Esta parábola es muy bonita, como veis. Jesús les pone entre la espada y la pared. Les dice: ¿Qué queréis?, criticabais a Juan tan austero, y vengo yo, estoy como una persona más, comiendo y bebiendo, lo normal, con los publicanos, los pecadores, porque no son los sanos los que necesitan médicos, sino los enfermos, los que son pecadores a los que tengo que ir a rescatar; y me llamáis borracho y comilón. ¿Qué queréis entonces?

La parábola queda muy clara. Pero esta frase última – «los hechos dan la razón a la sabiduría de Dios» -, querría yo comentarla muy brevemente, porque ya me he extendido mucho en la primera parte y hemos tardado en empezar la Eucaristía esperando a Agustín, pero Agustín, pobre, ¡tantas cosas tiene! Le va a coger un infarto como no se cuide. No se ha podido quedar.

Bien. Pues brevemente, mirad una cosa. No es contradictorio saber una cosa por la razón, y además creerla por la fe. No es contradictorio. Esto hace mención un poco a la sabiduría de Dios que dice aquí. Me explico.

Cualquiera de ustedes puede saber – lo sabe – que hay otra persona que es una buena amiga de ustedes. Lo sabe, nos conocemos hace tiempo, estamos muy contentas cuando nos encontramos, charlamos incluso por teléfono contándonos las cosas en momentos de dificultad o en que he pasado yo apuros, angustias, ha sido siempre solícita, ha estado siempre a mi lado. Claro que lo sé, es amiga mía, lo sé. Más incluso, no sólo lo sé, lo siento. Pues eso no es incompatible con que además yo crea en la amistad con esa otra persona por fe. Además de saberlo, tener el don de la fe en esa persona y en esa amistad. Me explicaré. Vamos a imaginar que dos de ustedes tienen por amiga a esa tercera persona, y cada una de esas dos de ustedes dice: esa señora es amiga mía, nos conocemos, etc. Lo mismo que he dicho antes, pero no sólo de una, sino de las dos. Las dos lo saben. Pero hay una que, además, tiene don de fe en esta amiga. Además de que lo sé, tengo fe. Tengo una fe ilimitada en ella, y por lo tanto una esperanza total en ella. Lo sé por fe.

Y a veces en las amistades, como todo en este mundo, puede haber un momento de enfado. La que sólo es amiga porque lo sabe, en un momento de enfado, teme que esa amistad se pueda romper. La otra, a pesar de esto, dirá que eso pasa, porque tiene fe. Y esa amiga, por encima incluso de lo que se disgusten en ese momento, tiene fe.

La amistad que tendrá ésta y la otra con esa tercera, son distintas. Una sabe que es amiga. La otra también lo sabe, pero además tiene fe en esta amistad. ¡Ah! eso es muy distinto. Porque ese don de la fe – en este caso para esa amistad – es algo que ilumina eso que uno ya sabe. Ella ya sabe que es amiga suya, ya lo sabe. Pero con esa fe que tiene, esa amistad queda como esa habitación, que ya sabe que está, pero si enciende la luz todo queda más iluminado, más bonito. Con el don de la fe esa amistad queda más iluminada, queda más bonita, queda robustecida, se pone por encima de todo lo que pueda pasar de disgustos o de lo que sea. Se ahonda.

Y como en el fondo todo es misterio, porque uno mismo es misterio para uno, y la amistad con otra persona también es misterio; la fe, que también es misterio, nos ilumina lo que hace de misterio en esa amistad humana. De manera que, si somos amigos no sólo porque lo sabemos, sino porque hay una fe mutua, porque es un don de la fe producto de esa vida cristiana que recibimos en los sacramentos, la gracia y la fe, y la fe entonces ilumina todo, no sólo las verdades que sin fe no sabríamos, que Dios es Uno y Trino. La fe ilumina nos sólo estas verdades reveladas, la fe ilumina incluso las cosas que sé por la razón; las transforma. Es fe transforma, ilumina y profundiza también en el misterio de esto mismo. Una amistad que además está iluminada por la fe, ¡oh!, adquiere una categoría, adquiere unas dimensiones, una belleza y una firmeza muy superiores a la amistad que sólo es porque se sabe, porque es mucho, es muchísimo, es todo. Pero la fe es un plus, es un regalo que sobre ese todo se añade, y hace que esa amistad sea entonces que llene totalmente, mucho más gratificante, mucho más fecunda en obras buenas para los demás. Saber las cosas no sólo con la razón sino con la fe, es lo que hace que nuestra razón se eleve a sabiduría de Dios.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 13 de Diciembre de 1985 en Barcelona

 

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