(Mc 12, 28 – 34)  

 

Estamos haciendo un comentario al evangelio de la dominica treinta y uno, ciclo B, donde aquel letrado pregunta a Jesús cuáles son los principales mandamientos. Jesús responde: “amar a Dios con todas las fuerzas y al prójimo como uno mismo.” El letrado replicó bien. El texto que vamos a comentar hoy es algo en lo que no se cae en la cuenta: “Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: no estás lejos del Reino de Dios.” Eso es lo que estamos subrayando, que utilizamos nuestra libertad y nuestra razón sensatamente. También la podemos utilizar muy mal: para la violencia, para el odio, y la razón para las utopías absurdas, soberbias. En cambio, si utilizamos ambas cosas sensatamente es como nosotros, con nuestras fuerzas, caminamos hasta el dintel del Reino de Dios. Allí estamos abiertos, además de poder recibir el don de la gracia, el don de la fe, que es lo que nos hará entrar en el Reino de Dios. O sea, que la gran formación que hay que dar en las catequesis de los sacramentos – que los sacramentos ya son fuerzas interiores del Reino de Dios– para acercarnos a recibirlos es obrar sensatamente. Es decir, gran parte de la formación de la catequesis es lograr que los que se acercan sean sensatos para que puedan acercarse del todo. 

 

La sensatez es lo que hace que se cultiven todas las virtudes humanas: la piedad, la generosidad, la honestidad, la lealtad, el sacrificio, hacer el bien a los demás. Naturalmente todas estas virtudes tienen que ir colgadas de las cuatro virtudes cardinales que son: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Ésas son las columnas que aguantan la sensatez. Si hubiera una persona que, aunque fuera muy generosa, faltara a la justicia porque todo lo que tiene lo da al primero que encuentra y deja morir de hambre a sus hijos, no es justo porque éstos tienen derecho a que el padre les alimente. Sería una imprudencia enorme, no calcularía qué es lo que puede dar y qué es lo que no puede dar para obrar con justicia. No tendría fortaleza para resistir a esta petición sugerente, quizás aduladora y cariñosa del pedigüeño, y claudicaría ante ella y no tendría fortaleza para decir: un momento, te puedo dar esto pero no más. No tendría templanza, que es saber estar en el punto justo; no sería sensato. De manera que sin prudencia, sin justicia, sin fortaleza y sin templanza no se puede ser sensato, aunque se cultiven otras virtudes de simpatía, de generosidad, de emprendedor, de dicharachero, de atracción de gentes, etc. Esas cuatro se llaman cardinales, que quiere decir goznes, donde las puertas o las ventanas bien puestas pueden girar bien y cumplir su cometido de abrir o cerrar la puerta o la ventana. Si faltan esas cuatro virtudes, por muchas otras que pareciera que tenemos, las tenemos y las usamos insensatamente. Ahí están: las virtudes cardinales. Nunca habrá que cansarse de predicar a la gente que quiera recibir los sacramentos, que quiera entrar en la fe, en la esperanza, en la caridad, esas otras virtudes teologales -que ya son del Reino de los Cielos-, que cumpla bien esas cuatro virtudes cardinales que nos hacen sensatos. Eso es un programa de formación de la juventud, de la adolescencia, de los adultos que quieran acercarse al Reino de Dios.  

 

Pues bien, meditemos esto en profundidad. Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: no estás lejos del Reino de Dios. ¡Qué hermoso es saber que si logramos que la gente sea sensata, sabemos que hemos hecho lo más que hemos podido: acercarlos al Reino de Dios para que allí Jesús les abra las puertas, les dé el don de la fe, de la esperanza y de la caridad!  

 

Decía antes lo que querría decir etimológicamente la palabra sensato. Vemos que, por la raíz, está ligada a la palabra sentidos. Pero tiene aquí el sentir, sentir bien, sentir la realidad, no las vanas ilusiones o fantasmagorías o fantasmas que la razón también es capaz de hacer cuando se vuelve loca. Sensato es sentir bien, sentir sintónicamente con la realidad de las cosas, no lo que yo creo que son, lo que yo me imagino que son, lo que yo desearía que fueran, no, lo que son, tocar de pies a tierra, sensatos. 

 

No olvidemos una palabra que ha dicho Jesús antes: “con todo tu ser.” Eso lo recoge otra vez el fariseo y lo repite. 

 

Aquí diría que ser sensatos es llegar a la plenitud del realismo existencial que nos hace aceptar la realidad como es, que yo soy como soy o no existiría. Pero tengo potencia para llegar a ser mejor si no pierdo el tiempo en remordimientos y en resentimientos, si me dedico a ser solidario con los demás, amigo de los demás, alegre de que todo haya sido así, alegre de que yo soy como soy o no sería. Así, entonces,  tengo toda capacidad para mejorar mi manera de ser. El realismo existencial está aquí metido en “con todo el ser” y por otra parte es “con toda la humanidad del ser verdadero que soy”, que es contingente, que no soy Dios. Eso elimina la soberbia, que es la locura de la razón. El realismo existencial es el que desarrolla esa humildad del ser, esa verdad. Por eso, en este camino de sensatez hemos de descubrir y abrazar por entero el realismo existencial, que nos lleva a la verdad de nuestro ser, y por ello a la humanidad óntica. 

 

Muy bien, en esta misa recordamos a Joao, un joven mozambiqueño fallecido recientemente, que sin grandes estudios ni sabiduría de sabios, tuvo la sensatez profunda de esta humildad óntica y de esta alegría de existir. Él no sólo estuvo cerca del Reino de Dios, Dios lo arrebató muy hondo en este Reino, tanto, que se lo llevó a la plenitud del Reino celestial. 

 

Alfredo Rubio de Castarlenas 

 

Homilía del Sábado 29 de octubre de 1988 en  Barcelona

Del libro «Homilías. Vol. II 1982-1995», publicado por Edimurtra 

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