(Lc 19, 1 – 10)  

 

Encontramos a una persona que por escuchar y ver a Jesús no tiene miedo de hacer el ridículo siendo, además, un hombre conocido, un jefe que cobra los impuestos. Imaginad ahora aquí al delegado del Gobierno en la delegación de Hacienda de Barcelona. Pues ellos lo conocían quizá un poco por hacer el ridículo y subirse a un árbol como si fuera un niño pequeño. Pero como no era demasiado alto, era la única manera que tenía de verle bien. Sin embargo venció esta sensación de ridículo. Recordad a aquellos fariseos que se ponían en las esquinas y con túnicas largas con filacterias para hacer como algo estético. Pero este hombre salta, brinca, trepa al árbol para ver a Jesús. Efectivamente Jesús se da cuenta, cómo no, y le dice: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.” Baja deprisa: eso quiere decir que le había costado un poco subirse en aquella rama de aquel árbol, de manera que tenía que darse un poco de prisa para bajar y llegar a tiempo. Bajó contentísimo de que Jesús- aquel profeta-, quisiese entrar en su casa. Él que estaba considerado por sus hermanos judíos – él era hijo de Abrahán también – un traidor porque estaba a sueldo y trabajaba precisamente para el imperio romano cobrando los impuestos. Él nunca se hubiera podido esperar que aquel profeta de Israel quisiese entrar en su casa, hospedarse en su casa. ¡Qué alegría, qué sorpresa! Pero él reaccionó muy bien, tanto que, cuando Él estuvo en su casa, tocado por aquel gesto de Jesús que hablaba naturalmente de justicia de paz, le dijo: “Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.” Quizás él sabía que eso no era sólo a una persona, sino quizás a varias porque él, cobrador de impuestos, qué trampas hacía para hacerse rico precisamente a costa de eso. Esta postura era suficiente por parte de Zaqueo; demostraba conversión sincera, entrega y arrepentimiento. Además, se quedaba con la mitad de sus riquezas, pues era rico y seguramente tendría suficiente con la mitad para vivir él, su mujer y sus hijos desahogadamente. 

 Jesús da, de momento, por buena esta iniciativa, después más tarde seguramente le pida más, quizá dejarlo todo, su cargo, la otra mitad de sus riquezas, familia, en la medida que ésta fuese un obstáculo para que le siguiese. Pero entre el ahora y el después tiene que pasar un tiempo prudencial para que vaya madurando, para poder sentir un nuevo grito de Jesús y tener fuerzas para seguirle y estar su alma madura para recibir el Espíritu Santo, que le haga capaz de dejarlo todo para seguirle.  

 Qué escándalo produjo eso entre los judíos que seguían a Jesús en aquella multitud; ¿cómo puede ser eso?, quizá no es un verdadero profeta. Porque si lo fuese, cómo se atrevía a entrar a comer en casa de un impuro por sus pecados. Porque ellos tenían buen cuidado de no entrar nunca en casa de una persona a la que consideraban impura por ser pecadora pública y mucho menos sentarse a su mesa, ni siquiera tocarle, como hacen aquellos en la India que nunca tocan a un paria, pues quedarían contaminados. ¡Cómo puede entrar en casa de éste!  

 Jesús tiene una respuesta al escándalo de la gente: “Yo no he venido a salvar a los que están sanos, he venido a salvar a los que están enfermos”. Él es un impuro, un pecador; precisamente ha venido a salvar a los pecadores. ¿Vosotros que creéis que sois muy santos, no tenéis necesidad de mí? Eso también era una ironía deliciosa, porque claro, éstos, llenos de soberbia y de orgullo, eran los enfermos y ciertamente Jesús vino a ellos y dio su sangre a estos fariseos. En cambio este buen hombre, Zaqueo, que decían tan pecador, quizá sí tenía pecados, pero estaba bien arrepentido. Éste precisamente era el que, en aquellos momentos, estaba más lleno de salud.  

 Este evangelio nos tiene que hacer pensar: ¿nosotros hacemos esfuerzos para subirnos al árbol?, ¿Qué quiere decir?. No quiere decir subirnos a un árbol para ver a Jesús, no es necesario, pero podemos subir a nuestra habitación a estar en soledad y silencio para contemplar bien en nuestro corazón esta presencia de Jesús que se prolonga desde la Eucaristía. Subamos a nuestra habitación, esperemos allá que llegue Jesús como esperaba él que pasase la comitiva cerca. ¿Sabemos hacerlo, sabemos escuchar este deseo de Jesús que quiere ser huésped en nuestra casa? Realmente, ¿le abrimos el corazón de par en par para que venga a reposar, a estar con nosotros, a decirnos que es nuestro amigo y desea que nosotros lo seamos de Él? ¿Sabemos abrir el corazón de par en par como hizo este hombre con las puertas de su casa? Además, sin que Él nos lo diga demasiado, ¿sabemos tomar esta iniciativa de decir: sí, yo he faltado a alguno. Iré corriendo a darle cuatro veces más, es decir, a darle no solamente lo que le hice de mal y darle bien, sino ofrecerle mucho más todavía, como mi amistad, mi sacrificio, mi perdón, mi amor cristiano, darle mucho más de lo que le quité? ¿Estoy dispuesto también a repartir mis bienes a la gente que lo necesita? No solamente bienes materiales -cada uno sabe si tiene alguno o ninguno, poco o mucho- porque todos somos muy ricos de otra cosa: de nuestro tiempo y de nuestra experiencia. ¿Sabemos repartir estos tesoros a los demás que necesitan de nuestra presencia, de nuestro consejo, de nuestra compañía, de nuestro consuelo, o nuestro sonreir en momentos felices?, porque si estaban felices y estaban solos, ya  no estarían felices. Necesitan también que alguien les devuelva incluso en estos momentos que tienen un motivo de alegría. 

 Saber repartir nuestro tiempo generosamente y no quedárnoslo todo egoístamente para nosotros y nuestras cosas, sino saber regalar a los demás, para su bien, nuestra experiencia de vida. Ya no somos jóvenes, ya no somos niños, ya somos gente que ha pasado mucho en la vida, que ha sufrido, que ha tenido momentos muy alegres, que sabemos mucho de la vida todos juntos. ¿Repartimos aquella palabra oportuna, aquel consejo discreto a todas las personas de nuestro entorno que lo necesitan? También con nuestros bienes materiales, pocos o muchos, ¿sabemos hacerles felices, no solamente a uno sino también a los demás, con pequeños detalles como una invitación, con un regalo de mil maneras, con una limosna o con una ayuda? Otras veces tenemos poco. Él podría haber dicho que tenía poco si hubiere pensado: si me convierto, si hago penitencia, si soy generoso y doy la mitad de mis bienes, ¡ay, ay que me cogerá la palabra! Me llamará a más cosas y tendré que dejarlo todo, incluso lo más difícil, a mí mismo, con una abnegación total y seguirlo para lo que él quiera, y me da miedo. Por eso no damos un poco para que no nos pidan más, así nos creemos seguros en nosotros mismos, que es la máxima inseguridad. Estar en Cristo, en cambio es la máxima seguridad.  

 ¡Ay Zaqueo, Zaqueo!, en esta Eucaristía pedimos que seas intercesor de Jesús, para que el Espíritu Santo que Él envía nos lo dé también a nosotros, para que sepamos al menos ser como Él. 

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Domingo 5 de noviembre de 1989 en la Obra Religiosa Social de la Compañía de la Virgen de Barcelona 

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

 

 

 

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