(Mt 2, 1 – 12)
Los Magos de Oriente eran paganos, nos lo dice el evangelio, es decir, gente que se esfuerza con todas las energías de su ser humano en resolver los problemas que tiene este mundo. Pero ese esfuerzo es limitado. Ellos, por esa estrella, van en busca de este niño misterioso que viene a dar a la gente una dimensión nueva, una fuerza para poder ir más allá de lo que uno puede lograr con sus solas fuerzas. Hoy que tanto se habla de la física, es como si a nosotros -que estamos acostumbrados a movernos en un ambiente de tres dimensiones, largo, ancho y alto y nada más-, viniera un científico que nos trajera la posibilidad de vivir en una cuarta dimensión, doblando el universo. Con lo cual, podríamos entrar en el túnel del tiempo, transportarnos a la antigüedad o al futuro. Imaginemos una hormiguita que va caminando en un papel; si tomamos el papel y lo doblamos, puede pasar muy fácilmente desde el principio de su caminar hasta el final en un momento, porque hemos doblado el papel. Bueno, pues la cuarta dimensión sería otra cosa todavía más complicada. Pero todavía lo que estamos hablando hoy, esa dimensión transcendental, sólo Dios nos lo puede hacer, nos puede ayudar. Él viniendo aquí a encarnarse con nosotros.
Los Magos, nos dice el evangelio, llevaban unos cofres con oro, incienso y mirra. ¿Qué significa esto? Eso lo sabemos. El oro es aquella sustancia que, porque no se oxida, no se estropea, no se ensucia, basta limpiarlo y ya queda reluciente, siempre está igual. Es un metal muy bueno para darle un valor común pactado entre todos que pueden ser el patrón de las monedas y lo ha sido mucho tiempo y en el fondo lo sigue siendo. De manera que cuando uno trabaja, el fruto de su sudor, de su vivir, de ahorrar un poco para el día de mañana, para cualquier cosa imprevista que suceda o para mejorar el estado de vida de uno, esos ahorros son como el agua de lluvia que guardamos en un pantano para en su momento fabricar luz o regar los campos. Un pantano que guarda nuestros sudores y nuestros trabajos. Eso es el oro. Lo que construye algo que es representativo y contiene nuestros esfuerzos y nuestros afanes, para utilizarlo en el momento oportuno. O sea que el oro representa en los Reyes Magos todo ese esfuerzo de trabajo de la humanidad para vivir y para ahorrar, para progresar.
El otro cofre es la mira. La mirra era una sustancia muy buscada, que formaba parte de muchas medicinas, era una gran cosa. La mirra que calmaba el dolor y servía para otras aplicaciones también, significa el esfuerzo del hombre para vencer ese límite suyo esencial que es la enfermedad, que es la vejez que desemboca en la muerte.
Los Magos llevan a Jesús el símbolo de todos los esfuerzos de la humanidad, que es limitada. Se lo llevan como las mejores ofrendas, lo mejor que ellos han podido hacer con sus solas fuerzas y lo ponen a los pies de Jesús. Es el mejor regalo que le pueden dar: su esfuerzo en esos campos del trabajo, del intentar acercarse a Dios y de intentar vencer sus limitaciones en lo posible. Jesús recibiría contento estas ofrendas, como las recibirá contento si se las llevamos nosotros fruto de nuestra vida, de nuestro esfuerzo de trabajar, de luchar, de pretender rezar a Dios y que nos oiga, de cuidar nuestra salud.
Pero entonces Jesús les devuelve el ciento por uno. Les demuestra que Dios Padre es Providente. Les demuestra que más allá del trabajo de una persona, siempre limitado, escaso en los frutos y que se pueden estropear, se pueden corromper, te los pueden robar, puedes ponerlos en un banco y el banco puede quebrar, se puede invertir en papeles, y cuánta gente invirtió en papeles en la industria alemana antes de la Primera Guerra y, al hundirse Alemania, se quedó con aquellos papeles que no servían para nada. Cristo viene a decir; ¡tranquilos, trabajad, cierto, pero confiad y sabed que Dios Padre es Providente, que cuidará siempre de vosotros!
Luego al otro mago, al del incienso, puede decirle: ese esfuerzo que has hecho, mira, estoy yo aquí, Dios viene a visitarte, se ha encarnado el Hijo, el Verbo, estoy aquí para responder a todos los deseos que teníais de escudriñar, de saber cómo era Dios. Dios es un Padre amoroso que os ama, os espera y os bendice. Finalmente al otro mago le diría: mira, tú haces todo lo posible para guardar la salud o alejar la enfermedad y la vejez, y alejar la muerte, sábete una cosa, que si amas – como es la persona tercera de esa Trinidad -, Dios te resucita glorioso, más allá de estos límites, id y volved por otro camino para que no os alcance Herodes. Id a predicar al mundo que Dios es Uno y Trino, Padre Providente, Hijo que responde y os enseña el camino y los Misterios de Dios, y Espíritu Santo, Amor, que entonces os resultará para que podáis seguir amando siempre.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Domingo 6 de enero de 1991
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra