Jn 13, 1 – 15

Hoy es el día del amor fraterno en que deseamos que en el mundo, la gente, se ame en vez de odiarse. Que la gente piense en los demás en vez de en sí mismo. Parece que esto tendría que ser sencillo cuando tantas cosas nos incitan a amar a los demás ante el miedo a la soledad y a quedarnos solos. ¡Qué triste es quedarse solo! ¡Qué triste es estar en el mundo ensimismado y viendo que si uno se muere a nadie le importa! Decía un psicólogo que si una persona llega a sentir que nadie se preocupe por su muerte, que nadie sienta que ella viva o muera, que esto es una de las causas de los suicidios. ¿Para qué vivir?

Uno necesita sentir que hay cariño entre todos. Es una necesidad. Es tan frecuente encontrar personas a las que uno quiere bien porque hay lazos de simpatía y de amistad. Además, es mucho más hermoso amar que tener resentimientos, que odiar; es más alegre, es más hermoso.

Todo esto: el miedo a la soledad, el aprecio que surge hacia otras personas espontáneamente (alegría para el corazón)… resulta que ha de ser misteriosamente difícil porque ¡cómo se odia la gente, cómo están unos contra otros siempre zahiriéndose, con ironías que arañan, que hacen sangrar, que duelen que alejan a las personas unas de otras! Y si esto se da a nivel pequeño, familiar, de vecinos, pues a un nivel más grande produce guerras.

¿Cómo, pareciendo que amar es más hermoso y más fácil, nos empeñamos en lo que es más difícil y que no es amar? ¡Qué misterio! Pues bien, hoy es el día en que desearíamos hacer este cambio en nuestro corazón, amarnos los unos a los otros.

Hace dos días estaba yo parado en una carretera e íbamos a marchar con el coche. Éramos cuatro personas y cabía otro. En eso llegaron unos muchachos cargados con sus mochilas. Yo les dije que tenía un sitio para coger a uno, incluso con una mochila grande. En este grupo había una chica, y la galantería pudo, y dijeron que fuera la chica. Muy bien. Entonces yo les ofrecí una solución ya que yo sabía que había otra furgoneta que podría recoger a tres pues también iba muy completa. Les dije que si esperaban, si tenían paciencia, cabrían tres más en esa furgoneta donde ya iban cuatro. Ellos encontraron que eso era una buena solución ya que era el atardecer y no eran horas fáciles como para hacer auto stop durante mucho tiempo. Dijeron que sí. Pero uno de ellos dijo una palabra muy grosera que no puedo repetir ahora. Yo me quede verdaderamente triste porque se les ofrecía la posibilidad pensando en el que estaba más cansado, o era más joven… Yo pensé que ese grupo no vivía en un reino de caridad, de amor de unos a los otros. El que había llegado primero o era el más fuerte quería aprovechar la primera ocasión que se presentara y que los demás se pudrieran, se chincharan. No miraban por los demás. Me quedé tristísimo. Porque si aquellos muchachos vivieran en el Cielo se habrían planteado quién era el que menos podía andar o al menos dolerse de que uno tuviera que caminar. No viven en el reino de la caridad.

Esta solución de Cristo, que sigue siendo la única permanente, eficaz, será la solución a todos los problemas del mundo: que nos amemos los unos a los otros. Pero no de cualquier manera, no meramente con nuestras pobres energías que se cansan de amar. Nuestro corazón se cansa de correr, de trabajar, de amar, por tanto, no vale. Hemos de procurar amarnos los unos a los otros con esta fuerza misteriosa que Cristo señala: como el Padre me ama a mí y yo os amo a vosotros. Vemos muy claro cómo Jesús, un hombre, verdadero hombre, nos ama a nosotros. No dudó en sacrificar su vida. Podía no haberlo hecho, haberse dedicado a trabajar tranquilamente en Nazaret con su taller, bien querido, bien visto… y no, se lanzó a predicar esta solución. Podía haberse escabullido, podía no haber dado la cara, podía haberlo hecho en un tono menor. No. Lo hizo jugándose el tipo, jugándose la cara, jugándose la vida.

Así es como nos hemos de amar los unos a los otros, no con nuestro pobre corazón que se cansa, sino amando tanto que estamos dispuestos a dar la vida por los otros. Y sí damos la vida los unos por los otros, cuánto más tendremos que estar dispuestos a dar nuestro tiempo, que es nuestra vida, nuestros minutos, nuestras horas, nuestras energías, nuestra inteligencia… darnos en todo a los demás. Sí hemos de estar dispuestos a darnos, a dar todo el contenido de nuestra vida… compartir, dar nuestro sacrificio minuto a minuto.

Esto es hermoso, da gozo, alegría. Pero en esta imitación que hemos de hacer de Jesús hay todavía un trasfondo más difícil. Porque Él dice que nos amemos los unos a los otros como Él nos ama, que da la vida por nosotros.

Sí, pero hay mucho más. Da la vida por nosotros en unos momentos en que Él mismo (nos lo dirá después en Getsemaní y poco después en la cruz), se siente abandonado de este Padre que le ama. Pero yo os amo a vosotros (como el Padre me ama a mí, yo os amo a vosotros) aunque en algún momento no note que Dios Padre me ama a mí. Seguir amando y seguir dispuesto a dar la vida aunque todo sea negro, aunque no sienta ni el amor de Dios ni el amor de los demás. Sin embargo, hay que seguir amando con fe oscura, dándose y dando también la vida.

Alfredo Rubio de Castarlenas

 

Homilía del 4 de abril de 1985, en el Monasterio de Sant Jerónimo de la Murtra
Del libro «Homilías. Vol. I 1985-1995», publicado por Edimurtra

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