En este relato del Evangelio de la Resurrección escrito por san Marcos hay muchos matices que son interesantes. Resucitado al amanecer del primer día de la semana. Justo para que se pudiera decir que resucitaba al tercer día: el viernes había muerto, el sábado, el domingo, en el amanecer del domingo, del primer día de la semana entonces.

Esta palabra de al amanecer, es como si tuviera prisa de hacerlo, estuviera ansioso de que esto tuviera lugar para empezar toda esa época pascual que perdura a lo largo de toda la iglesia, ¡al amanecer!

 

Ciertamente cuando nosotros por la mañana, después de un sueño profundo nos despertamos, un nuevo día, es como un volver a empezar a vivir, un recuperar esa vida que teníamos el día anterior pero que había quedado como olvidada, profundamente dormida. Es un renacer, y queda mucho trabajo por delante para ajardinar el mundo para bien de todos. Tenemos que tener también nosotros ansias de levantarnos al amanecer, con prisa, con gusto de aprovechar todas las horas de luz para trabajar por el Reino de Dios, ¡al amanecer!

 

¡Qué desgana es, qué decaimiento, que manifestación de espíritu aburrido sin saber qué hacer ni para bien de los otros ni para bien de uno, no tener prisa en el amanecer, en levantarse para aprovechar el día! Bien, pues que Jesús resucitando al amanecer nos dé estas ganas, esta fuerza también de volver a empezar a vivir cada día, como la mejor manera también un día de resucitar con Él.

 

Y el primer día de la semana también, no espera al segundo, al tercero o al cuarto, no: el primer día de la semana.

 

Se aparece primero a María Magdalena. Todos los que estáis aquí o casi todos conocéis el libro mío de las 22 Historias; la historia número 1, la 2, la 3, pero hay una que es la cero, que es en la que explico yo también mi sorpresa de existir; es la cero porque no entra en las historias que pregunto, porque ésta no la pregunto, ésta me la sé. Pues aquí también cuando dice que se aparece primero a Magdalena y luego a los de Emaús, y luego a los once, etc., una serie de historias, pero aquí falta la cero, la que no hace falta decir porque ya nos la sabemos también: ¡cómo no iba a aparecerse a María!, ¡lo primero! Pero ¡es tan obvio! Y son muchos los santos padres que en sus comentarios dicen esto, que la primera sería María, la más digna de recibir esta buena noticia que ella, en su fe, tenía porque tenía una absoluta firmeza, que, en su esperanza, en su Claraesperanza, ella era la única que mantuvo en ese sábado santo una luz encendida de fe y de esperanza. Aunque no la cuente nadie, esa historia cero de la aparición de Jesús a María, la podemos imaginar, la podemos vivir.

 

Y luego a Magdalena, las dos que estaban al pie de la cruz. María, Inmaculada por la inocencia; Magdalena, inmaculada por la penitencia. Se aparece a ella, de la que había echado siete demonios. Y ella, una mujer, fue a anunciárselo a sus compañeros que estaban tristes y llorando. Aquí hay varias cosas hermosas. Primero cómo Jesús nombra, hace, da la misión de apóstoles de su Resurrección a las mujeres, a Magdalena y a las otras mujeres: Id y contad a los discípulos… ¡Qué gran papel el de la mujer! Si los hombres eran apóstoles de aquel Reino de Dios que Él instauraba aquí en medio de este mundo en su primera fase, las mujeres no son menos; son apóstoles nada menos que de esa plenísima y rotunda y definitiva buena nueva de la resurrección de Cristo. ¡Qué honradas tenéis que sentiros las mujeres por haber sido escogidas para tan alto ministerio del apostolado de la Resurrección! Pero como era mujer y en aquellos tiempos nadie prestaba oídos a lo que podía afirmar una mujer… Una mujer nunca podía ser testigo en los tribunales, la palabra de la mujer no era para ser tenida en cuenta, no tenía ninguna dignidad de fe, y claro, tampoco la creen en este momento a Magdalena; tampoco.

