Hoy celebramos la festividad en honor de María madre de Dios, madre de Jesucristo, el Verbo hecho carne. Toda la labor de Cristo por su Resurrección ha sido elevarnos a nosotros desde nuestra naturaleza humana para insertarnos en Él. Así en Él, con Él, y por Él somos hechos también hijos de Dios, de alguna manera participamos también de la naturaleza divina, hijos de Dios en Cristo. 

Siendo María realmente y verdaderamente Madre de Cristo, nosotros que somos miembros vivos del Cuerpo de Cristo, somos también -verdadera y realmente- en la vida de la gracia, hijos de María. Ella es nuestra verdadera Madre. Eso es lo que celebramos hoy en la Navidad, ese Misterio insondable, esta maravilla de las maravillas de María Madre de Jesús, y esa otra maravilla de las maravillas de María Madre de todos y cada uno de nosotros. Eso no está nada reñido con que tengamos una madre a nivel de la naturaleza humana. Esta madre nuestra ha sido instrumento de Dios para hacernos nacer, como María fue instrumento de Dios para hacernos nacer todavía más santos en la vida de la gracia. Seguro que nuestras madres, las que están ya en el Cielo, estarán apiñadas con María en ese papel maternal en la gloria cuya cúspide es María. 

Las madres de este mundo, los padres, muchas veces caen en una soberbia de creer que, porque ellos han sido la condición para que nazca su hijo, están en posesión de este hijo: este hijo es nuestro, podemos hacer con él lo que queramos, educarlo como queramos. Cuánta desgracia es hoy oír a algunas jóvenes que dicen: eso es mío y por lo tanto yo puedo eliminarlo. Y “abortan”, esta palabra diabólica, ¡qué barbaridad!, se creen dueñas. ¿Qué han puesto los padres para que nazca un hijo? ¿Es que acaso saben los padres qué es la vida y qué son aquellos elementos que transmiten esta vida en una fecundación? ¿Qué saben las madres de cómo se construye un niño hueso por hueso, los ojos, los oídos, el cerebro? Todo eso es obra de Dios. Los padres han sido la condición para que este hijo nazca, pero ellos son servidores de este hijo, no son dueños. Han de ser también instrumentos de Dios para su educación recta y cristiana. 

María – nos lo dice en el evangelio de hoy en la adoración de los pastores- observaba y guardaba todo en su corazón. Le daría vueltas y más vueltas para comprender los entresijos de este Misterio de la Redención. María era mucho más consciente de lo que necesitan los hombres para llegar a ser hijos de Dios que lo que las madres terrenales de este mundo puedan saber. Por mucho que supiesen, ella sabe más de cómo es y cómo llegar a nacer un hijo. Sabe mucho más de cómo ella nos va elaborando en el seno de la Iglesia, que es su prolongación, sabe mucho más de cómo vamos creciendo día a día, gracia a gracia, hasta ser hijos suyos en plenitud por estar injertados en Cristo. 

Pues bien, nada más dos reflexiones como una consecuencia para nuestra vida espiritual. Si los padres sólo son una condición y que todo lo que ponen lo pone Dios a través de ellos – la vida y todo-, entonces consagrarse al Señor en el celibato permanente, no es tanto como la gente puede creer, porque no hay tanta diferencia. Si unos padres creyeran, en su soberbia, que ellos eran los que hacían a su hijo y eran sus dueños, prescindir de esto les parecería una cosa muy dura. Si ellos se creyesen semidioses que lo hacen todo, que alguien a Dios le impidiera crear, sería una cosa tremenda, un absurdo. Pero como los padres de este mundo no son tanto, son condiciones nada más, pues dedicarse por voluntad de Dios a otro menester, ser instrumento de Dios para otros fines, no es tanta la diferencia. Hay diferencia, sí, en que uno se entrega para unos fines aun mayores que la misma paternidad y maternidad de este mundo, para hacer como María Madre de las gentes, para ser como el mismo Jesús pastor de la gente, verdadero padre de la vida espiritual, de la vida de la gracia. Lo decía Juan XXIII: pastor quia pater, “soy pastor porque soy padre”, padre que derrama la vida de la gracia, esta vida sobrenatural sobre la otra. 

¡Qué hermosa es esta festividad de hoy! Indicaba dos condiciones que se pueden sacar de este evangelio para nuestra vida espiritual. Especialmente hoy me dirijo a las monjas y a vosotros aquí también. Decíamos que este celibato, que tanto se ve en esa entrega total al Señor de María y de José, es grande, porque el amor máximo que nos viene a traer Cristo a este mundo y nos manda que hagamos unos a otros es que nos amemos unos a otros como Dios nos ama. Es un amor de pura benevolencia, es decir, que se ama a los demás porque son dignos de ser amados y aun el enemigo es digno de que le amemos, porque así podrá curarse de este odio que tiene en su corazón.  

Amemos, no porque el ser amado o la cosa amada sea necesaria o buena para nosotros, que también lo puede ser, sino que amemos fundamentalmente con amor de benevolencia porque son dignos de ser amados Dios y todas las criaturas que Él ha hecho. Pero hay una cosa en este mundo de la que difícilmente se puede prescindir: de amar. Con este cierto egoísmo que es para un hombre y una mujer amar a su pareja porque lo necesita para engendrar un hijo -porque sin la otra persona no puede esto-, en este amor de benevolencia hay mezclado un cierto amor de egoísmo porque se necesitan mutuamente. Consagrarse a Dios en el celibato es romper este único hilo que queda mezclado con el amor de benevolencia. Si uno abraza el celibato, corta este hilo y entonces puede ser como un globo libre, maravilloso que surca los cielos, porque no está atado por ningún amor necesario. Todo, entonces, puede brotar de nuestro corazón, con una generosidad sin egoísmo, olvidados de nosotros, abnegados, humildísimos, practicando la ultimidad, este ponernos los últimos en el Reino de los Cielos, libres de toda atadura para seguir el viento del Espíritu Santo que nos arrebate a donde Él quiera. ¡Qué ejemplo nos dieron en este punto José y María! ¡Qué ejemplo nos da María de rumiar las cosas para conocer bien en qué consiste esta elaboración en nosotros de la vida sobrenatural y así ser ella verdadera Madre nuestra, pero con un amor sólo de benevolencia! Pues bien, en este día de hoy, que estos misterios y verdades que creemos por la fe nos llenen de esperanza y nos llenen también de este amor. 

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Martes 1 de enero de 1991 en  la capilla del Monasterio de las Madres Jerónimas de Trujillo, Cáceres.

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

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