Era compañero de san Pablo. Siempre le he tenido una devoción especial a san Lucas por esa cualidad suya de médico según la tradición, además de ser un evangelista. Pero también coincide hoy el día de san Lucas con el aniversario de la muerte de mi madre, y por eso deseo celebrar una misa por ella. Y en la confianza de que por la misericordia de Dios está en el Cielo, por también por su intercesión, especialmente sobre mí, su hijo, y sobre toda la Casa que ella quiso tanto.
Yo quería deciros hoy una cosa, que es la siguiente. Están formando unos días: ¡qué bueno que vayamos descubriendo atravesando el muro, la solitud; atravesar ese muro que nos llevará realmente a un Reino de Dios! El muro de la solitud. Es algo así como una sensación rara, de desprendimiento que deben de tener esos aviadores cuando pasan la barrera del sonido, en que parece que todo se va a deshacer. Pero gracias a atravesar valientemente, con coraje esta barrera del sonido en que todo tiembla, se llega a ese silencio de haber pasado a una velocidad mayor que el sonido, y se entra en una paz, en otro mundo distinto. La solitud.
¿Y qué es la solitud, esta vida que la podíamos definir precisamente por tener la solitud como ámbito de ser eremitas por dentro, situarnos, nuestro punto de gravedad el ser eremitas en medio del mundo? Eremitas. ¿Qué significa eso, sino que tocamos fondo en nuestra humildad óntica? La solitud es la expresión quizá más profunda, más radical de tocar nuestro ser contingente ilimitado. Y una de sus limitaciones es que, estando por esencia abiertos, sin embargo, estamos solos antes de que esta apertura nos produzca una divina compañía. ¡Estar solos!
¡Cuántas veces hemos dicho que el infierno era estar solos! Luego acaso, esa solitud que ahora decimos eremítica, que es cumbre de itinerario, ¿es acaso la misma del infierno? No. La diferencia es una. Frente a ese reconocer que no somos dioses sino seres contingentes y limitados, el diablo se cierra sobre sí mismo, impide que pueda venir Dios a hacernos compañía. En cambio, esa solitud es reconocer lo mismo, nuestra limitación, pero abiertos, no nos cerramos a esa presencia de Dios en nosotros, esa entrada en nosotros del Espíritu Santo que jamás nos abandona. En cambio, la solitud del infierno es cerrada; por eso ese pecado contra el Espíritu Santo de cerrarse a Él, eso no tiene remedio mientras la persona no quiera abrirse. En este mundo cuántas veces nos hemos cerrado también; siempre que pecamos, nos cerramos. Pero con la penitencia volvemos a estar abiertos, inmaculados para que pueda venir Dios a vivir a través del Espíritu Santo, Dios Padre y Dios Hijo también a morar en nosotros porque estamos inmaculados, porque estamos abiertos, que eso es estar sin mancha; y alcanzada esa inmaculada actitud por la penitencia.
¡Qué hermoso es descubrir eso, que la solitud no es más que el tocar fondo de la humildad óntica, esa humildad de reconocer nuestro ser, abrazarlo con gozo y alegría, pues somos así o no existiríamos! Y ése es el ser que nos ha dado Dios, y ése es nuestro único tesoro: ser como somos, seres contingentes. Y saber tocar este fondo de solitud, que es la mejor aventura para pedir plenamente el Espíritu Santo. Que luego se producirá esa presencia del Espíritu Santo en una presencia del mundo, del universo todo, de la belleza, de las personas amigas; ¡se manifestará de tantas maneras! Pero hay que llegar a esa total desnudez de la solitud, sin tener nada donde asirnos, porque estamos en este fondo de nuestro ser óntico, y allí nos recoge Dios realmente. Como decíamos, cuando uno cae en este pozo, lo único que no existe es la nada, y allí está el Todo.
Entonces, desde este fundamento, desde este punto tan profundo donde se recibe la plenitud de Dios… Y en eso podríamos ver a María allí en la Anunciación, está sola, nos la pintan, está en solitud. Dice no conozco varón –o sea-, estoy desasistida en medio de esa sociedad –lo decía Juan Miguel el otro día-, desasistida de todo. Para una mujer judía, aramea, no tener varón significaba ser lo último de lo último en la sociedad; está sola en aquel momento. Y en esa solitud en que ella se reconocía criatura de Dios y nada más, pero abierta al Espíritu Santo, es como se producen entonces en nosotros grandes frutos.
¿Y cuáles han de ser estos frutos que se producen en nosotros? Uno muy hermoso, que por contraste se ve que éste es el fruto maravilloso, que es que existimos para tratar de hacer feliz la existencia de los demás. Ése es nuestro objeto. Por eso servimos por caridad a todos, y nos hacemos últimos, para poder servir a todos; y nos hacemos pobres para que todos puedan ser ricos en los dones de Dios, etc. Nuestro objetivo es hacer felices a los demás. Y digo que esto queda clarísimo cuando vemos que el objeto que busca el mundo y el diablo es hacer infelices a los demás. Se ve; ¿Qué hicieron con Cristo? Lo persiguieron, lo azotaron, lo escarnecieron, se burlaron, le cargan la cruz y lo crucifican. El colmo de hacer a una persona infeliz. Eso es lo que hace el diablo: infelices a los demás.
¿Cuál es nuestra misión de cristianos, de seres humildes en esa solitud abiertos a la plenitud del Espíritu? Eso ha de fructificar exactamente en lo opuesto por diámetro de lo que hace el diablo. Es hacer felices a los otros como el diablo quiere arrastrar a todos después de todos los tormentos que puede infligir aquí, arrastrarnos además al infierno a que sufran esa misma solitud sin remedio, infernal, cerrada egoísta y soberbiamente sobre sí mismo.
Nosotros, abiertos desde nuestra humildad a Dios Espíritu, y nuestra ocupación en el mundo para ganar el Cielo, para atravesar ese muro y salir a ese otro mundo maravilloso, a ese paraíso recobrado y multiplicado de Reino de Dios, nuestra única guía, nuestro único objetivo, nuestro único quehacer en este mundo es hacer felices verdaderamente a los demás con nuestro ejemplo, que es ayudando también a los otros a hacerse últimos y pobres de las cosas que realmente son riquezas falsas, y que alcancen esta solitud abierta de la humildad óntica. Pues bien, ésa es nuestra tarea.
Es hermoso –con eso termino-, la primera lectura también de la liturgia de hoy, en que se ve a san Pablo que está prisionero y está solo, y además tenía una gente que le rodeaba, que le quería, que le acompañaban, y él sabe sacrificarse y envía a Tito a alguna misión cuando podía necesitar tener su compañía. Y lo envía, y hay alguno que está con él, que le ayuda, y pide cosas que necesita, como es un abrigo, como son libros, es decir, cómo tiene también un cuerpo de ministros que le ayudan, pero que él en todo momento sabe sacrificarlos para que hagan alguna misión importante que tiene que hacer, y se priva él en aquella situación tan tremenda en que están de aquella compañía que le hubiera resultado tan gozosa, tan útil para él. Y en cambio hay otros que sí están, van y vienen. ¡Qué hermosura esta frase que dice san Pablo!: me dejaron solo –no sólo solo, le traicionó aquél que era discípulo suyo, el metalúrgico-, pero tuve fuerzas del Espíritu. ¡Cuántas veces nosotros también nos vamos a quedar así, pero hemos de tener fuerzas para defender el realismo existencial como una base de paz en el mundo, de abiertos realmente a la realidad! ¡Qué más vamos a decir! Y esto, abiertos en nuestra solitud de realismo contingencial, que es lo nuestro, abiertos, entonces hay que hacer el hogar de Dios en nosotros y en la sociedad que haya alcanzado esa humildad óntica, con este espectro nuestro; aunque nos quedemos solos, tener el valor de proclamarlo y sostenerlo.
Pues bien, que san Lucas, al que conmemoramos hoy, por intercesión de Marina, nos haga entender todo eso que he estado diciendo que es tan hermoso, y que contribuye así a la paz y a la alegría del mundo.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 18 de Octubre de 1990