Es hermoso hacer esta fiesta de la Virgen de Montserrat. Los liturgistas han escogido precisamente ese texto de la visita de la Virgen María a su prima santa Isabel, caminando por las montañas.
Es hermoso ese texto de Evangelio de la visita a su prima santa Isabel a través de las montañas.
Hay una documentación, muy interesante biografía del siglo pasado, de una mujer muy buena, muy piadosa y muy santa. Una biografía que hace de san José, y dice que, aunque los textos bíblicos no lo señalan porque su intención era otra, claro que san José acompañó a María en este viaje a santa Isabel. Es absolutamente inconcebible que una persona como María, joven de 16 años, emprendiera sola aquel largo viaje a través de los campos y a través de las montañas para visitar a su prima santa Isabel. Eso no entra dentro del contexto de las costumbres de aquellos tiempos. Tendría que ir acompañada de alguien, de algún varón -ella ya estaba desposada con san José, ella ya había pasado unos meses o algún tiempo-. De manera que san José, que tan silencioso es, tan silenciado es por las sagradas escrituras, pero es indudable que la acompañó. Este texto de esta biografía piadosa de san José, pero con clarividencia, nos modifica un poco nuestro pensar inconsciente de esta imagen; siempre imaginamos a María caminando sola por las cumbres y las montañas, el viento llevándose un poco el extremo de su manto azul, ella corriendo presurosa. Pues sí, realmente esta autora nos hace caer en la cuenta de que, junto a ella, emocionado también, acompañándola a esta visita de familia -que se hubieran extrañado muchísimo de que llegara María sola-, llega con su esposo san José a felicitar. Y no solamente ella ayudó a santa Isabel, san José también ayudaría entonces a aquella casa todo lo que fuera menester, a Zacarías, bastante más anciano, etc. Bien, pues esta pequeña nota de qué hermoso que hayan escogido este pasaje para esta fiesta. Y segundo, añadamos cuando pensemos, meditemos en este pasaje, que la figura de José acompaña a María también en esta escena.
Volvamos, porque es un regalo de hoy a lo que estábamos diciendo al principio de la misa. ¡Qué hermoso es que la fiesta cuando termina no sea terminar y marcharse, sino sea terminar con una fase última de dejar el lugar donde se ha celebrado más en orden y más embellecido que antes de empezar la fiesta! Es que, para los que habéis llegado ahora, hemos quedado desolados al ver una fiesta que hubo ayer noche en este patio, que ha dejado toda esta basura. Eso no es una fiesta buena. Una fiesta que deja basura no es fiesta. Las fiestas deben dejar un reguero de luz, deben dejar una estela maravillosa como un barco en el mar. Sólo un mensaje de espuma maravilloso. Cojamos este concepto.
Las fiestas tienen varias partes. Un primero proyectarlas. Después una preparación. Luego invitar a la gente. Luego recibirles con alegría. Luego servirles y atenderles con todas las obras de misericordia. Luego estar felices juntos, reunidos, viéndose, intercambiando tantas cosas, cantando. La fiesta es el summum de toda la actividad del hombre. Luego hay que hacer unas despedidas, no eso de que cada uno se va así, sin despedirse: con despedidas, con el deseo de volverse a reunir, de volver a hacer fiesta. Pero tiene que haber una gente que dejen todo en orden, resplandeciente y más bello el lugar. Que, si viene alguien después, diga: ¡oh, aquí se ha celebrado una fiesta! Pero no porque se vea cómo está este patio, sino porque qué hermoso ha quedado, el perfume está en el aire todavía. Hay una pátina en las cosas que ha embellecido todo: ¡se celebró una fiesta, ¡qué hermoso! Ésta es la buena fiesta. Entonces, una fiesta que no termina así, es que queda decapitada, eso es una fiesta decapitada, no tiene cabeza. En cambio, si todo queda bellísimo y como un símbolo de que estamos tan contentos de estar en fiesta, que ofrecemos ese lugar embellecido, empapado de fiesta, queda ofrecido y a punto para que vengan otros, y hagan también su fiesta. Si no, es una fiesta truncada, lo cual quiere decir que es una fiesta que en vez de causar gozo profundo a los que han asistido, como está decapitada, por ahí se desangrarán, y esta fiesta no habrá servido nada más que para avanzar un poco más hacia una muerte amarga. Si se dejan todas las cosas bien ordenadas y bien hermosas, el ánimo queda dispuesto para otra fiesta.
Yo diría, y con eso termino, que, si hacemos fiesta en el Reino de Dios aquí en la Tierra dejándolo bien, eso es camino, escalón a escalón, fiesta a fiesta de la Fiesta del Cielo. Es decir, si lo dejamos bien, el Cielo vendrá a transformar todas las cosas, a renovar todas las cosas y a hacer de ese mundo renovado la auténtica, eterna y total Fiesta. También el Cielo se ha de encarnar en nuestro cielo aquí; como la gracia se ha de encarnar en la humanidad, la gracia se encarna en lo humano, el Cielo se ha de encarnar en la fiesta. Pero, así como la gracia no se puede encarnar en un corazón que odia, la fiesta del Cielo no se puede encarnar en unos ámbitos de fiesta como éste de aquí fuera. Queda rechazado, el odio rechaza la gracia, y esto rechaza que otros vengan a hacer de este sitio una fiesta más grande. Tiene que pasar por la penitencia de que haya unas almas buenas que vengan aquí y se sacrifiquen sin haber estado ni participado en la fiesta, sino por pura generosidad, incluso a éstos que hicieron la fiesta y que tampoco se han preocupado de ser hombres dignos; tienen que hacer la penitencia las pobres mujeres de la limpieza, o quién sabe quién, de barrer aquí lo que los otros escupieron. ¡Por favor! Dejemos las cosas preparadas para poder hacer nosotros y otros con mayor gozo y alegría. Es así como el Cielo, escalón a escalón, también se va encarnando en nuestro corazón. Y entonces se nos irán abriendo los ojos cada vez a mayor luz, y la fe se nos hará más sencilla. Iremos escalando la fe, de fiesta en fiesta, pero de buena fiesta, de fiesta bien completa, con cabeza y todo, sin quedar truncada. Y así conservará toda la fuerza de la sangre en el corazón.
¡Es que es tan importante eso de la fiesta! Mirad, cuando tanto insistimos, sin razones, es algo de fe, es misterioso, pero es. Levantaos a las siete. El nacer no está en nuestra mano. Hemos nacido cuando hemos nacido. Si aceptamos el hecho de existir con alegría, no hemos escogido nosotros el momento de nacer. Levantarse a las 7, cuando toca, es señal de abrazar con alegría la existencia que tengo, que me empieza cada mañana. No está en nuestras manos levantarme a las 7 o a las 8 o a las 9. No. Es a las 7. Nacemos, ¡qué alegría!, juntos, además, ¡qué hermoso!, ¡qué signo de abrazar la vida con gozo!
En cambio, sí que está en nuestra mano pegarnos un tiro, o hacer imbecilidades, con lo cual nos hacemos el hígado polvo y nos morimos antes o morimos después. Bien. Por lo tanto, sí que está en nuestras manos irnos a dormir a una hora o a otra. Y podemos hacer también muchas imbecilidades en este asunto, y no es que las podemos hacer, las hacemos. Pero relacionado esto con la fiesta, la gente que hace fiesta y la quiere apurar, y no quiere terminarla y ya se van porque ya no pueden más, porque ya se están cayendo de sueño, o por borrachos desgraciadamente, ¡qué visión tan negativa de la vida! Es aquéllos que realmente, dos cosas: no tienen fe, no esperan nada detrás, entonces quieren prologar la fiesta, que es como un signo de querer prologar la vida porque es tétrico después; como no esperan nada, prolongan la fiesta hasta las últimas horas de la noche hasta que ya no pueden más porque están, cuanta más fiesta, más desesperanzados. Cuando la inician, ¡todavía!, pero cuanta más fiesta, más desesperanzados, y más la quieren prologar para agotar así los últimos residuos de alguna posibilidad de existir o de tener alguna pequeña satisfacción. ¡Qué pena dan esta gente! Pero es que, aunque no sea así, no solamente no están con fe en que puede volver la fiesta, que puede venir otra fiesta todavía más grande; es que ni siquiera se preocupan de los demás que están detrás de ellos, aunque no crean en nada, aunque sean ateos, pero son tan egoístas que apuran lo suyo y no quieren reducir un poco de lo suyo para dejarlo bien preparado para que otros también puedan tener fiesta; o sea, que además es un signo de un egoísmo total, de estrujar yo lo que pueda, y ahí se queda eso, y que los que vengan detrás que se apañen: ¡qué falta de fe, qué falta de humanidad!
Y no. La hora de terminar la fiesta está en nuestras manos. La Cena Hora Europea se acabó a las 11, y así todo el mundo se va a dormir. O sea, está en nuestras manos acabar la fiesta, y acabarla en el momento en que, no la acabamos porque se nos acaba el gas y cada vez estamos más desesperados; se acaba en el culmen de la alegría, y se acaba cuando queremos para que haya un tiempo, unas energías, y que sean esas energías la manifestación de este culmen de alegría para dejarlo todo bien preparado, porque no estamos desesperados, porque sabemos que volveremos a tener fiesta aquí y eternamente. Y aquí, por lo menos, para dejarlo también preparado para que otros también puedan tener fiesta.
Así, no hemos que tener en nuestra mano el despertar. Es un signo abandonarnos en los demás al dormir, y que nos despierten, y nos levantaremos cuando nos despierten a esta nueva vida del día de hoy. Pero sí está en nuestra mano, en cambio, saber morir a tiempo por la noche para dejarlo todo hermoso, que nuestro paso por el día, nuestro paso por la vida deje una huella maravillosa.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 27 de Abril de Alfredo1985 en la capilla de la Universidad de Barcelona