Vamos a bautizar a este niño con agua, precisamente del río Jordán, donde Cristo de manos de San Juan Bautista recibió el bautismo que era con agua solamente y del que éste anunció: vendrá otro tras de mí, Jesús, que bautizará además con el Espíritu Santo.
Se puede bautizar a un niño con agua cualquiera – cualquier agua puede servir -, sin embargo la Iglesia pide que primero el agua se bendiga y se mezcle también con sal bendecida, símbolo de la Iglesia de que hay que saber conservar a estas criaturas que Dios nos da. La sal siempre, como sabéis muy bien, conserva los alimentos, como la carne. Que esta agua verdaderamente sea un certificado de vida, vida llena de plenitud para este niño. Pero precisamente cuando se trata de agua del río Jordán, por ser de este río en que se bautizó Cristo – porque Cristo estuvo sumergido en él-, no es necesario bendecirla. Ya lo está para siempre por la misma presencia de Jesús en él. De manera que no necesitamos hoy bendecir el agua. Bien, pues tenéis este gran obsequio del agua del Jordán de parte de un amigo que ha viajado a Jerusalén.
Un bautizo es algo muy importante. Lo estábamos hablando estos días de peregrinación precisamente con un grupo de jóvenes que están muy contentos de estar presentes y acompañándoos hoy aquí y que se llaman Jorges. Precisamente por esto, dada su presencia -tan significativa es -, he querido poner a vuestro hijo ese tercer nombre que es otro regalo que recibe hoy en este momento: Jordi, Jorge.
Poner un hijo en el mundo es algo muy serio, es algo muy importante. Si un arquitecto, tiene que hacer una casa -y se tiene que hacer bien para que no se hunda-, ha de tener muy bien los cálculos y los planos. Pues un hijo es algo más importante que una casa. Los que tienen este oficio de ser padres porque tienen el sacramento del Matrimonio, se han de pensar muy bien el cómo hacen un hijo, cómo lo van a poner en el mundo, cómo lo van alimentar y a construir. Por eso desde el Concilio Vaticano II queda muy claro que los padres tienen el deber de tener una paternidad responsable, no como los animales puramente que se mueven por el instinto. Los seres humanos somos inteligentes, libres, responsables y poner un hijo en el mundo ha de ser algo muy consciente, muy libremente querido, pensando todas las responsabilidades que tiene el poner a alguien en el mundo. Podríamos decir así, deprisa, cuáles son esas responsabilidades a bote pronto.
La primera es que se han de cuidar de decir: si ésos han nacido, no es cosa de ellos que lo pidan, pues no existían. Si es uno que los pone, ha de ser responsable de alimentarles, de que crezcan, de que se hagan mayores, de darles una educación, en fin, todo eso para que sean unas personas mayores. Pero además no sólo esto, sino hay que transmitir a los hijos la alegría de existir, porque si los padres no están contentos de existir, el hijo puede decir: ¿para qué me pusiste en el mundo?, si es algo que no te gusta, ¿por qué me haces nacer a una cosa que no te gusta? Hay que entusiasmar a los hijos en la alegría de existir, de ver el cielo, de ver las flores, de sentir la amistad, de estar contentos de existir. También hay que entusiasmarlos a que realmente estén contentos de trabajar, de ajardinar el mundo estupendamente. Porque no vale que digan a un hijo: tienes la obligación de trabajar. Pues el hijo podría decir: yo no pedí nacer, es cosa vuestra, me habéis hecho nacer, pues me mantenéis, yo no quiero trabajar, yo no tengo la culpa de existir, trabajad vosotros para mí. Claro, lo que hay que hacer es entusiasmarles, que vean que los padres están contentos de trabajar y de poner las cosas cada vez más ordenadas y más bellas. Los hijos, arrastrados por este ejemplo de los padres, han de querer estudiar, trabajar, contribuir codo a codo con los demás a hermosear el mundo.
Sin embargo, también los padres ven la situación que hay en este mundo, ¡qué difícil, qué guerras!, nada más ver la televisión o ver los periódicos, ¡cuánto dolor, cuánta guerra hay, ahora mismo en Yugoslavia, en estas repúblicas que se han separado de la antigua Rusia, en África, en América, revoluciones! Claro, los padres dicen: ponemos un hijo en este mundo, ¡y cómo está el mundo -pobrecillo -, y la responsabilidad es nuestra! Esto obliga a los padres a trabajar para que en el mundo haya paz. Por eso los buenos ciudadanos tienen que estar preocupados para que haya una buena política, para ellos aportar su grano de arena para que las cosas vayan mejor de cara al futuro de sus hijos. Tienen la responsabilidad de hacer que en el mundo haya cada vez más amor entre la gente, porque si no hay amor no habrá justicia, y si no hay justicia habrá injusticia y las injusticias siempre crean guerras. Los padres tienen que ser luces de amor, lumbreras de amor, que se puede difundir para que la gente se amen unos a otros como Dios nos ama, para que haya más paz, para un mundo mejor para sus hijos.
Otra obligación de los padres es que los hijos tienen derecho a tener padre y madre, que estén juntos y den buen ejemplo de que se aman mucho, para que ellos, los hijos estén contentos. Tienen derecho a que los padres estén unidos – ¡ay estos divorcios, pobres hijos! -, tienen derecho a tener padre y madre y juntos amándose, porque tienen derecho a vivir en un clima que sea gozoso, feliz. Ya que los hemos traído, tienen derecho ellos a eso. Por eso los padres han de estar muy seguros de que se aman, de que se quieren amar, de que desean amarse siempre, se confían en la gracia de Dios que les ayude para vivir siempre juntos y amarse mucho en aras de que los hijos tengan un hogar feliz, porque tienen derecho a tener un hogar feliz. ¡Ay, pero qué difícil es todo esto, qué difícil! Podríamos decir que con las puras fuerzas humanas que tenemos cada uno, ¡qué difícil es conseguir de una manera hermosa y siempre! Por eso el sacramento del Matrimonio es para tener hijos porque si hubiera una pareja que se amara mucho pero no quisieran hijos, eso es Matrimonio nulo. Esto no es Matrimonio. El Matrimonio es que se aman, pero se aman abiertos a una paternidad responsable, si no, no es Matrimonio. Pues bien, el sacramento del Matrimonio significa – no os engañéis – que si realmente os amáis, Dios está con vosotros, y os ayudará a vencer todas las dificultades para que realmente podáis dar este ejemplo a vuestros hijos. Esta ayuda es el techo protector de teneros a vosotros unidos: padre y madre. En esto, con el sacramento, vosotros tenéis las gracias para poderlo hacer así, no por vuestras fuerzas sino por la ayuda de la gracia de Dios.
Lo mismo digo de este chavalín que hay aquí, feliz en este mundo, está contento con existir. Sentirse feliz, ya con eso, sin necesidad de hacer luchas queriendo más cosas como si le faltaran para ser feliz, con existir, abrir los ojos, ver el cielo y ver vuestra sonrisa, ya es suficiente. Aquellos que luchan, quieren el poder para tener más cosas, más riqueza, pobrecitos, no están contentos de existir, buscan cosas, buscando estas cosas pierden la paz y la alegría de existir. El que tiene la alegría de ser, de mirar y sentir que Dios está detrás de todo, tendrá muchas cosas buenas, y le harán mucho más feliz. Pero aquel que no es feliz y busca cosas para serlo, cada vez es más infeliz, porque cree que todavía le faltan más cosas. Porque éstas no hacen la felicidad, y siempre tendrá sed y siempre será un infeliz. Tener un vaso de agua fresca, ¡qué maravilla cuando uno tiene sed, qué feliz!
Ese niño tendrá muchas dificultades para entender esto y luego para encontrarse en un mundo tan difícil y decir: bueno, yo ¿qué tengo que hacer?, tengo que luchar también para sembrar la paz. Pero con sus fuerzas no lo podrá hacer. Sin embargo, en este sacramento Dios le promete, Dios está volcándose en él para darle fuerzas para que sea un hombre de bien, a pesar de todas las dificultades de este mundo y para que sea siempre- como dijimos al final, cuando encontramos un cirio que él tiene que tomar de su mano- una luz encendida de paz, de alegría y de amor en medio del mundo.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Domingo 9 de agosto de 1992 en la Iglesia Parroquial de Flores de Ávila.
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra