Yo le insisto a José Luis que predique, y dice que no, que tiene que prepararse el sermón, porque ¡así de improviso! Y dice que predique yo.
Yo, para ser sincero, tendría que decir: bueno predico porque es que no me coge de improviso. ¿Por qué? Porque esta parábola que hemos leído fue quizá la primera que yo oí así, siendo ya un poco mayorcito, de una manera consciente, y me impresionó muchísimo; y fue la primera vez que hice yo ejercicios espirituales en mi vida, tendría quizá 14 años, seguramente, o 15 años. Y fueron unos ejercicios que nos dio un padre benedictino en el colegio de Santa Eulalia, y unos ejercicios que dijeron: no, han de ser para los chicos mayores. A mí de momento pues no me consideraron todavía mayor, por eso digo que tendría 14 años o cosa así, y había quedado excluido de esos ejercicios, lo cual a mí y a otros compañeros nos molestó muchísimo, la verdad, que hicieran aquella separación. Pero hete aquí que antes de empezar vino el profesor, y sin pedirle nada yo, escogió a dos o tres que habíamos quedado excluidos por edad, y dijo: bueno vosotros podéis hacerlos también. Y los hicimos. La verdad, no me acuerdo absolutamente nada de lo que dijo aquel bendito hombre en los ejercicios que duraron cierto tiempo, no me acuerdo si fueron tres días o cuatro, no me acuerdo. De lo único que me acuerdo es de esta parábola; cómo leyó esta parábola y nos la explicó. Y realmente ese recuerdo tan vívido que tanto me impresionó entonces, pues sí, lo tengo siempre muy presente, por eso decía que hablar de esta parábola no me coge de improviso, es de las cosas muy grabadas desde la adolescencia, y, curioso, no recuerdo nada más de aquellos ejercicios. Bueno, yo diría que sí, es pena no acordarme de nada más, pero qué bien que me acuerdo por lo menos de esta parábola, ¿verdad?, que tanto me impresionó. Pues creo que fueron un fruto muy bueno de aquellos ejercicios, muy bueno. Seguramente él, en su hablar, en comentar esta parábola, pues la adornaría, la haría que la viviéramos mucho; también quizás explicó luego otra que no me acuerdo, y de ésta sí. Pero no recuerdo tanto que me impresionara lo que dijo ni las formas en que lo dijo, sino que me impresionó como pasando por un cedazo lo que queda en el cedazo, que es la parábola limpia y pura, sin más, la parábola tal cual, sin ninguna añadidura. ¡Qué hermoso, qué hermoso, cuántas cosas sugiere, cuántas, de la postura del padre, del hijo! Ese hijo menor que tiene su fortuna, se va, ya lo veis, la dilapidó con los amigos y con mujeres perdidas. Supone eso que no sería un joven demasiado joven; ¿tendría 20 años, 19, 18? Entonces estas edades ya eran avanzadas. Esa edad tendría, 18 años, 19, 20. Bien, era mayor. Cuando vuelve tan arrepentido, su padre que lo ve venir, lo va a buscar, se encuentra feliz de recordar a ese hijo, como dirá luego él al hermano mayor, y dice el texto: lo cubrió de besos.
Cuando la otra noche, antes de ayer, en la Cena Hora Europea se trataba de relaciones de padres e hijos, se dijeron cosas todas muy buenas; como decía Folch i Camarasa: mira, habéis pasado rápidamente, pero habéis incluido todo, allí está todo lo que se podía decir, está ahí. Él añadió alguna cosa. Y sí, daba gozo ver cómo aquellas personas un tanto mayores aceptaban como cosa normal lo que hoy día, después de mucho hablar, está. Pero no dijeron aquí nada nuevo. Las preguntas que se hicieron, que hizo Guillermo, que hizo Ester, fueron realmente importantes. Pero la de Guillermo ni la entendieron, y la de Ester sí que la entendieron, y la recogieron y la valoraron mucho, como aquel padre jesuita que había. No dijeron nada más luego. Si hubieran leído esta parábola, si hubieran visto como este padre a su hijo mayor, de 20 años, lo cubría de besos, ¡Qué gran lección de relaciones de padres e hijos, qué gran relación! Esa manifestación profunda de una ternura recia de un padre hacia sus hijos mayores, que no se esconde, que no tiene escrúpulos ni rubor de tener una ternura profunda como nos dice el Evangelio. ¡Qué maravilla, qué maravilla! Bien, os ofrezco, dijéramos, esa pequeña perla de unos evangelios, de un trozo que tanto habéis oído y comentado. Yo desearía también que, como me pasó a mí, dentro de unos años recordéis que en la Universidad yo os presenté esta parábola, aunque os olvidéis de todo, pero nunca olvidéis esta.
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 17 de Marzo de 1990 en la Universidad