre es también el otro miembro de esta cadena de igualdades. Jesús se ha hecho niño, por eso un niño representa, y Jesús a su vez representa a Dios Padre, porque Dios Padre también es niño.
Estamos acostumbrados a que nos presenten a Dios Padre de una manera antropomórfica, es decir, con rasgos muy humanos. Con eso de que es eterno, nos lo ponen como un anciano con unas luengas barbas blancas. Lo que pasa es que ese Dios eterno es también eternamente niño, eternamente nuevo, eternamente con la eternidad por delante, como tienen los niños la vida por delante. Mirando hacia atrás, podemos pensar que es ancianísimo. Mirando hacia delante, siempre es niño. En cambio nosotros, qué conceptos tan equivocados tenemos al ver a Dios con esta idea de madurez justiciera, majestuosa, tremenda. ¡En vez de verle juguetón, saltarín, alegre, prometedor, soñador de futuros, como son los niños! Queremos imitar a Dios en lo que nosotros vemos de Él de poderío, que lo abarca todo – y nosotros somos ambiciosos también, lo queremos abarcar todo -, como una persona vieja que lo sabe todo (nosotros queremos saberlo todo), como alguien que está informado de todo, que camina siempre detrás de toda información en vez de jugar. Nosotros queremos estar ahítos de la información que nos viene por la televisión, por los “mass media”, por la lectura de periódicos, por la noticia del último libro, preguntando e inquiriendo todo, no nos queda tiempo para reír, para estar en fiesta, para jugar, que es lo que quieren los niños.
Sepamos descubrir a ese Dios niño que tiene la eternidad por delante. Nos lo dice claramente Jesús: nos hemos de hacer como niños. Podíamos decir como Nicodemo que fue a ver a Jesús y le preguntó: ¿dices que hay que nacer de nuevo, qué tengo que hacer, volver al vientre de mi madre y nacer de nuevo? No, no es eso. Nosotros podíamos decir a Jesús: ¿qué hemos de hacer para ser niños, tomar pastillas, medicinas para no crecer, seguir vistiendo con pantaloncito corto y con un lacito como los niños? No, no es eso; se puede ser crecido, se pueden tener muchos años y tener el alma, el corazón, los sentimientos, la alegría de los niños.
Pues para ser como debemos ser, nos sea un estímulo saber que Cristo lo es. Hasta Dios Padre es también quien nos ha de dar ejemplo de esta infancia, porque más que decir las cosas, las sepamos expresar por todos los poros de nuestro ser.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de Febrero de 1987 en Madrid
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra