Estamos celebrando la Eucaristía en el primer domingo de Adviento, en la casa de las claraeulalias en Santo Domingo. Están reunidas todas aquí. Reunidas todas aquí, es cuando se puede decir también. es la casa de las claraeulalias.
Hemos oído de labios del sacerdote Domingo Legua el evangelio que corresponde al ciclo B de este Adviento de 1993. Estamos en vísperas de la firma solemne de la Carta de la Paz aquí en Santo Domingo. No diría yo que teníamos propuesto que fueran diez puntos, pero así son, diez puntos Como dicen los periódicos de la capital al hacerse eco de esta próxima firma: sirven para quitar obstáculos a la paz, para que pueda venir la paz. Ciertamente, pero yo ahora desearía deciros otra cosa, y consecuencia de todo ello.
Cuando una persona cruza por la calle sin tráfico, lo hace por un sitio o por otro. No se detiene porque no hay ninguna reglamentación y por lo tanto no sabe lo que tiene que hacer, si puede seguir adelante o detenerse o puede girar a la derecha o a la izquierda. Pero cuando hay circulación de coches se precisa un código de circulación y ya las cosas están claras. Uno comprende que este código es bueno, es para bien de todos y entonces ya sabe a qué atenerse. Sabe que si hace algunas cosas al margen del código de circulación, en contra, se le puede llamar la atención, cosa no podía hacerse antes. En la medida en que estos puntos de la Carta de la Paz se van proclamando, tanta gente los va firmando…y si se presentan a la ONU y se van publicando tantas cosas en tantos lugares, quiero decir que ya se puede empezar -con suavidad, con mucho cariño, mucha compresión, mucha paciencia, mucho amor- a poder decir a las personas: oye, ¿no has leído esto que tanta gente corrobora, cómo vas tú a odiar a algún presente por las cosas que sus antepasados hicieron antes? Es decir, apoyados en la evidencia, pero en estos momentos apoyada por tanta gente, tantas y tantas firmas, nos da fuerzas para decir a una persona: pero oye, ¿como haces esto?, está dicho, proclamado y además apoyado.
Ahora mismo los Lyons dicen: ¿qué podemos hacer -porque esta Carta es estupenda-, qué podemos hacer para disfrutarla en el mundo? Bueno, pues muy bien, los Lyons lo dicen, y también los Rotary, y lo dirá también, cómo no, tanta gente cristiana. ¿Cómo todavía tú, cómo todavía no eres amigo, cómo no colaboras con los demás como los chinos y los japoneses que también lo dicen?, ¿cómo tú?, y ¿cómo tú habiendo ahondado en este punto no te sientes ante todo hermano de todo otro ser humano? Luego le puedes decir: tú ¿quién eres y cómo te llamas y de dónde eres, y qué ideología tienes? Pero ante todo esto, somos hermanos, y desde aquí dialogaremos fraternalmente. ¿Cómo no ves esto, como no lo ves? Y así todos los demás puntos. Es decir, con la evidencia, pero refrendada por tanta y tanta gente en cantidad y en calidad. Bueno, luego tenemos que empezar como hacía Cristo, que se enfrentaba con valentía y llamaba hipócritas incluso a todos aquellos que no eran consecuentes con las mismas cosas que ellos creían – como eran los mismos mandamientos de Moisés- y no eran consecuentes de lo que decían, hacían y pensaban. Jesús les dice: tenéis que ver que aquí dice esto, tenéis que verlo, y sin embargo no lo hacéis.
Vendrá una época heroica de todos nosotros en que será -con mucha caridad, como os digo al principio, cariño, comprensión y paciencia y sabiéndolo decir-, de tenerlo que seguir urgiendo a las personas, porque ya lo saben y hay tantos testigos también de ello.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Domingo 28 de noviembre de 1993 en Santo Domingo, República Dominicana.
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra