Lectura del Evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás. “Dos hombres subieron al templo a orar, uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: `oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás, ladrones, injustos, adúlteros, ni como este publicano, ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.´ El publicano, en cambio, se quedó atrás, y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho diciendo: `oh Dios, ten compasión de este pecador.´ Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no, porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

Es palabra de Jesús.

 

Este evangelio que acabáis de oír, que es tan clarito que casi no necesita que haya una homilía para explicarlo. Es tan evidente lo que dice Jesús aquí, tan evidente que no tiene dificultad ninguna. Pero la grandísima dificultad de este evangelio es saber aplicárnoslo cada uno a uno mismo, ¡ah amigo, eso sí que es difícil!

No hace mucho estaba yo explicando a unas personas que estaban conmigo, que cuando hablamos nosotros de la humildad transcendental, es decir, ese conocer que no éramos los que Dios deseaba, porque deseaba que todo hubiera ido con amor, la Historia distinta, habría otros; en cambio nosotros somos hijos del pecado. Luego Él se vuelca en nosotros, claro que sí, es nuestro Padre, pero no éramos los que Él deseaba. Bueno, eso saberlo es fácil, y entenderlo, verlo es fácil, lógico. Ahora, vivir que uno no era el deseado por Dios, eso sí que es difícil, es como caerse por un precipicio sin fondo, estar a una distancia infinita de Dios; el mundo está así, lleno de pecado, infinitamente lejos de Dios, nada puede hacer además para alcanzar a Dios; se explica que haya ateos, porque están tan infinitamente lejos de Dios, porque sólo es Dios el que puede saltar este abismo, y entonces con Él volver a ser hijos de Dios. Pero sentir esta inmensa lejanía de no ser los deseados de Dios, bueno, eso sentirlo es realmente muy difícil y pasarlo muy “requetemal”; es como caerse en un abismo sin fondo. Pues en este Evangelio pasa igual. Lo que dice, clarísimo, aplicárselo a uno.

Me decía alguien que, claro, quién sabe si incluso por propia experiencia, que hay un peligro, que uno se mete en la cartuja alta en soledad y en silencio, 4 horas, ¡ay qué bien, en que nadie nos molesta, ni teléfonos ni nada!, no estoy, qué bien, estoy en cartuja. Entonces en esa cartuja uno empieza pensar y pensar cosas, y sale de la cartuja: como todo eso que he pensado yo, lo he hecho en cartuja, “ergo” todo esto es palabra de Dios. Bueno, esto sería la tentación más sutil del diablo, porque estar en cartuja no es estar yo en una habitación, cerradas las puertas, tener un espacio de tiempo. No, para que esto sea cartuja, pasa como en el sagrario; aquí hay una caja dorada encima del altar, es el sagrario, pero ahora está vacío y no hay que hacer genuflexión; es una caja dorada más o menos bonita, más o menos digna de ser guardada porque ha estado el Señor en ella, pero está vacía. Para que eso sea un sagrario ha de estar Jesús en la reserva, y entonces sí, la luz encendida, una genuflexión, etc.

