Estamos celebrando hoy esta fiesta trasladada de los dolores de la Virgen María, de los gloriosos dolores de María. María que gozó tanto -como nos recuerdan los misterios de gozo en el Rosario-, y en cambio…
Precisamente con eso la Iglesia quiere subrayar que los dolores de María se han transformado en, no sólo gozo, sino en gloria además de gozo, como también nos recuerdan los misterios gloriosos del rosario. Y para que esto quede bien patente, trasladaron esta fiesta desde la Semana Santa, semana de Pasión, a otra fecha en que está cerca del final del año litúrgico, para que en un ambiente gozoso y apacible vivir esta escatología del cristianismo, ponerla ahí para que nos demos bien cuenta que esos dolores, una vez pasados, una vez asumida Ella, una vez Asunta al Cielo, todo es luz, todo es gloria. Además, hoy nos coincide con el día del Señor, o sea, miel sobre hojuelas. Los motivos se suman, se multiplican para hacer de hoy un día verdaderamente alegre celebrando esta festividad mariana.
En el Evangelio de san Marcos de hoy, Cristo pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Y lo que dice la gente ya es algo muy de alabanza: un Elías, un Juan Bautista, un profeta, un gran profeta… O sea, ya dicen la gente, vista su doctrina, vista su predicación, vistos sus milagros, visto el ejemplo de su vida, ¡oh, ya dicen, ya, que es algo muy grande! Pero no aciertan; es como aquel que tira el dardo al blanco en un pub inglés, y da dentro del círculo, pero no da en el circulito justo de la diana. Y entonces Jesús les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro, más impulsivo y también portavoz de los demás apóstoles, contesta: Tú eres el Mesías.
Nos podía parecer en este momento que Pedro había dado justo en el centro, que había dado en diana. Y no, tampoco. Jesús recoge esta respuesta y pasa a explicarles cosas. Ciertamente era la mejor respuesta que podían dar el género humano en aquel momento. Y san Pedro, portavoz de todos los apóstoles, portavoz de todos los discípulos, portavoz de todo el género humano, dio la mayor respuesta posible que podían dar; no solamente un Elías, un Juan Bautista, un gran profeta. No. Jesús era el mismísimo Mesías.
Pero Jesús, contento de ver que su discípulo, cabeza del colegio apostólico, san Pedro, había dicho lo que más podía decir -no cabía posibilidad de que dijera algo más-, a partir de ahí empieza a explicar. ¿A explicar qué? Empieza a explicar lo que va a pasar. Eso es un don profético, o sea, poder predecir lo que va pasar con exactitud, es un don del Espíritu Santo que da a veces a algunos de los profetas. Con lo cual demuestra que sí, que es un profeta. Pero después explica más, explica que lo van a matar, que lo van a juzgar y lo van a matar, lo van a elevar en alto, con lo cual se está declarando que Él ciertamente es aquel profetizado por Isaías, el Mesías que Isaías describe tan bien 800 años antes lo que le iba a pasar: que quedaría como un gusano irreconocible de las bofetadas, las afrentas, las heridas,… todo en la cruz, y sin embargo no le quebrarían ningún hueso, cómo se jugarían sus vestidos a suerte, etc.
Él, diciendo que le va a pasar todo eso, está señalando que tiene razón, que Él es aquel profetizado de Isaías, es decir, Él es el Mesías. Pero no acaba aquí la explicación de Cristo, Cristo sigue. Y les dice que va a resucitar al tercer día. ¡Ah amigo!, eso ya es totalmente nuevo, esto ya es decir que es algo más que el Mesías, es el Hijo de Dios hecho hombre. Esto es nuevo, y esto Pedro ni nadie lo podían decir.
Pero frente a esta alegría que podían haber tenido al escuchar esta segunda parte, Pedro le llama aparte y le afrenta, como dice el Evangelio, le increpa. Le dice que no, que no puede ser que pasen todas estas cosas, que no debe dejarse que le cojan, que no debe permitir que le maten, que ellos no lo van a permitir, etc. Jesús entonces le dice: calla Pedro, no sabes lo que te dices, tú quieres desviarme de mi camino. Con lo cual queda claro que Pedro, en la respuesta que había dicho antes, era muy buena, era lo máximo que podía decir, pero no veía la transcendencia que después Jesús le da. No la ve, no la entiende, y como no la ve ni la entiende, pues no la acepta; y como no la acepta, trata de evitar lo que ha dicho Jesús en la primera parte. Es que Jesús no sólo dice aquí: soy profeta, soy el Mesías, soy el Hijo de Dios, el Unigénito, el increado, el bien amado, el que resucitará por su propia fuerza, el que os abre de par en par el Cielo, el que os reconquista y os perdona para que volváis a ser hijos de Dios Padre, que en mí seréis hijos de Dios también. Ésta es la Buena Nueva.
Y sabiendo esto, cómo la Virgen en medio de sus dolores colabora. Ella sí que entendió, ella sí que no apartó a Jesús de su camino, ella sí que se fue detrás de Él y padeció con Él, y padeció lo máximo que podía padecer, porque para una madre es peor ver morir a su hijo que morir ella misma, es su máxima cruz. Ella sí, no como Pedro ahora. Ella lo entendió. Y entonces, entendiéndolo, cómo no iban a convertirse sus dolores verdaderamente en raudales de luz y de gloria, precisamente la fiesta que celebramos hoy.
Pues bien, pidamos nosotros a la Virgen María, y cómo no, por mediación de san Pedro, que a estas horas también lo entiende muy bien -lo padeció en su misma carne-, pues que, por intercesión de san Pedro, la Virgen María nos alcance que, en medio de los dolores, sepamos percibir ya la eclosión del gozo glorioso del reinado de Cristo sobre todas las cosas.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 15 de septiembre de 1985 en Barcelona