Hoy ha coincidido, este sábado, la misa en la parroquia de Belén en Barcelona [donde todos los días 1 de cada mes, la Casa celebra misa, presidiendo Joe], por ser día 1, y coincide por ser sábado este día uno, esta misa también en la universidad. De manera que unos han ido a Belén, y otros habéis venido aquí; quizás alguno haya ido a los dos sitios. Es hermoso; eso es como en un piano que se toca una melodía y queda un acorde. Pues hoy, con esta coincidencia de José y de María [la misa de Belén, en honor de san José; la de la Universidad tiene por patrona a María Inmaculada], como que han ido haciendo el concierto ¡clon!, en este final de año litúrgico -el domingo empieza Adviento- están juntos, y se han entrecruzado durante el año esas misas de san José y ésas en honor de la Inmaculada aquí, para terminar juntas en este sábado que coinciden las dos fechas antes de empezar el nuevo año litúrgico el día próximo.

 

Estamos pues ahora, no en la celebración de san José en Belén, que ha tenido lugar a las doce, sino en la de María. Y nos pone el Evangelio, así, por causalidad también, porque estamos leyendo este Evangelio, de lo que toca, de la viuda. Esta viuda que no le hacían justicia, y que reclama justicia de este juez inicuo que no le quiere hacer justicia, pero tanto le clama la viuda, para que le deje en paz y que no le dé una bofetada en plena calle para irrisión de la gente de ver cómo un hombre es abofeteado por una mujer. Y claro, él no hubiera podido chillar porque sabía que la mujer tenía razón. Y le hace justicia. La consecuencia, es decir: y Dios, que es un Juez bueno, ¡cómo no va a hacer justicia si le clamáis, si le pedís!

 

Pero bueno, estamos pensando en María en este sábado último; María que fue soltera, que fue casada, que fue viuda, y que fue más que viuda porque su hijo murió, o sea, más allá de la viudez: en total solitud, María. Por eso es patrona de las vírgenes, de las solteras, de las casadas y de las viudas. Pero hay que descubrir en María todavía ese más allá, el ser patrona también de aquellas mujeres que han quedado solas como ella, sin José, sin Jesús, realmente con una tremenda solitud, a las que las mujeres que se consagran como María, a un servicio total de seguimiento de Cristo, pues viven toda su vida en ese estado de solitud. Bien, la recordamos hoy de una manera muy especial al final de este año litúrgico; se termina el año litúrgico antes de empezar con la alborada y la esperanza de la Navidad; se termina con esa tremenda solitud de María. Como esta viuda, que clama le hagan justicia.

 

El domingo, como sabéis, fue fiesta de Cristo Rey, Rey en los Cielos, pero María se quedó aquí, en este mundo, en ese estado de solitud; acompañada, cómo no, de Juan Evangelista, como un hijo amantísimo que la retuvo con ella hasta su muerte; acompañada del cariño, de la devoción de los apóstoles. Pero después de haber perdido a José y de haber perdido a Jesús, ¡qué cosa podía llenar este vacío! Nada. Era un consuelo, ciertamente, era un sostenerla en su fortaleza, esta presencia del discípulo más amado de Jesús, de los apóstoles, que acudieron todos devotos cuando ella murió. Sí, era un consuelo, pero no podía llenar este vacío inmenso de estar sola en este mundo sin José y sin Jesús.

 

Nosotros, a este clamor de María, a ese clamor de tantas mujeres que están en estas condiciones en el mundo de solitud, unas porque han llegado a ella, otras porque se han consagrado desde el principio a esta solitud; ese clamor, entonces, de pedir justicia, para el mundo, no tanto para ellas, ¡para el mundo!; para todos los que sufren, todos los marginados, ella que en esta solitud es Reina y Patrona de los marginados, y que todas las mujeres que se unan a María en esa solitud son patronas y reinas de los marginados; claman, claro que sí, insistentemente. ¡Qué duda cabe que este clamor de las mujeres, por perseverante llegará a doblegar a las autoridades de este mundo para atenderlas! Un ejemplo maravilloso es la madre de Calcuta; ella en su pequeñez, incluso física porque es pequeñita, esa mujer que ha hecho de su vida una llama encendida de solitud en este mundo, y, sin embargo, precisamente por esto, se ha constituido en esa pobre viuda y solitaria sin hijos, como María, clamando por la justicia, perseverante: todos aquellos moribundos de la calle, en la calle en aquellas ciudades gigantes de la India. Y ha conseguido. Incluso le han dado el premio Nobel de la Paz. Ha conseguido muchas cosas; la han recibido los reyes, los reyes de España, por ejemplo, y de tantas otras partes. Ha conseguido hacerse oír, ha conseguido muchos actos de justicia para los marginados.

 

Pues bien, en este sábado que, como os digo, en un acorde hermoso han coincidido la misa de san José y la misa de María, este final de año -no ocurre todos los años así, pero este sí-, gocémonos de este acorde. Meditemos este Evangelio. Que María, Reina de todas las mujeres, sea cual sea su condición, todas han de sentirse como María, estas viudas que claman justicia para el mundo a los poderosos. ¡Qué papel el de las mujeres, qué papel el de las Claraeulalias en este clamar, de una manera u otra, siempre, perseverantemente, hasta que oigan y hagan justicia! ¡Qué hermoso sería que las mujeres del mundo, que saben lo que es un hijo -porque ellas son casa, eso lo saben, ténganlo o no lo tengan, saben lo que vale un hijo- se levantaran ahora en un clamor mundial para pedir la paz en vez de la guerra que puede venir! Por lo menos, vosotras que estáis aquí, las Claraeulalias, pedid por la paz, ¡pedid por la paz! ¡Que el Espíritu Santo toque el corazón de esos hombres gobernantes! ¡Que pidan la paz! Pedid sin cejar esta paz tan enrevesada hoy, para que en estas conversaciones que parece que va a haber como un último intento de ir el ministro de Asuntos Exteriores americano, ir a Bagdad, mientras el ministro de Asuntos Exteriores de Bagdad va a hablar en Washington. ¡Que el Espíritu Santo les toque el corazón, porque un sólo soldado vale más que todo el petróleo del mundo! Vosotras pedid al Espíritu Santo.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 1 de diciembre de 1990 en la Universidad

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