Recuerdo que hace dieciocho años esta iglesia tan grande, tan bonita y con este nombre tan hermoso de Jesús de Gracia – Gracia de Dios-, estaba llenísima para la Ordenación de éstos que veis presidiendo esta Eucaristía. Estaban todos los amigos, los familiares, los que eran un tímido y un principio de fruto de su apostolado todavía no ordenados. Hoy estáis vosotros que sois los más íntimos, los más cercanos que, en la intimidad, en el mismo lugar, habéis querido acompañarles en esta celebración para ellos tan significativa. ¡Gracias a Dios!
No cabrían en este Iglesia hoy todos aquellos que han sido ovejas de ellos, que ellos conocen su nombre y que las ovejas los conocen por su voz. No cabrían porque no son solamente de aquí, de los alrededores sino de muchas partes de América y quién sabe de dónde más. No cabrían, ¡qué alegría! Porque ciertamente con toda humildad, con toda simplicidad de corazón ellos saben que llevan una luz encendida que es la luz de Cristo, que la tienen que llevar por todos los rincones de este mundo. No la han ocultado cobardemente, no, no la han apagado, gracias a Dios y este resplandor de Cristo es el que hace que tengan ahora tantas personas que les quieren, tantas personas que les siguen, que quieran sentir su buena doctrina, y que quieren recibir de sus manos todas las gracias de los sacramentos.
Hoy también en el breviario precisamente, hay una lectura de Ezequiel que habla de los pastores, de cómo tienen que sacrificarse por las ovejas y no ahorrar ningún sacrificio para ir a buscar a las ovejas perdidas y alejadas. En la otra lectura, San Agustín, ya obispo cristiano de la Iglesia Católica, toma pie de estas palabras del profeta y saca muchas consecuencias de cómo tiene que ser un pastor, un obispo, que también es pastor. ¡Qué lección!, quizás haber leído en este momento estas palabras de San Agustín hubiera sido la mejor homilía y la más oportuna en estos momentos que recordamos la Ordenación de ellos.
Yo sólo quería recordar en este momento también a una persona que ahora está en el Cielo, que es doña María Corral. Cuando hablábamos con ella, al principio, de cómo tenían que ser las personas adultas que soñábamos formar, esta palabra de “adultas” se había hablado, no solamente que tenían que tener una edad, con una mayoría de edad que entonces era no de dieciocho años sino de veintiuno. Pero eso no tiene importancia, es decir, porque tiene que venir gente más mayor que no haya llegado todavía a una madurez, a una armonía, a un equilibrio de toda la osamenta del alma de la persona. Adultos que ya están bien hechos, que tienen una cultura en medio del mundo, que podrían trabajar y caminar por el mundo valiéndose por sí mismos con posibilidades de fundar una familia con madurez de todo tipo. Así, gente madura, que sientan esta llamada de Dios, que sean capaces de dejarlo todo para seguir a Cristo. Unos hombres que también han de llegar a tener una buena cultura teológica para fundamentar bien todo lo que hagan, todo lo que prediquen, todo lo que digan. No porque tengan una cultura humana y una buena cultura teológica han de ser vanidosos ni ambiciosos de nada, más que de servir al Señor, sencillos, honestos, alegres, que transmitan paz por donde vayan.
También, que tengan una especial dedicación a abrirse a todas partes – un espíritu misionero-, que no se queden encerrados dentro de sí mismos sino que sepan mirar todos los horizontes. También mirar ampliamente, dedicarse todo lo posible a lo más alejados, a los que son infieles, ateos, agnósticos, a las necesidades del espíritu, ¡tantas! También a aquellos que tienen necesidades del corazón y a los marginados.
Han pasado dieciocho años. Yo veo que son fieles también a otra faceta que decía doña María, ella tan artista. Han de tener un sentido, una sensibilidad grande para entender el arte y toda la belleza que hay en este mundo, en estas criaturas que Dios ha hecho, desde las estrellas hasta el último pez del fondo del mar; saber vibrar con la belleza, porque si no, no se es un hombre completo.
Recordamos a otra mujer que es Tante que estaba aquí aquel día, también está en el Cielo. Tante, ¡qué ejemplo nos ha dado a todos nosotros!, y a estos tres, los más antiguos, los primeros ordenados, los que la conocieron antes, los que han estado más años con ella desde que llegó hasta que ha muerto. Cuántos ejemplos de soledad y silencio, de todas las virtudes: de paciencia, de aceptación de todas las cosas que Dios envió, algunas bien dolorosas, aquella paz que tenía siempre, aquella fidelidad, aquella docilidad -que es mucho más que la obediencia-, aquellas iniciativas y aquel saber siempre estar en su lugar y decir la palabra justa, pocas palabras, las justas, las oportunas en cada momento, a cada persona y en cada situación del corazón de esta persona.
Han pasado dieciocho años ciertamente. Yo os digo que se han ordenado muchos presbíteros. Se ha sufrido mucho y ha habido muchas alegrías. Quiero subrayar que en la homilía que pronunció aquí el arzobispo de Barcelona que los ordenó entonces, por dos veces, dijo que tenían que ser hombres de paz y de alegría. Entonces quizá casi no escucharon esa frase, pero hoy al releer se han dado cuenta de que dos veces, no una, dos, dijo que tenían que ser hombres de paz y de alegría. ¡Qué maravilla que sepáis ser todo eso que soñaba María Corral, Tante y también lo que os decía el arzobispo: hombres de paz y de alegría pascual, llevando esta llama por todo el mundo!
Se han ordenado muchos y ha habido de todo, alegría, gozos… Todos y cada uno han pasado por estas cosas y han dado a los otros también preocupaciones y también momentos de gozo. Pero mirando el conjunto ahora y lo que se han extendido por África, por América, por Europa… Son fruto de aquellas ordenaciones todas las claraeulalias que incluso están en más lugares, más lejos, más misioneras y preocupándose todavía más por los marginados. Muchas veces el ser sacerdote tiene unos límites que impiden que se pueda hacer todo eso que uno desearía, porque por obediencia ha de dedicarse a lo que le dicen. Donde no llegan ellos, llegáis vosotras, claraeulalias, fruto también de esta Ordenación de hace dieciocho años.
Todos juntos digamos realmente ¡aleluya! sintiendo en nuestro corazón que estamos llenos de paz y alegría.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Lunes 25 de septiembre de 1989 en la Iglesia Parroquial de Jesús de Gracia de Barcelona
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra