(Mt 5, 1 – 12)  

 

Frecuentemente nosotros, al leer este evangelio, decimos: ¿a ver en cuál de éstas estoy yo encuadrado?, es decir, ¿soy dichoso porque soy pobre de espíritu, porque lloro, porque sufro cosas, porque tengo hambre y sed de justicia, porque soy misericordioso o limpio de corazón, porque trabajo por la paz o porque soy perseguido? A ver en cuál de éstos me toca. No seamos así de pequeños. Para ser dichosos nos ha de tocar todo, porque si creyéramos que estamos en una y no cumplimos las otras, no va a servir de nada. Porque si cumplimos una de verdad, las otras son correlativas, salen solas, empecemos por la que empecemos. De manea que vamos a ser dichosos si cumplimos todas y cada una de estas cosas.  

 Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. No basta ser pobre en lo material, porque hay mucha gente que es pobre en lo material y está rechinando de furia de serlo, y no le sirve de nada ser pobre. No, el que, tenga lo que tenga, sabe paladearlo, sabe gozar de la tremenda riqueza que tenemos todos de ser humanos, de ser hijos de Dios que tenemos la pobreza de la Resurrección del Cielo. Pero ¿qué tienen que ver eso con tener un coche, o tres, o ninguno, o tener una casa más grande o más chica, comparado con la inmensa belleza que tenemos todos de existir y de ser hijos de Dios? Es pobre el que sabe que es inmensamente rico de esos dones de la existencia y de los dones de la gracia. Ése que es inmensamente rico, es pobre de espíritu realmente. Los sufridos, los que no claman venganza, los que no tienen odio… son dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Y los que no son envidiosos del bien de los demás, ¡ay del envidioso que se recome porque está triste! No es que él no desearía tener lo que otros tienen, ¡claro que sí!, eso es lógico y es bueno. No, la envidia es que se entristece de que, ya que yo no lo tengo, otros lo tengan, cuando tendría que estar contento: ya que no los tengo yo, por lo menos hay otros que tienen esos bienes, ¡cuánto me alegro porque soy solidario, soy hermano de ellos!  

 Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia. Pero no creamos que la justicia del evangelio es la que nosotros llamamos justicia, esa señora con dos balanzas que pesa. La justicia en el evangelio es mucho más, es la caridad, es la justificación por parte de Dios. Desgraciadamente la justicia tiene una estructura de pecado. Pecado quiere decir que no está en el Reino de Dios. El Reino de Dios se rige por el amor y si hay justicia y no hay amor, no es Reino de Dios. Todavía la mera justicia es de una estructura de pecado. Es la justicia en el sentido bíblico de justificación de Dios. A continuación nos lo acaba de explicar: dichosos los misericordiosos, los que tienen el amor de los demás, tierno amor. 

 Dichosos los que trabajan por la paz, no por la violencia, no matando, que esto provoca más odios, más muertes. Queriendo liberar a veces a las personas de los sufrimientos, se les lleva a morir, con lo cual pierden el máximo bien que tenían que era existir, poder amar, ser amados y esperar en esa caridad de Dios. ¡Ay, saber trabajar por la paz y con el amor!  

 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, los perseguidos que no revuelven y se convierten en perseguidores. Porque si de perseguidos pasamos a perseguidores, es también una cosa mala para caer en otra peor. ¡Ay, Dios mío, cuánto tendríamos que meditar estas bienaventuranzas!  

 Termino nada más diciendo que no os contentéis con una, porque el que cumple una, cumple todas las demás. Si no, es que no cumple bien la primera, porque cualquiera conlleva de una manera necesaria todas las otras. Ojalá nos puedan decir un día al presentarnos delante de Dios, con las manos más llenas o más vacías: ¡venid benditos de mi Padre!  

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Lunes 12 de junio de 1989 en  la Cripta de la Catedral de Barcelona

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

 

Comparte esta publicación

Deja un comentario