El Evangelio que acaban de proclamar es el que corresponde a la liturgia del tiempo, o sea del día de hoy. No así las lecturas primeras, que son lecturas especiales para las conmemoraciones de un alma que ha ido al Cielo ya. En cambio, el Evangelio es el que hoy había que leer. ¡Y qué oportuno es cuando Jesús dice a sus discípulos que no tienen que decir, como los paganos, tantas palabras, como si Dios no supiera ya lo que necesitamos! Sino que habría que obrar así, sencillamente, con esta oración tan entrañable: el Padrenuestro. Pero esa oración del Padrenuestro, siendo altísima y sublime, es para los que todavía suspiran por entrar plenamente en el Reino de Dios.
En la primera parte, venga a nosotros tu reino; luego quiere decir que todavía no somos conscientes de que ya lo tenemos o ya vivimos dentro; o sea, estamos pidiendo que venga, que se haga tu voluntad. Y al final amén, así sea, llegue un momento en que eso sea realidad.
Las personas que están en el Cielo -doña Francisca-, ya rezan ese Padrenuestro, ya lo susurran como un cántico, pero de otra manera, en una plenitud total. Ya ni siquiera le dice «Padre nuestro», sino con aquella voz más íntima que Cristo enseñaba a sus discípulos bien amados, que había que llamar a Dios «Abba», que es traduciéndolo a nuestro lenguaje, «Papá».
Tal persona puede ser nuestro padre, pero puede ser bueno o malo, haberse portado mal con nosotros. Pero cuando se le dice «papá», se da por supuesto que esta persona que es nuestro padre, además ha sido entrañablemente padre nuestro, con sacrificio, con ternura, con entrega, con fidelidad, etc.…, ¡papá! Está cargada esta palabra -«Abba», en arameo-, de toda esta significación entrañable, de confianza, de amor filial. En el Cielo no se le llamará «Padre», se le llamará «Abba».
Que estás en el Cielo, ahí en tu Cielo, decimos en el Padrenuestro. Somos nosotros los que estaremos en el Cielo; para los que ya están allí, entonces el Padre no está lejos. Ellos pueden decir: Abba, que estás aquí conmigo, que ya estamos juntos, ¡qué maravilla!
Santificado sea tu nombre. Es una alabanza que se le dice porque es merecedor de todo. Pero la mejor santificación que podemos darle, la mejor alabanza que podemos hacer a Dios es proclamar que le amamos: ¡Cuánto te amo! Y las personas que están en el Cielo, pues ya lo pueden decir esto sin miedo de que eso quede recortado, que pueda haber oscilaciones en este amor nuestro. No, allí pueden decir realmente como la mejor alabanza que se le puede decir: ¡Cuánto te amo! Y aun se le puede decir más, porque como sabemos que este amor es fruto del amor de Dios a nosotros, es un amor puramente correspondido por el mismo Dios. La alabanza mejor es decir todavía: ¡cuántos nos has amado!
Venga tu reino. ¡Cómo que venga tu Reino, si ya están en tu Reino allí! La alegría de decir que venga tu Reino que estamos aquí esperándolo, y sentirlo de una manera plena es que sentirse en su Reino es sentirse precisamente hijo de Él, en Cristo, con Cristo y por Cristo, pero ya hijos de Él. ¡Qué alegría ser tus hijos!
Y hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo. Ya están en el Cielo también: ¡qué alegría ser los dos una sola voluntad ya!
Danos hoy el pan nuestro. Aquí siempre tenemos que recurrir a su Providencia. Allí ya están reclinados absolutamente en su Banquete, ya no tienen ansia, ya no tienen preocupación, ya están reclinados en su Banquete.
Y perdona nuestras ofensas pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido. Precisamente los que están en el Cielo es porque perdonaron bien, y precisamente se pueden vestir esa túnica de fiesta y entrar en el Cielo radiantes. Esta frase en el Cielo es, que, porque perdoné en la tierra, me has vestido con esa túnica inmaculada, y estoy así reclinado en tu Banquete.
Y no nos dejes caer en la tentación. En el Cielo, sintiéndose en Dios, ya no hay tentación, y siendo en la mano del Padre, ya se está libre de todo mal. Paz y fiesta.
Ellos podrán decir este Padrenuestro en plenitud. Nosotros lo tenemos que ir rezando así en este camino, en esta antesala del Reino que estamos, de la que por nuestras culpas a veces nos salimos. Aunque sabemos que podemos entrar por la penitencia.
No hay ninguna duda en la interpretación ésta que, si perdonamos, Dios nos perdona, Cristo mismo lo aclara: porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del Cielo os perdonará a vosotros. ¡Qué maravilla es eso, saber que tenemos en nuestra mano esta omnipotencia de Dios, que haremos que Él nos perdone, le forzaremos, le obligaremos a que nos perdone, y tenemos la llave de este secreto, y es perdonar nosotros a los demás! Y así, indefectiblemente, Dios nos perdonará a nosotros como dice Jesús aquí.
Nos encomendamos hoy muy especialmente en la misa a doña Francisca, para la cual celebramos esta Eucaristía. Doña Francisca que cuando murió hace diez años, creo, hoy hace diez años, la familia, vosotros, nosotros, también podíamos pensar: ¿por qué se muere ahora?, podía vivir un poco más, podía seguir haciéndonos compañía iluminándonos con sus palabras, con su consejo, con su experiencia, ¿por qué no un poco más? Han pasado diez años, diez años más; con la edad que ella tenía, pues era ya muy de suponer que, en esos diez años, si no hubiera muerto entonces, habría muerto después. Y viendo esto, decir que ya tenía que haber pasado, que hoy ya tendría que haber muerto, aunque hubiera vivido más entonces. No deja de ser un consuelo, y pensar que, bueno, si ahora ya tendría que estar muerta de todas maneras, ya ha de estar en el Cielo, pues quién sabe, quizá fue el momento mejor, el momento mejor que Dios en su Providencia vería para ya llevársela de este mundo y premiarla con todos sus méritos.
Hemos recordado alguna vez, al celebrar alguna otra Eucaristía para doña Francisca, aquel término cariñoso, íntimo con que la familia la llamaba a veces con admiración, aquella cosa graciosa que le llamaban: mosén Francisco. Pero ¡Cuánto hay encerrada en esta exclamación con que la familia, que bien la conocían, la llamaban! Demostraba que era una persona de fe, de fe rotunda, profunda, sin remilgos, que orientaba a la luz de ella su actuación y su vida con los criterios rectos y firmes, y a veces ascéticos, con que ella tenía esta fe.
Hay que recordar que en sus tiempos de joven ella vivió -ella que era perspicaz en la cosas- todas las luchas del modernismo, todo lo que representó en la Iglesia de verdaderamente tormentoso tiempo del modernismo; ella vivió lo de Pío X, aquellas declaraciones antimodernistas. Aquello era el pan de cada día a través de las noticias eclesiásticas tan vivas. Hay que pensar que ella, con sus veinticuatro años, ninguna niña, persona ya mayor y muy consciente, vivió la Semana Trágica de Barcelona; eso es serio, eso es un recuerdo indeleble que va formando a golpes su postura de profunda fe por encima de todos estos avatares ideológicos y políticos, en que tan mezclada estaba sufriente la Iglesia, para bien y para mal.
Mosén Francisco, demostración de fe. Y también de un temple de pastor que conoce a sus ovejas por su nombre, y toda la familia, todas las personas amigas la conocen por su voz. Un ánimo de providencia, de buen consejo para todos. Y mosén Francisco, en otro aspecto de profundo fuego interior místico, que se manifiesta –y quizás eso nadie pudo columbrarlo en su tiempo-, pero se manifestaba muy hondamente en ese ciclón que ella era, comprimido, pero fuerte, y que tenía aquellas manifestaciones exteriores de aquellos dos cuadros tan sensacionales, por una parte «Ecce homo», por otra parte este «Sagrado Corazón de Jesús» hecho llama de Espíritu Santo, que son dos hitos en su pintura, y que encierran toda la Pascua en todas sus dos vertientes de Cruz y de Resurrección, y que no podía ella ocultar; y eso salió fuera como una manifestación profunda de su más hondo ser.
Pues que realmente hoy, ella, que ya reza ese Padrenuestro que hemos dicho, tan íntimo, tan hondo, tan pleno, de su mano haga que nosotros, los que tuvimos la dicha de conocerla, de su mano digo, vayamos aprendiendo a poder rezar ese Padrenuestro. Así sea.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de Febrero de 1986 quizás en el monasterio de La Murtra