Queda un grado más de humildad todavía sobre lo que veíamos en otra homilía sobre el realismo existencial. ¿Cuál es?. Os doy un ejemplo para poder entender un poco esto. Imaginemos que hay un hombre que tiene unas fábricas maravillosas que producen unos productos estupendos para la gente de un país. Entonces por una ventanita que hay en medio de la montaña en que se ve esta fábrica, la gente, los camiones, los productos, etc, una persona que no es de ese país, incluso como un extraterrestre que pudiera estar viendo esto, dijera: ¡qué maravilla, qué inteligencia montar esta fábrica, qué productos tan extraordinarios tan oportunos para toda esa gente!
Como es un extraterrestre, alaba esos productos a él no le sirven para nada. Alaba todo lo que ve sin que a él no le vaya nada, o sea, no va a sacar ningún bien y aún así lo hace porque lo que ve es digno de ser alabado. Un extraterrestre que no tenga pies, pues para qué va a querer zapatos, para nada. Pero alaba porque lo que ve, lo que ocurre, ve el amor de este fabricante por satisfacer las necesidades de unas gentes y hacerlo bien y hacerlo asequible… es digno de ser alabado.
Pues bien, el grado de humildad que necesitamos para ser tierra buena es el que seamos capaces de alabar a Dios, glorificarle por todo lo que ha hecho, la Creación, por todo lo que ha hecho de redimirnos, aunque todo esto a nosotros no nos causara ningún beneficio. O sea, no le alabamos porque nos es bueno sino porque eso es bueno en sí, aunque sea innecesario, inútil para nosotros. Porque si lo alabamos porque es bueno para mí, estamos atados con un hilito al egoísmo, a un amor que llamábamos de concupiscencia, es decir, que amo esto porque es un bien para mí.
Glorificar a Dios, darle gloria es un paso más: es que se merece que lo alabemos aunque no fuera un bien para mí; lo hacemos por puro amor de benevolencia. Mientras no seamos capaces de alabarle por Él mismo, no hemos dado el salto a la verdadera humanidad. Solo es humilde del todo el que es capaz de glorificar a Dios por Dios mismo, porque Él es grande, porque Él es bueno. Es lo que se ha leído aquí. “El Señor es bueno, día tras día te bendeciré y alabaré tu nombre por siempre jamás; grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza.” Dice: “Que todas tus criaturas te den gracias, que te bendigan tus fieles, que proclamen la gloria de tu reinado, que hablen de tus hazañas. Explicando tus hazañas, la gloria y majestad de tu reinado, tu reinado es perpetuo, tu gobierno va de edad en edad.” No habla para nada de que le alabemos porque es bueno para nosotros sino porque Él es grande, Él es digno de ser alabado. Si voy al Museo del Prado alabo las Meninas de Velázquez porque es un cuadro sensacional. No es mío ni me da ningún beneficio. El beneficio es únicamente contemplar tanta maravilla. Pero no es mío ese cuadro, no lo puedo vender, no puedo sacar dinero de él. Lo alabo porque es digno de ser alabado. Bueno, entre ese cuadro y Dios, ya me diréis. Ésta es la humildad: quien sabe glorificar a Dios porque se merece ser glorificado, sin más, y alcanzar este amor de benevolencia, ésta es la humildad.
Se podría añadir también, siempre ocurre, que esto es pauta para nuestra actuación en el mundo, es decir, cuántas veces unas personas elogian a otras, pero en general los hacen porque son un bien. Es un gran escritor, ¡cuánto he aprendido con su libro!, o bien; esta persona, ¡qué buena persona es!, me enriquezco con su conversación. La mejor alabanza, la que muestra nuestra humildad es saber alabar a las personas, a los amigos, o lo que sea, porque son excelentes al margen de que eso sea un bien para mí. Tanto si saco un beneficio como si no. La alabo porque es digna de ser alabada en esto que ha dicho, en esto que ha hecho, aunque a mí no me produzca ningún beneficio.
Cuando hablan las personas unas de otras, qué pocas veces el elogio es límpido de amor de benevolencia sin mezcla de concupiscencia, pues se habla bien porque esa persona, de alguna manera, es un bien para mí. Está bien, pero no es glorificar.
Eso pasa cuando una persona se muere. Ésta ya es un bien para uno, entonces es cuando los elogios al muerto son pura gloria, porque ya no puede hacer nada por uno ni le puede enriquecer ni nada. ¡Qué pena que sólo se emplee este amor de benevolencia cuando las personas se han muerto! Porque entonces sería mucho más Reino de los Cielos. Es como decir: si no es un bien para mi, no gasto saliva en alabarle con benevolencia, lo haré si saco provecho de él, pero si no le saco provecho no vale la pena que yo me gaste en glorificarle.
Yo diría que eso es más fácil en los padres hacia los hijos; saben que de los hijos van a sacar poco, porque para cuando puedan ser productivos en lo intelectual, en lo material, el padre se habrá muerto. Entonces las alabanzas que hace al hijo son más desinteresadas, son sinceras, son de glorificarle porque no espera nada. Es decir, no siempre es así, pero quizá se da más en las alabanzas de los padres a los hijos cuando son verdaderas, sinceras y fundamentales.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía del Viernes 9 de Septiembre de 1988 en Barcelona
Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra