Lo que nos cuenta san Marcos en este Evangelio del jueves de la cuarta semana, es una primera salida misional de los apóstoles. Los hace salir de dos en dos. Todavía no están maduros para salir cada uno en una dirección para predicar el Evangelio de Cristo. Después de Pentecostés, sabemos que Pedro va hacia un sitio, Tomás hacia la India, Santiago hacia España…, se desparraman, uno a uno, con sus discípulos. Pero en esta primera salida que les manda –luego habrá otra intermedia-, van de dos en dos para que se ayuden mutuamente. Y les da ya poder de sacar los demonios de la gente: el orgullo, la soberbia, el egoísmo, la frivolidad, la vanidad, etc. Les encarga que llevasen por el camino un bastón, y nada más. Sin embargo, este bastón es un bastón no sólo para apoyarse, es un bastón de pastor. Él, que es al Buen Pastor, los envía como pastores, para que en este báculo reconozcan que son portadores de la Buena Nueva. Y luego, que confíen en la providencia: ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja. Que llevasen sandalias, porque, claro, tenían que caminar mucho, y entonces, quizá, sin sandalias se hubieran hecho daño en los pies. Pero no una túnica de repuesto. Esto nos suena ahora un poco raro, porque la gente viaja por lo menos con un par de cosas que se llaman de quita y pon –buen ejemplo nos da de ello Calimeri (sacerdote norteamericano amigo) de ir con poca cosa. Yo esta tarde he estado haciendo una lista…de quita y pon para llevar el bagaje más ligero, porque realmente es engorrosísimo viajar con mucho equipaje con tantos cambios de aviones, con tantas paradas, con tantas bajadas y subidas, y tanto, también, desde el nivel del mar a las alturas, y vuelta a bajar y vuelta a subir.
Entre los árabes –contaban el otro día-, el árabe del desierto…, no lleva más que una túnica, y llega, desde luego, a los ríos, a los oasis y entonces se lavan muy bien –son muy limpios los árabes-. Primero se desnudan y con jabón enjabonan toda su túnica, y ya está. Luego se bañan, y mientras ellos se están bañando, la túnica ya se ha secado, de manera que cuando salen del agua la túnica ya está seca, y ellos se secan en cinco minutos con aquel sol y aquel calor. Y lo que más les cuesta, eso sí, es lavar –cosa que hacen también- con mucho cuidado y con mucho jabón, para que esté bien limpio, los siete metros de tela que constituyen su turbante, lo cual nos parece a nosotros una exageración, y no: es lo que les defiende de una insolación de aquel sol tan grande que hay en el desierto para no coger una enfermedad del sol en la cabeza, y mira por donde, ellos han sabido muy bien hacer un turbante de siete metros de tela. Ésa también la lavan, y luego se la vuelven a poner. Luego no es tan raro llevar una túnica nada más, como hacen mucha gente sencilla de este mundo semítico.
Y añadió: Quedaos en la casa donde entréis hasta que os vayáis de aquel sitio. Si en un lugar no os reciben ni os escuchan, marchaos, sacudíos el polvo de los pies para probar su culpa.
Yo voy ahora por América, y ¿a qué voy? Pues a predicar la palabra de Dios. Pero voy a preparar los caminos, y donde pueda también, donde encuentre tierra buena: la palabra de Dios. Si escuchan este realismo existencial que es prepararles tierra buena, pues bien; si no, pues allá ellos. Es lo que he hecho yo ayer en la universidad de Madrid en una hora de conferencia, les mostré el realismo existencial; quedaban muy sorprendidos. Alguno ya se lo ha olvidado, como aquellas semillas que caen en tierra de camino, que se la comen los pájaros. Otros habrán dicho que qué interesante, pero tierra pedregosa que enseguida se seca. Otros habrán dicho que eso es muy importante, pero sofocados por tantas cosas que tienen en la cabeza en esta vida tan agitada –que el que viene de China dice: pero cómo es posible, están locos esta gente-. Y otros, algunos, pues serán tierra buena. O sea que les ayudará a ser tierra buena. Bien, pues esto es lo que hay que hacer; si no escuchan, pues allá ellos, sacudir el polvo de los pies y buscar otros lugares.
Ellos salieron con gran ánimo a predicar la conversión, echaban muchos demonios, convertían a mucha gente de sus egoísmos, de sus soberbias, y ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Pues bien, pidamos en este día en que yo me salvé [probablemente se refiere a su salvación de una situación difícil en plena guerra Civil española, cerca de Olot] y pude así empezar una vida nueva, pidamos hoy que también este viaje a América sea fecundo para poder sembrar, hacer tierra buena de la gente y sembrar la semilla de Dios.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 7 de Febrero de 1991