 

Aquí hay otro matiz: Ella obedeciendo, fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban tristes y llorando. ¡Qué hermoso es este matiz de que el evangelista llama a los apóstoles los compañeros de Magdalena!, cómo ahí las apóstolas tienen un rango tan alto con los apóstoles, que no les llama sus maestros, o sus pastores; son sus compañeros, han quedado aquí elevadas a un mismo nivel. A sus compañeros. ¡Y qué hermoso es saber que estaban los compañeros realmente en esos momentos, tristes, y no sólo tristes, y llorando!: un Pedro, aquel Simón, aquellos apóstoles de pelo en pecho, pescadores rudos, y llorando todo lo que había pasado ¿Seguiría llorando Pedro al recordar que le había negado tres veces, como le había predicho el Maestro? ¡Qué hermoso es verlos llorar!

 

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron. Era imposible que creyeran a una mujer -histéricas, dirían-. Después se apareció en figura a otros dos de ellos. Lo sabemos por otro Evangelio, los discípulos de Emaús. Y por último se apareció Jesús a los once cuando estaban a la mesa. También eso es muy humano, ver cómo la tristeza y el llorar, si eran sinceros, pues eso no anulaba realmente el instinto de supervivencia y el apetito de comer, el hambre de comer, a pesar de la situación en que se encontraban las buenas mujeres que habría con ellos allá, que eran del grupo de las piadosas mujeres que seguían a Cristo; pues les prepararían algo de comer, y en medio de la tristeza ellos se sentaron a la mesa a comer, y se comieron el pescado, porque cuando llegó Jesús quedaba nada más un resto. ¡Qué humano es también ver esta escena, verlos así, comiendo!

 

Y se aparece, y Jesús les echa en cara su incredulidad. Recordamos otro evangelio en que Tomás, que no está en este momento, cuando se lo cuentan ellos, dice él que no, que, si él no le ve, no mete sus dedos en sus llagas, él no cree; no se cree a los demás apóstoles. Y decimos: parece mentira, Tomás, ¡qué incrédulo Tomás! Bueno, pues ellos hacen igual, tampoco ellos han creído ni a la Magdalena ni a las otras mujeres cuando, en una segunda oleada de noticias les llega; no lo creen, también son ellos como Tomás, todos incrédulos, si no le ven y le palpan, no lo creen. ¿Y nosotros? Ojalá que no seamos en esto como Tomás, como los apóstoles, sino que con el testimonio de todos ellos y con la íntima vivencia de Cristo en medio de nosotros a lo largo de la historia, con tantas señales y milagros, y signos y santidades heroicas que nos lo certifican, nosotros sí lo creamos firmemente, porque nos lo dicen los apóstoles, nos lo dicen tantos, y nos lo dice nuestro propio corazón; como aquellos discípulos de Emaús que al oírle hablando y explicándoles las Escrituras se les iba abriendo el entendimiento; como los apóstoles allí en el lago de Genesaret que veíamos ayer, que al oír aquella voz y al ver aquella pesca milagrosa: Es el Señor. Tenemos nosotros tantas experiencias de pescas milagrosas, de providencias que, cómo no vamos a decir: ¡es el Señor, es el Señor! Entonces, si tenemos fe…

 

Recordáis aquello que dicen también: porque dudaban camino de Emaús, no veían a Cristo; Cristo se les escondía porque dudaban. Parece que cuando la gente duda es cuando habría que mostrárselo claro. Pues no, en la vida sobrenatural cuando la gente duda es cuando no ven; cuando tienen fe, se les descorren los velos y entonces lo ven claro.

Pues que tengamos fe, que lo veamos claro, y así podamos ir por el mundo entero a predicar la buena nueva de Jesús muerto y resucitado.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 5 de Abril de 1986 en la universidad

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