Habéis oído este trozo de Evangelio tan interesante, tan denso. Lo he comentado esta mañana en la homilía que he hecho en Santa Eulalia de Vilapiscina. Estaba Tante, estaba Marisa, estaba Angelines. De manera que tendrán paciencia si repito alguna cosa, pero es que es muy importante.
Está allí Jesús, en el camino, donde le alcanza la gente. Y viene un joven corriendo. Se arrodilló y le preguntó: Maestro bueno…, Fijaos que le llama Maestro bueno. … ¿qué haré para heredar la vida eterna? Como decía yo, ésa es una pregunta que interesa mucho a todo el mundo, porque tanto los que han oído el realismo existencial o no, lo acepten o no lo acepten, pero bueno, todos sabemos que somos mortales y que es un límite humano, y que, por lo tanto, sí interesa esa pregunta de qué puedo hacer para tener la Vida Eterna. Jesús le contestó primero: ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Fijaos que es como decirle: ¿es que acaso tú intuyes al llamarme Maestro, que yo soy el Verbo Encarnado, acaso intuyes algo de esto? Precisamente porque más tarde veremos que Jesús dice que ese chico intuye algo más en Él que un profeta del Viejo Testamento, es por lo que le dice lo que veremos poco a poco. Jesús le dice que muy bien que quiera la Vida Eterna.
Los judíos, para que alcancen la Vida Eterna, han de cumplir los mandamientos de Moisés; porque ésta es la ley, y un judío, cumpliendo la ley de Moisés, pues ya está, ya hace lo que tiene que hacer para ganar el Cielo. Y lo resume. Es interesante ver cómo resume Jesús los mandamientos de la ley de Moisés, que eran diez. Sin embargo, aquí, cuando lo resume, hay uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. O sea que, entre los diez mandamientos de Moisés, Jesús coge seis, como diciendo que ésos son los más importantes; Él con eso cita los diez, pero al citarlos textualmente, parece como si diera más importancia a éstos que a los otros cuatro. Y dentro de cada materia, lo más importante dentro de cada uno de ellos.
No matarás. Empieza por aquí, como si éste fuera realmente más importante. Respetar la vida de los demás. Es muy gordo matar a una persona. Le puedes mentir, le puedes robar, y estará mal hecho. Puedes cometer un adulterio, y estará muy mal hecho respecto a esta otra persona. Pero ¿matar? Porque de lo otro cabe arrepentirse, cabe hasta cierto punto compensar lo que has hecho. Si has robado, se lo devuelves y le das el doble como hacía Zaqueo: daré el doble de todo lo que haya podido yo contar mal las cuentas. Pero ¡matar! ¿Quién tiene en su mano resucitar a la gente? Pues lo pone primero: no matar. En cambio, recordáis que, de los diez mandamientos, no matar es el quinto. Él empieza por aquí.
Luego, no cometerás adulterio. Claro, eso es muy grave. Porque cometer adulterio es una falta al amor verdadero. Es engañar, es prostituir, es faltar al amor de los cónyuges respectivos, etc. Es muy grave porque es un atentado contra la caridad, contra el amor.
No matarás, no cometerás adulterio.
Después, no robarás. Claro, la gente que necesitan lo que gana para poder vivir, pues que se lo roben con unos impuestos que no tienen justificación, o se lo roben de mil maneras los bancos, con inflaciones de la moneda… Se pasa la gente trabajando toda su vida, sudando y guardando, y después esas pesetas no valen nada, se las han robado todas. Esos ladrones de guante blanco, que son los que están muchas veces gobernando, y, claro, la justicia no puede hacer nada contra ellos, porque ellos, incluso, tienen la justicia en su mano, ¡pues ya me dirás!
No darás falso testimonio. Dando falso testimonio puedes hacer tanto daño a una persona, ¡tanto daño! Murmurando de ella, robándole la fama, ¡es tan tremendo! ¡Y con qué facilidad nosotros hacemos esto, diciendo lo que nosotros pensamos de una persona como si esto fuera verdad verdadera! ¡Y qué sabemos nosotros del corazón de esta persona!
No estafarás. Honra a tu padre y a tu madre.
Él replicó: –Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.
Jesús se le quedó mirando con cariño, y le dijo: –Una cosa te falta. Aquí se atreve Jesús a decirle una cosa más, porque como él le ha llamado Maestro bueno, y bueno, bueno, bueno sólo es Dios. Jesús ve que está intuyendo algo más, que en Él late Dios mismo. Bien, y se lo dice. Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, dales el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el Cielo-… También es muy hermoso que el que se desprende de las cosas tiene un tesoro en el Cielo, en el Reino de los Cielos aquí en la tierra ya tiene un tesoro, ya aquí, y además la Vida Eterna.
… y luego, sígueme.
A estas palabras, él frunció el ceño. Mirad, por un lado, Cristo lo mira con cariño; y él en cambio le devuelve frunciendo el ceño. Cristo le mira con cariño y él frunce el ceño. ¡Qué tristeza Dios mío!
… y se marchó. No respondió, no dijo nada, se marchó. Y se marchó porque era muy ruin, precisamente porque era rico tenía pesar, y esa pesadumbre la arrastraría toda la vida mientras siguiera rico. Pobre chico. Ojalá en algún momento de su vida se acordara y cambiara.
Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: … mirando a su alrededor; también los miraría con cariño a todos diciendo: mirad lo que ha pasado, mirad cómo le miraba y qué mirada me devolvió como diciendo que eso no se lo podía pedir, y marchándose.
¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de los Cielos! Porque el Reino de los Cielos estaba con Él allí en medio y todos los discípulos; allí estaba el Reino de los Cielos. Y Él le invitó: ve y vuelve, y serás uno más. Y se marchó. ¡Qué difícil es al rico entrar en el Reino de los Cielos!
Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: Hijos… Fijaos que a los que se han quedado les llama hijos, ¡qué hermoso! También hubiera deseado Él que aquél se hubiera quedado en el Reino de Dios que Él empezaba a inaugurar como una alborada, aunque no se constituiría plenamente hasta su Muerte y Resurrección, incluida la venida del Espíritu Santo. Ya como una alborada, ya estaba allí. También le hubiera gustado llamar a ese joven que le llamó Maestro bueno al principio, y que ha cumplido los mandamientos, es un buen judío. Le hubiera gustado también poderle llamar después hijo. Jesús, viéndolos que están con Él, sí que se lo dice: Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!
Mirad, qué magnífica definición de rico da Jesús. ¡Cuánto discuten la gente de quién es rico! Rico es ese señor que tiene muchos millones. Bueno, pero el que tiene un sólo millón, que hoy día no es gran cosa, ¿ya es rico? El obrero que tiene un buen sueldo, aunque no tiene ningún ahorro, ¿es rico o es pobre? Cuántos querrían ser obreros hoy con un sueldo seguro. ¿Quién es rico? Rico es todo aquél que pone su confianza para resolver los asuntos, para llegar a ser feliz, para dar felicidad para que haya justicia en este mundo, para que haya Reino de los Cielos en el corazón y en todo, para esto, para todas las cosas buenas y objetivos buenos, es rico aquél que pone la confianza en el dinero, diciendo que con dinero se alcanza todo, el dinero me dará poder, compraré a todo el mundo, tendré poder, y con el poder lo arreglaré, lo tendré todo, tendré alegría, felicidad, todo. Pone su confianza en el dinero. Éste es rico. Tenga muchos millones o no tenga ninguno, porque puede ser personas que no tengan un millón pero que digan: robaré, oprimiré a los demás, me haré con dinero, porque cuando yo tenga dinero… Éste no tiene ni cinco, pero es rico, porque pone su confianza en el dinero como expresión de los bienes de este mundo, creyendo que manejándolos, teniéndolos, utilizándolos, manipulándolos, tendrá todo lo que quiera, alcanzará hasta a Dios, porque dirá que hará grandes limosnas después, y con eso se asegura la Vida Eterna, compra la Vida Eterna con dinero también. Éste es el rico.
Y dice Jesús: Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, … En las murallas, ya sabéis, había unos resquicios que además acababan en punta, como un arco gótico, pequeñito, a veces hacían un cuarto a través de la muralla para, cuando cerraban las puertas y ya no podían entrar carros ni nadie, todavía si llegaba alguien retrasado, le abrían esta cosa difícil de pasar para que no se colara nadie, y en caso de guerra lo cerraban muy bien cerrado de inmediato. Y le llamaban ojos de aguja, unos resquicios delgados y altos. Y, claro, un camello, era imposible con su panza, y que se doblara si no podía pasar. Más difícil le será a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de los Cielos.
Y ahora viene algo sensacional que los oyentes, san Pedro, los apóstoles, se espantaron de oír esto, y comentaban: –Entonces, ¿quién puede salvarse? ¿Qué quiere decir esto? Todos se consideraban ricos. ¡Y mira que aquella gente eran unos pelados! Los apóstoles, fuera de san Pedro y de san Juan, que tenían una pequeña industria pesquera y eran propietarios de algunos barcos, entonces era bastante; los demás, todos eran desarrapados. Eran ricos. Se consideraban ricos porque todos ponían su confianza en alcanzar las cosas, en arreglarlas con dinero: comprarían armas y derrotarían al Imperio Romano que los oprimía, y podrían ser reyes de Israel, se sentaría uno a la derecha y el otro a la izquierda, y serían gobernadores. Ponen su confianza en el dinero y en las cosas de este mundo. Todos se consideraban ricos de manera que veían que el que no quisiera ser rico o no pusiera su confianza en el poder era idiota. ¿Quién se iba a salvar entonces?, porque todos eran ricos, no porque tuvieran dinero, sino porque ponían su confianza en el dinero.
Jesús se los quedó mirando y les dijo: –Es imposible para los hombres, … Realmente los hombres dejados a sí mismos pues ya lo vemos: los Estados, las mafias que hay… Si eso se deja a los hombres solitos, todos ponen su confianza en el poder y en el dinero, ¡todos! No es imposible para Dios, Dios lo puede todo, es decir, que Dios puede hacer este milagro en las personas, que se den cuenta que no vale para nada poner la confianza en las cosas materiales, que hay que ponerla en las palabras de Dios, en los preceptos de Dios, en el amor que nos manda. Ahí está el arma omnipotente que lo consigue todo: el amor.
Pedro se puso a decirle: –Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. O sea, nosotros hemos hecho lo que este joven no ha hecho, que se ha ido; en cambio, nosotros lo hemos dejado todo y estamos aquí contigo, y te hemos seguido. Hace una afirmación hermosa, es hermosa. Eso es lo que podíais decir todos los que estáis aquí, ¡todos los que estáis aquí!
Jesús les dijo: –Os aseguro, … Y también Jesús os lo dice. … que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras… Bien, aquí Jesús añade una cosa estupenda: mirad todos los que habéis dejado todo, recibiréis aquí, aquí en este mundo, en el tiempo aquí, en el Reino de los Cielos aquí, ya recibiréis cien veces más de todo lo que habéis dejado, de casas, de madre, de hermanos, de hijos… Y Jesús dice eso: el que deja esas cosas, recibirá aquí ya, en este mundo el ciento por uno. Pero añade una cosa. Antes dice que el que deje casa, hermanos, hermanas, madre, etc., recibirá ahora en este tiempo cien veces más, y repite casa hermanas, hermanos…-, y, añade una cosa, que no había dicho antes que las dejara: … con persecuciones-, … ¿Persecuciones también? También asegura Jesús que habrá persecuciones. Y persecuciones en el doble sentido de la palabra. Porque perseguir quiere decir «seguir mucho», o «muchos que siguen». Y en un sentido de la palabra persecución, es decir: y mucha gente te seguirá. Y también en el otro sentido de que habrá gente que te perseguirán furiosos de ver cuánta paz y cuánta alegría hay en ese trocito de Reino de los Cielos donde la gente todos quieren ser últimos, y la gente está en paz, está en fiesta, está alegre, y dais envidia y os perseguirán, y os matarán si pueden. Pero ser perseguidos por la gloria de Dios, eso es un bien tan enorme como tener cien hijos, cien hermanos y cien hermanas, y tener persecución por la gloria de Dios; es un tesoro también del Reino de los Cielos. Más se podría decir: si la gente no os persigue envidiosos de esto, es porque no realizáis bastante bien el Reino de los Cielos; cuanto mejor lo hagáis, mejor os perseguirán; unos para querer ser como vosotros, y otros de envidia, de rabia, de pataleo de ver que con todo su poder de dinero, de poder de los bienes de este mundo, no logran lo que vosotros sin nada, abandonándolo todo pero teniendo la caridad, lográis. Paz y fiesta, y persecuciones en este mundo. … y en la edad futura vida eterna.
Así es como se responde la pregunta de aquel joven: ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida Eterna? ¡Heredar!: él que había heredado tantos bienes de sus padres, cuando habla de la Vida Eterna cree que es también otra herencia, que no tiene por qué dejar la primera para tener la segunda. En cambio, Jesús le dice que es abandonando las cosas como tendrá cien más, y sólo así, entonces, también tendrá la Vida Eterna.
Pues bien, que sepamos todos administrar bien los bienes que Dios ponga en nuestras manos. Administrarlos bien para dar con ellos gloria a Dios, para hacer felices a las personas, para tanto bien cómo se puede en este mundo, sin poner la confianza en ellos, porque de nada sirven los bienes si uno no tiene caridad; se hace uno dueño de estos bienes por creer que con ellos comprará todo, en vez de poner estos bienes al servicio de los demás movido por el amor. Bien, pues que Dios nos enseñe a ser administradores de los bienes de este mundo. Y bien situado nuestro corazón, nuestra confianza en el Padre, así alcanzamos el Reino de los Cielos aquí, y el Reino de los Cielos en esa Tierra y Cielo renovados para siempre.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 29 de septiembre de 1985 en Santa Eulalia de Vilapiscina, Barcelona