Bueno, la cartuja es una caja muy bonita en una habitación cerrada –eso está cerrado también con llave-. Pues si Dios Padre no está dentro, no es sagrario de cartuja. Para que esté de poder decir: hemos estado 4 horas en cartuja. Pare eso hemos de ver que Dios Padre está dentro, porque si no, es una habitación cerrada en que uno se encierra allí, como tantas veces, pues mira, yo me voy al baño y también me encierro. Para que sea cartuja, para que eso sea sagrario de verdad, ha de estar Cristo dentro, para que sea cartuja ha de estar el Padre dentro. Si le hago espacio, si yo en este sagrario yo pongo las velas, las guardo allí, ¡qué pena!, ¡cuántos sagrarios se han comprado por los anticuarios, los venden después cobrando mucho –porque son del siglo XVIII o del siglo que sea-, y los utilizan para meter dentro el teléfono. Hay casas muy elegantes, tiene un sagrario allá, qué bonito, y abres y allí tiene guardado el teléfono; si está el teléfono, ¿es que yo puedo llevar allí el copón? No puedo. Si en esta habitación –paredes blancas, la ventana, una mesa, una silla, una cruz-, si la lleno de cosas, Dios padre no puede entrar, naturalmente que no necesita la puerta para estar: necesita el hueco. Y claro, si yo lleno aquello de todas mis cosas habidas y por haber: no, Él no está. Entonces salgo de allí: he estado en cartuja. No, usted ha estado en una habitación, encerrado allí y pensando en lo que le haya dado la gana, pero no es cartuja. Para que sea cartuja tiene que estar Dios Padre, y para que pueda estar Dios Padre usted tiene que estar vacío de sí mismo, abnegado; y entonces sí, se llena de Dios Padre. Mi libertad y la libertad de Dios, la misma: tenemos una sola libertad; porque mi libertad es exclusivamente, totalmente, irreversiblemente querer ser la voluntad de Dios. Entonces sí, entonces sí que podemos salir de la cartuja y decir: este gesto mío, esta mirada de amor, de comprensión, de perdón es imagen de Dios. Pero claro, si salgo de la cartuja y soy airado, irónico e hiriente, soy duro, soy… Pues has estado cuatro horas en una habitación, has pensado, has obrado lo que tú crees mejor, sales, ¿pero imagen de Dios?: porque Dios no es así, Dios no es asá, Dios no es así, luego no eres imagen de Dios; has salido de una habitación 4 horas en paz y tranquilidad y silencio, y has trabajado mucho, has pensado mucho, pero eso no es cartuja. Puedes decir: he estado 4 horas en soledad y silencio y he estado pensando esto, y pensando esto, y bueno, unas cosas estarán mejor y otras estarán peor, pero no es cartuja, porque no has hecho hueco para que venga Dios Padre. Cartuja es cuando estás con Dios Pare, y para que esté has de estar olvidado de ti, dejándote llenar de Dios Padre, y tratando de ser uno con Él, una imagen de Él, una transparencia de Él, y una sola libertad con Él. De manera que saliendo de allí ya no puedes hacer nada que Dios Padre no haría. Y bueno, la tentación es creer que porque he estado así en soledad y silencio –que a veces puede ser muy diferente ciertamente a lo que haría Dios-, pero como lo he pensado allí, lo que yo digo, palabra de Dios. No, tenéis que saber distinguir mucho de lo que es estar en vuestro cuarto, y de lo que es estar en el cuarto de Dios Padre, que es distinto, y ésa es la cartuja alta. Subimos a un sagrario donde estará Dios Padre si le dejamos hueco; si no, prostituiremos este sagrario haciéndolo un cuarto nuestro, pareciendo que es un sagrario, como poner un teléfono dentro de un sagrario, ¡qué prostitución de este sagrario, qué ofensa!

Bueno, este señor estaba en el templo, y como estaba en el templo: mira Dios, te doy gracias porque yo no soy tal, no soy cual, esto o lo otro. Estaba en el templo, pero ¿dejaba que Dios estuviera en ese templo? Estaba lleno de él: yo tal, yo cual… Y luego saldría diciendo: ¡oh, soy santo!, porque he estado en el templo y he dicho tal cosa… No, éste no está justificado. En cambio, el que estaba en el templo y dejaba que en el templo estuviera Dios, y él no decía más que abnegarse: soy un pecador, perdóname; tú eres generoso, misericordioso, eres mi Padre, me amas. Se abnegaba, no pensaba más que en que era un pecador, y nada más, se negaba toda otra virtud, estaba abnegado; allí estaba, en ese templo sí que estaba el Señor, y salió de él justificado, salió imagen de Dios.

Entonces, hagamos cartuja, hagámosla, claro que sí; pero luego, examinémonos, y al salir de la cartuja pensemos: ¿soy de verdad una imagen de Dios, todo paciencia, todo comprensión, todo caridad, todo perdón, todo derramarse uno en los demás como Dios, sacrificándose, dándose? En tanto cuanto yo salga coincidiendo con Dios Padre, sí, seré imagen, palabra de Dios Padre. Examinemos, hagamos cartuja, hagámosla hueco con abnegación para que esté Dios Padre, nos unamos mucho a Él, podamos salir de la cartuja diciendo: efectivamente he hecho cartuja. Porque hoy más que ayer y menos que mañana soy solamente transparencia de Dios.

Que este evangelio nos ayude a entender esto.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 3 de Octubre de 1992 en la universidad de Barcelona

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