… lo que en liturgia se llaman las témporas, los tiempos, y son festividades muy antiguas, de la más primitiva Iglesia, y en el siglo II ya se celebraban, y las de ahora, las de otoño, esas témporas que se repiten con las estaciones del año, son tres días, y el primero está dedicado a hacer penitencia, el segundo a dar gracias, y el tercero a alabar a Dios. Precisamente ahora, a principios de octubre es cuando en nuestro clima, en nuestro Mediterráneo, en Palestina, la patria antigua de Judea y de Israel, era cuando ya se había recogido las cosechas, incluso la vendimia ya se había terminado, y todo el fruto del verano, del trigo, de la avena, todas las frutas, las que sobraban, hechas compotas las guardaban, de aquella tierra que Dios les dio que manaba leche y miel, que era mucho más hermosa que ahora, que pasaron tantas guerras, pasaron las devastaciones de los turcos, que no dejaron un árbol. Antes era tierra muy frondosa, muy risueña, llena de fuentes de agua, como dice aquí, riqueza de minerales, de cobre, de hierro, un lugar entre encrucijada de caminos muy oportuna para el comercio, y así la gente podían tener oro y plata, enriquecidos; y con aquellos huertos, con aquellas tierras tan fecundas, pues no les faltaba de nada. Y entonces, en ese Mediterráneo de olivos, de cipreses, de frutales, ahora en octubre la gente descansa del trabajo del verano, y es lógico que se dé gracias a Dios, porque como se decía en la primera lectura: no os envanezcáis creyendo que todo es fruto de vuestro esfuerzo y de vuestro obrar, porque si no tuvierais esa tierra que yo os he dado, qué, si no tuvierais las cualidades de inteligencia, qué haríais, si no tuvierais un cuerpo tan hábil para trabajar, qué haríais; y todo eso no lo habéis hecho vosotros, os lo he dado yo; no os envanezcáis, no os pongáis soberbios, sino que qué bueno es que cuando hayáis recogido ya toda la cosecha deis gracias al Creador de la tierra, del aire, del agua y de las mismas semillas que vosotros sembrasteis. Acción de gracias.

Pero, cómo vamos a dar gracias bien, de una manera que Dios quede complacido, si no hacemos primero penitencia, es decir, darnos cuenta de que hemos tocado muchas veces a esa soberbia, a esa vanidad, a este engreimiento, a este creer que todo se debe a nuestro esfuerzo, a menospreciar a los demás porque quizás en otros países tienen menos, cuando quizá son menos afortunados de tener países tan hermosos. ¡Cuántos pecados cometemos de soberbia con los que tenemos alrededor, de mandarles ásperamente tantas cosas! Penitencia. Porque entonces sí que nuestro espíritu estará bien preparado para dar gracias a Dios, sabiendo que Dios es amigo porque le hemos pedido perdón y nos ha perdonado, y nos llena de gracia, de la cual todavía más le tenemos que dar gracias. Y sabiéndole amigo –ya no os llamo siervos sino amigos, nos dice Jesús antes de morir, allí en el cenáculo en la última cena-, sabiéndole amigo porque hemos hecho penitencia y estamos otra vez en paz, es cómo podemos decirle de una manera sincera, graciosa, ¡graciosa! por todo lo que nos ha dado. Y de esta manera, habiendo hecho penitencia, y pudiendo dar gracias –que es lo que hacemos en la misa de hoy-, podemos pensar también en la otra témpora, en la tercera témpora, que es alabar. Después de dar las gracias, podemos alabar a este gran amigo, este Dios Padre que se hace amigo nuestro de alabarle y decir: ¡pero qué buena persona es!, ¡mira que si no hubieras creado el mundo, no existiríamos, y si no nos hubieras dado esos bienes, habríamos muerto!, ¡pero qué bueno eres, qué maravilla conocerte, qué maravilla estar contigo, qué maravilla ser tu amigo, qué maravilla poderte dar gracias! Hay una canción que cantáis algunas veces que, después de dar gracias de muchas cosas, termina así: gracias de poderte dar gracias. ¡Qué hermoso!

Pues bien, hoy es lo que vamos a hacer, le vamos a dar gracias por todo, y gracias por podérselas dar.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 6 de Octubre de 1990 en la universidad de Barcelona

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