(Jn 8, 1 -11)
“En aquel tiempo Jesús se retiró al monte de los olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a Él y, sentándose, les enseñaba.” Este sentarse tiene mucho valor, y más en aquella cultura. Uno podía estar de pie y gritar, expresar pensamientos, arengar a las masas. Sin embargo, sentarse y mucho más en el templo, era una señal de auténtico magisterio. Esto sigue en la tradición. Así, la cátedra, el señor catedrático, es el que tiene posesión de esta aula donde enseña una determinada disciplina con autoridad. Hizo unas oposiciones, es sabio en esto que enseña. La cátedra quiere decir la silla. Por eso los obispos también tienen su cátedra en la catedral, donde se sientan ellos para impartir su magisterio apostólico. Pues eso hace Cristo, se sienta en el templo. Seguramente, podrían decir que con qué permiso se sentaba a enseñar a la gente en el templo. No se lo discuten. Realmente Él se sienta por derecho propio. Y luego vemos una demostración de que su sabiduría y su misericordia son grandes. Cómo apreciamos aquí, le quieren sorprender, porque si dicen que según la ley de Moisés se ha de apedrear a esa mujer, ellos dirán que Él es un buen Judío. Pero los que seguían presintiendo de él algo más, una palpitación de misericordia y de amor, hubieran quedado defraudados. Si, por otra parte, hubiera dicho, movido de misericordia, que no la apedrearan, le habrían acusado de que estaba enseñando mal sobre aquella silla en la que se había sentado.
“Inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.” ¿Cómo se rebaja Él humildemente, se inclina sobre el suelo? El suelo son los pecadores que están a ras del mismo, que todavía no han empezado a elevarse en la vida sobrenatural. De la misma manera que no tuvo ningún empacho en encarnarse, ahora desde su sede, su silla donde está sentado, no tiene tampoco ningún empacho en inclinarse hasta el suelo, como lo hará después para lavar los pies a los apóstoles. Se inclina, y allí, en la arena, en la poca hierba que había sobre aquellas lozas del templo, escribe con el dedo. No utiliza tampoco ningún instrumento – una caña, un palo -, no tiene tampoco empacho en utilizar su mismo dedo lleno de misericordia. Allí escribe. ¿Qué escribe? ¿Los pecados de esta mujer? No. Son bien notorios cuando se la llevan allí. Escribe otros pecados de los que están allí acusando a esta mujer. Ellos se ven retratados allí en el polvo, también son polvo, son pecadores. Entonces, da esta respuesta de profunda sabiduría, la que produce el amor: “ El que esté limpio de culpa, que tire la primera piedra”.
Pero primero los ha desenmascarado escribiendo sus pecados en el suelo, para que no puedan ser hipócritas, para que se den cuenta de que Él lo sabe. ¿Qué pasó? “Uno a uno se fueron marchando.” Luego, a esta mujer le pregunta: “¿Dónde están tus acusadores? Lo cual no quiere decir que una persona no pueda haber cometido ningún delito, pueda ser acusada, pueda ser juzgada y, depende, pueda ser condenada o que tengan también los jueces en consideración unas causas atenuantes o, incluso, la magnanimidad de conceder una amnistía, un perdón. Los acusadores, los que la querían condenar, no están. Jesús tampoco la condena. No quiere decir que esta mujer hubiera hecho bien. Jesús mismo se lo dice a continuación: “Yo tampoco te condeno, te perdono. Vete, no peques más.”
Veamos hoy -cuando tan cerca está la Pasión-, esta figura de Cristo sentado en el templo con toda dignidad, con todo derecho, con toda majestad y a la vez, sin tener que indignarse para escribir con su propio dedo en el suelo, para lograr así, misericordiosamente, la salvación de esta mujer.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía la Primavera de 1991 en Santiago de Chile
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra