Este Evangelio, que lo hemos leído muchas veces en muchos otros actos litúrgico a lo largo del año, pero que lo hemos leído también muchas veces cuando hemos venido a celebrar aquí junto a la tumba de Santiago, porque es el Evangelio de la misa de Santiago. Es muy hermoso. Es muy breve, pero ¡tan denso!, como todos los pasajes del Evangelio.
Primero, ellos saben que ponen a su madre de intercesora de sus deseos. Va la madre de ellos dos a pedirle a Jesús, y Jesús la atiende con mucha benignidad: ¿qué deseas? Como estando proclive ya antes de que ella hable, a conceder lo que la madre le va a pedir por ser madre de estos hijos. Ya de entrada, Jesús manifiesta predisposición buena a atender esa intercesión que los hijos ponen. Y le hace esa petición: cuando esté en su Reino, que se sienten…
Él entonces no contesta a la madre ya, sino que, también atravesando esa pregunta de la madre, ya se dirige directamente a ellos dos, y les dice: ¿podéis beber el cáliz? Ellos dos dicen: Podemos.
Y Jesús ciertamente ratifica eso: mi cáliz lo beberéis, condición “sine qua non” para que después podáis estar sentados conmigo en el Reino de los Cielos.
Ahora bien, es aquello de que el Padre es mayor que yo; el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en la Santísima Trinidad son iguales, pero siendo iguales, el Padre es mayor porque es el Origen. Pues bien, Él aquí reserva al Padre quién se va a sentar a su derecha y a su izquierda, no se lo concede de inmediato por la petición de la madre a ellos dos, porque no le toca a Él, esto lo tiene reservado el Padre.
Ese diálogo tan espléndido, tan maravilloso, no era del todo correctamente entendido por los otros diez apóstoles, muy terrenales todavía: pero qué cosas le pedían, pero ¿qué es eso de adelantarse a los otros…? Protestan. Y Jesús toma pie de esto para darles una maravillosa, una magnífica lección que nos concierne a todos.
Todos los que estamos aquí queremos vivir en el Reino de los Cielos ya aquí, el que instauró Cristo con su Resurrección como antesala de ir al Reino de los Cielos eterno. ¡Claro que queremos vivir en él! Y ¡qué sencillo es vivir en él, ¡qué fácil! Y Cristo explica lo fácil que es vivir en el Reino de los Cielos; es decir, en un trozo en medio del mundo, que no es del mundo, pero que está en medio del mundo, y que es ya ahora, aquí en este momento un trozo de Cielo, en el que podemos ver como en un espejo a Dios Padre, ¿pero verle? Porque cuando se ve a una persona en un espejo, se le ve muy claramente, muy nítidamente, se le siente muy cerca, se le puede oír su voz, se le pueden ver los gestos con que acompaña lo que dice. Ver a una persona en un espejo ya es mucho, este tenerla muy cerca y verla muy claramente, aunque no la podamos abrazar aún.
Pues bien, ¿cuál es el consejo que nos da Jesús para que sea eso realmente un Reino de los Cielos aquí o donde sea, donde estemos juntos? Que nadie quiera ser primero, que todos queramos ser últimos.
En una comunidad, en una familia, cuando todos de verdad en su corazón quieren ser últimos, y por amor quieren ser servidores de los demás, esa familia, ese grupo en un instante se ha convertido en un trozo de Cielo. ¡Qué maravilla, cómo se quieren, cómo se sirven, cómo se ayudan, qué paz! Bastaría que uno, uno sólo en su corazón quisiera ser primero, ¡oh!, qué fácil le sería, porque como todos los demás quieren ser últimos, pues se convertiría en primero; pero siendo un primero, ¡cómo empezaría entonces a mandar, a querer que los demás le siguieran, que hicieran lo que él dijera, sojuzgarlos…! Se habría acabado el ser un Cielo; se convertiría aquello en un purgatorio, o quién sabe si en un infierno. ¡Todos últimos, qué maravilla!
Ya está, ya es un trozo de Cielo. ¿Por qué?
Ciertamente en esas comunidades, en la familia, en una comunidad cualquiera, pues hay alguien que es primero, claro, pero éste que es primero ya no quiere ser primero porque ya lo es. Los que quieren ser primeros son los que no lo son. Cuando uno, como Cristo, funda un grupo, él es el fundador. En un padre de familia, una madre de familia, son los primeros, claro, sin ellos no existiría la familia. Lo son. Pero Jesús mismo nos da ejemplo de lo que han de hacer los que ya son primeros. ¿Qué han de hacer? Ellos hacerse también últimos, y así dan ejemplo de lo que hay que hacer. Y si ellos, que son los primeros, también se hacen últimos, los demás, que no son primeros, cuánta mayor razón, ser últimos. Es lo que hace Cristo cuando lava los pies a los apóstoles: me llamáis «el Señor», y es que lo soy; pero mirad lo que hago con vosotros. Y les lava los pies con gran susto de san Pedro. Y le dice Jesús: si no permites, no tendrás parte conmigo; y así vosotros tenéis que hacer los unos a los otros lo que me habéis visto a mí, ¡sed últimos, lavaos los pies!, labor de esclavos…
El primero, el padre de familia, el fundador de un grupo, el que sea primero de verdad, porque es el que ha puesto las cosas para que fueran posibles, se ha de hacer último. Y así los demás encontrarán también más fácilmente hacerse últimos. Y cuando todos, incluso el primero, todos, sean últimos, el Cielo está en medio de nosotros.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 30 de octubre de 1985 en la catedral de Santiago de Compostela