Todos sabéis que se ha publicado el Catecismo. Nada más publicarse ha sido el libro más buscado, más vendido en muchos países del globo, también en España. Han tenido que hacer enseguida otra segunda edición, porque se agotó la primera rápidamente y sale estos días la segunda de este libro tan buscado por la gente con deseo de leerlo, de meditarlo. Pues si leéis en él todo lo que dice de la oración, ¡qué hermoso, cuántas páginas le dedica a este quehacer del alma del Señor y oírle! Él tiene infinitas maneras de hablar en el fondo de nuestro corazón, ¡infinitas maneras!, y también de expandir todo nuestro ser ante Él, ¡qué maravilla! ¡Cuánto subraya el Catecismo precisamente la oración de contemplación, qué cosas más hermosas dice! Todos los conventos, todos los monasterios de monjas contemplativas que hay por el mundo, están en esta oración en presencia del Señor, es su dedicación más plena, es su trabajo principal, ¡qué hermoso! Ellas allí miran el mundo con ojos de Cristo, con ojos de Dios Padre, pues Cristo siempre en la oración nos lleva al Padre, siempre, ¡qué hermoso! ¡Dice que lo más importante que hay en este mundo es esta vida contemplativa!
Estas monjas esparcidas por todo el mundo desde sus monasterios escuchando la palabra de Dios, meditándola en su corazón largo tiempo, son como esta mujer del evangelio. Ana la profetisa, viendo a Jesús en el mundo, estalla en alegría y dice: esta presencia de Cristo en el mundo crecerá. Llevamos dos mil años de historia de la Iglesia, Cristo entre nosotros, ¡dos mil años!, ¿qué es eso?, nada, muy poco todavía para la historia del mundo. ¡Cuánto miles de años estuvo el mundo esperando a Jesús, al prometido, al deseado, al Mesías! ¡Cuántos miles de años quedan todavía hasta el fin del mundo, quién sabe! Es todavía la infancia de la Iglesia. ¡Cuántos continentes con tanta gente todavía no conocen a Cristo, Asia, grandes extensiones de África…! Y todavía en otros continentes que son de gran esperanza, en América, en esta vieja Europa, ha sonado el nombre de Cristo, pero ¡cuánto todavía le desconocen! Es la infancia del cristianismo, Cristo siempre es eternamente joven, queda por delante una gran extensión de años para seguir creciendo el mensaje de Cristo en la tierra. Pero esas monjas pueden decir como Ana: lo hemos visto, está entre nosotros, está creciendo ya pronto. Como dice el evangelio, crecía Jesús en Nazaret en edad en gracia y en sabiduría, allí con María y con José, padres virginales de Cristo. Como dice la advocación que los papas han bendecido y con tantas indulgencias para que las almas cristianas digan con devoción: ¡padres virginales de Cristo!
¡Qué hermoso este quehacer de las monjas clamando con sus cantos al mundo, que las oigan en todas partes; qué alegría, ya podemos morir, hemos visto al Mesías en medio del mundo y va a ir creciendo hasta llegar su nombre a todas partes y a todo corazón!
En este día de hoy en que venimos y estamos reunidos precisamente en este monasterio de monjas meditadoras, meditativas, guardadoras del mensaje de Cristo, que lo modulan, lo clavan gozosas a los que las oyen indirectamente, pero también a los que las oyen aunque uno esté lejos, porque le resuenan como campanas gozosas en el corazón estos cánticos que les oímos. Deseo que sepamos nosotros, con nuestras actividades, hacer crecer a Cristo en medio del mundo. Que nosotros, apóstoles, caminantes, sepamos ser mensajeros de este Cristo que alegra el corazón de estas monjas.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Miércoles 30 de diciembre de 1992 en la capilla del Monasterio de las monjas Jerónimas de Trujillo, Cáceres
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra