Mc 8, 27 – 35

Estamos celebrando hoy esta fiesta trasladada de los dolores de la Virgen María, de los gloriosos dolores de María. María, que gozó tanto – como nos recuerdan los Misterios de gozo en el Rosario – y en cambio… Precisamente la Iglesia, con eso, quiere subrayar que esos dolores se han transformado no solo en un solo gozo sino en gloria, además de gozo – como también nos recuerdan los misterios gloriosos del rosario-. Para que esto quede bien patente, trasladaron esta fiesta de Semana Santa – semana de Pasión- a otra fecha cercana al final del año litúrgico. Así, en un ambiente gozoso y apacible de vivir esta escatología del cristianismo, nos damos bien cuenta de que en esos dolores – una vez pasados, una vez Ella Asunta al Cielo- todo es luz, todo es gloria. Además hoy nos coincide con el día del Señor, o sea, miel sobre hojuelas. Los motivos se suman, se multiplican para hacer un día verdaderamente alegre celebrando esta festividad mariana.

En el Evangelio de San Marcos de hoy Cristo pregunta: ”- ¿Quién dice la gente que soy yo?”. Lo que dice la gente ya es algo muy de alabar: un Elías, un Juan bautista, un profeta, un gran profeta. O sea, la gente ya dice – vista su doctrina, su predicación, sus milagros, el ejemplo de su vida- que es algo muy grande. Pero no aciertan. Es como aquel que tira el dardo al blanco en un pub inglés y da dentro del círculo, pero no da en el círculo justo de la diana. Entonces, Jesús les pregunta: “ – Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?“.

Pedro ,más impulsivo y también portavoz de los demás apóstoles, contesta: “Tú eres el Mesías”.

Nos podía parecer en este momento que Pedro había dado justo en el centro de la diana. Y no, tampoco Jesús recoge esta respuesta y pasa a explicarles cosas. Ciertamente era la mejor respuesta que podía dar el género humano en aquel momento. San Pedro, portavoz de todos los apóstoles – de todos los discípulos, de todo el género humano- dio la mayor respuesta posible que podía dar: no solamente un Elías, un Juan bautista, un gran profeta. No, Jesús era el mismísimo Mesías.

Pero Jesús, contento de ver que su discípulo, cabeza del colegio apostólico, había dicho lo que más podía decir – no cabía posibilidad de que dijera algo más-, empieza a explicar. ¿A explicar qué? Lo que va a pasar. Eso es un don profético, o sea, poder predecir lo que va pasar con exactitud es un don del Espíritu Santo que da a veces a algunos de los profetas. Con lo cual demuestra que sí, que es un profeta. Pero después explica más: que lo van a a juzgar, lo van a matar y lo van a elevar en alto. Por tanto, se está declarando que Él ciertamente es aquel Mesías profetizado por Isaías 800 años antes y que quedaría como un gusano irreconocible de las bofetadas, las afrentas, las heridas… pero que, sin embargo, no le quebrarían ningún hueso.

Él, diciendo que le va a pasar todo eso, está señalando que tiene razón, que Él es aquel profetizado por Isaías: Él es el Mesías. Pero no acaba aquí la explicación de Cristo. Cristo sigue. Y les dice que va a resucitar al tercer día. -¡Ah amigo!, eso ya es totalmente nuevo, eso ya es decir que es algo más que el Mesías: es el Hijo de Dios hecho hombre.

Esto es nuevo: ni Pedro ni nadie lo podía decir.

Pero frente a esta alegría, que podían haber tenido al escuchar esta segunda parte, Pedro le llama aparte, le alienta- como dice el Evangelio- y le increpa. Le dice que no puede ser que pasen todas estas cosas, que no debe dejarse que le cojan, que no debe permitir que le maten, que ellos no lo van a permitir, etc. Jesús entonces le dice: -Calla Pedro, no sabes lo que dices, tú quieres desviarme de mi camino.

Con lo cual queda claro que Pedro, en la respuesta que había dicho antes, -que era muy buena, era lo máximo que podía decir- no veía la trascendencia que después Jesús le da. No la ve, no la entiende y como no la ve ni la entiende, pues, no la acepta. Como no la acepta, trata de evitar lo que ha dicho Jesús en la primera parte. Es que Jesús dice aquí: soy profeta, el Mesías, el Hijo de Dios, el Unigénito, el Increado, el Bienamado , el que resucitará por su propia fuerza, el que os abre de par en par el Cielo, el que os reconquista y os perdona para que volváis a ser hijos de Dios Padre ya que, en mí, seréis hijos de Dios también. Esta es la Buena Nueva.

Sabiendo esto, la Virgen en medio de sus dolores colabora. Ella sí que lo entendió: no apartó a Jesús de su camino, se fue detrás de Él y padeció con Él lo máximo que podía padecer (porque para una madre es peor ver morir a su hijo que morir ella misma: es su máxima cruz). Ella sí lo entendió, no como Pedro aquí. Así, entendiéndolo, ¡cómo no iban a convertirse sus dolores verdaderamente en raudales de luz y de gloria! (precisamente la fiesta que celebramos hoy).

Pues bien, pidamos a la Virgen María, y cómo no, por mediación de san Pedro -quien a estas horas también lo entiende muy bien ya que lo padeció en sus mismas carnes – que sepamos (en medio de los dolores) percibir ya la celebración del gozo glorioso del reinado de Cristo sobre todas las cosas.

Alfredo Rubio de Castarlenas

 

Homilía del domingo, 15 de septiembre de 1985, en Barcelona.
Del libro «Homilías. Vol. I 1985-1995», publicado por Edimurtra

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