A continuación de esta parábola los discípulos le preguntan a Jesús qué quiere decir. Y se la explica más detalladamente. En la homilía de hoy con este Evangelio, tendrían que intentar también entenderla más detalladamente. Y hay matices estupendos que realmente hacen pensar mucho.
Dice: Si uno escucha la palabra de Dios sin entenderla. Escuchar la palabra de Dios como quien oye a una persona que habla chino, habla francés, uno escucha, pero no entiende nada. Ésta es como la que se siembra en piedra de camino; viene el maligno y roba lo sembrado. Roba lo sembrado…, también es curioso esto, como si el maligno, el mal en general es un ladrón que roba lo bueno que tenemos, pero que como no lo entendemos, no lo tenemos guardado, no lo tenemos defendido, no tenemos ninguna reacción cuando vienen y se lo llevan, porque no le damos valor, porque no lo entendemos…, claro, viene el maligno y se lo lleva, porque se da cuenta de que es un tesoro, él sí se da cuenta; y no le interesa que lo lleguemos entender, que a fuerza de tenerlo, un día cayéramos en la cuenta de que es un tesoro. Se lo lleva enseguida. Pero ser piedra de camino significa que uno escucha, pero no entiende. Llueve sobre la piedra del camino y se moja, pero no la absorbe, no entiende. No entender.
Entonces ya vamos a ver el siguiente paso. Dice: El sembrado en terreno pedregoso… Que es terreno que, aunque son piedras, entre piedra y piedra hay resquicios en que el agua sí, puede pasar un poco hacia abajo, puede echar una raicilla… significa que la escucha. En los primeros también la escuchaban y no entendían, y como no entendían, pues ya está. Ésta la escuchan y la aceptan; son matices: la aceptan enseguida con alegría. Se puede aceptar una cosa con alegría sencillamente porque es una novedad; hay gente que siempre quieren estar distraídos con novedades, y se enteran de tantas cosas, leen revistas, ven noticiarios. Les divierte, les llena la vida, matan el tiempo con novedades. Luego, también según quien las dice. O sea, hay gente que ponen la televisión para ver a un político, no tanto por lo que dice, que no lo entienden porque son cosas de economía profunda o.…; pero el tipo que sale por la tele tiene imagen, tiene “sex-appeal”, por ejemplo, lo que decían de Suárez para tantas mujeres. Y lo aceptan sin saber qué dice. En este caso, no sólo lo escuchan, sino que lo aceptan porque les divierte todo lo nuevo, todo lo exótico, todo lo raro, lo sorprendente, o por la imagen de quien lo dice. Pero en esa tierra pedregosa es difícil echar raíces -lo dice aquí-, no tiene raíces, es inconstante, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumben. Claro, esas personas que son tan frívolas, eso lo aceptan por divertimento, pero a la primera dificultad, ¡nada!, no tiene raíces la cosa; y sucumben a la palabra.
Lo sembrado entre zarzas significa que el que escucha la palabra. Y se supone que la acepta, la acepta con alegría, e incluso la comprende. Comprenderla es echar raíces. No basta aceptar, hay que entender lo que nos dice tal discurso, lo que nos dice tal personaje…, hay que entenderlo. Y entenderlo es lo que hace echar raíces. Pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas de todo tipo: riquezas intelectuales, riquezas de afecto, riquezas de alabanzas, riquezas de muchos asuntos importantes… Hay muchos tipos de riqueza. La ahogan y se queda estéril. O sea que ya dio raíces y tallos, y ramas y hojas y flores, pero se queda estéril, no da fruto. Bueno, realmente aquí, creo que los que somos cristianos, los que practicamos, que incluso somos ministros de Cristo, éste es nuestro gran retrato, nuestro gran espejo. Oímos la palabra, la escuchamos, la aceptamos con alegría, y la tratamos de entender; hemos estudiado tanta teología, tanta exégesis, hemos leído tantos libros de meditación, hemos hecho meditaciones. Ha echado raíces, ha crecido, da ramas, y hojas y flores; y, sin embargo, ¡qué poco fruto damos para el Reino de Dios! ¡Cuántas flores nuestras, cuántas ramas nuestras quedan así, sin fruto, estériles! ¡Qué tremendo! ¿Por qué? Porque queda sofocada la jugosidad de la planta, la exuberancia de una planta que está al sol maravillosamente sin hierbas que se coman la nutrición de la tierra. Está sofocada por tantas preocupaciones alienas, ajenas totalmente, preocupaciones de mundo, de mundo viejo, de hombre viejo. Estamos preocupados por tantos problemas que nos rodean: políticos, sociales, económicos. Y creemos -y ahí está nuestro error de buena fe- que haciéndonos nosotros líderes o dirigentes de esos problemas mundanos, servimos a la causa de Dios. ¿Qué ocurre? Que todas estas preocupaciones, que no son malas, porque puede haber muchas hierbas y muchos árboles alrededor de este arbusto de la semilla de la palabra de Dios, pero no son malos, son criaturas que están ahí, vegetales buenos que pueden dar otros frutos, que pueden dar otras sombras; que no son malos. Pero sofocan esa plantita fuerte pero delicada, frondosa, pero como un árbol de mostaza, que no es ningún árbol grande; y sin embargo es aquél que da el fruto salvífico. El otro día lo decía el cardenal cuando le vi justo antes de salir. Decía: Asistimos al fracaso rotundo de todos aquellos curas que han creído que dedicándose a lo social, a lo político, a lo económico, harían un bien a la gente; han fracasado, y la gente además ser ríen de ellos; porque nuestra tarea es otra, es hacer fructificar la semilla de Dios, que es inundar los corazones de auténtica caridad, y así la gente, si aman, ya encontrarán todas las soluciones políticas, económicas, sociales y de todo tipo: técnicas, científicas, industriales, agrícolas; ya las encontrarán si les hemos hecho rebosar su corazón de caridad; ¡ésta es nuestra tarea, éste es nuestro papel! Si no, quedamos sofocados por tantas preocupaciones, que son, no malas, pero son del mundo, no son las nuestras.
Y, por último, lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra de Dios, la acepta con alegría y la entiende -dice aquí-, y la libra de esa sofocación. Claro, por eso es tierra buena, sin hierbajos, sin otra clase de árboles ni arbustos, ni hierbas. Si la escucha, la acepta, la entiende, y la deja libre de todas estas cosas que sofocan… Dará fruto, y producirá el ciento, o el sesenta, o el treinta. Mira, eso ya depende un poco de la clase de tierra que seamos. Pero Dios la da por buena, porque si damos el treinta, Él pondrá el setenta restante; si damos el sesenta, pondrá el cuarenta; si damos el noventa, Él pondrá el diez; pero no quedaremos estériles, que éste es el problema.
Pues bien pidamos en esta Eucaristía de esta mañana que nos haga escuchar, aceptar con alegría, entender, y ser tierra buena.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 23 de Julio de 1987 en Pisuerga, Madrid