… para abrirnos la sacristía, me preguntaba: ¿y está muy diferente todo esto de cuando tú viniste a celebrar tu Primera Comunión aquí? Bueno, bueno, evidentemente hay unos mármoles, los púlpitos están guardados; sí, sustancialmente el lugar es el mismo, la figura de Cristo es igual después de que pasaron todas estas cosas de las guerras; este altar, ciertamente aquí no estaba, el altar estaba aquí detrás; en el presbiterio donde hay unas escaleras, y quizás estaban aquí, donde estaba mi reclinatorio que recuerdo, rojo, la silla detrás y yo aquí solo presenciando la Eucaristía y con mucha emoción esperaba el momento de recibir la Primera Comunión. Mis familiares tan devotos del Cristo de Balaguer todos estaban sentados aquí, donde estas jóvenes a mi lado; yo los podía mirar de reojo, y yo quizás estaba aquí.

 

Ciertamente yo, que tenía 8 años, hablaba con la madre abadesa, y ahora en julio, días más, día menos, tenía 8 años; ahora, día más o día menos, tengo 76, 76 menos 8 son 68 años, pues hace 68 años.

 

Pues tengo que decir en mi vejez que, si hice el esfuerzo de venir hasta aquí para celebrar esta Eucaristía con tanta emoción y gozo después de estos 68 años, cuando los médicos me han dicho que me puedo morir en cualquier momento de repente, pues he venido ahora que puedo todavía a dar gracias celebrando yo la Eucaristía aquí por aquella Primera Comunión. Tengo que decir con toda la humildad, pero también con toda la sinceridad de mi corazón que he sentido a lo largo de mi vida la mano poderosa y a veces cariñosísima de Dios Padre, la compañía de aquel hermano grande que es Jesucristo y la presencia del Espíritu Santo, invisible pero real en tantos acontecimientos de la vida. Después de los 20 años, después de ejercer años la medicina, la vocación, llegando ya mayor, 34 años, al altar. Y después todos los apostolados que he hecho por América, por Europa, haber podido alentar más de 150 sacerdotes diocesanos –algunos se han hecho religiosos–, y ahora no me queda más que prepararme para decir a Dios cuando me esté muriendo: “truca el sostre” que me separa de lo transcendente, de la tierra al Cielo, “truca” allí Dios mío, yo desearía que nosotros nos mantuviésemos en la existencia resucitados, como has prometido en tu Revelación, lo desearía, lo deseo, sencillamente para poder continuar seguir amándote, de verdad.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 2 de Julio de 1995 en el Santuario del Santo Cristo, en Balaguer, Lleida

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