A estas palabras tan estupendas que Juan Miguel nos ha dicho, yo daría dos sugerencias, que son una continuación. La primera, vemos aquí que el bautismo de Juan no era propiamente el Bautismo, pero cuando Jesús lo recibe en esta presencia del Padre y descendiendo sobre Él Espíritu Santo, esto sí que es ya Él protagonista del primer Bautismo en el Espíritu que luego se repetirá en la Iglesia. También cuando dice Jesús a las multitudes: ¿Quién es capaz de acusarme de pecado? Está ejerciendo aquí el hontanar del sacramento de la Penitencia, Él hace confesión pública de que no tiene pecado, pero nos enseña a todos a hacer también confesión, como dice la Iglesia, de una manera u otra, de nuestros pecados, que nosotros sí que los tenemos. Y Él toma parte en la Eucaristía –tomad, esto es mi Cuerpo-; toma también de este Pan pascual y de este Vino de este cáliz, fuente de la Eucaristía. Y Él se deja ungir antes de morir, se deja ungir de los pies a la cabeza. Él es también un hontanar de la unción. Naturalmente que Él es el esposo de la Iglesia, de toda la Iglesia, fundamento del sacramento del Matrimonio, como se dice en la liturgia del Matrimonio. Quedaría aquí un poco por pensar en su Confirmación, en que está allí en Getsemaní, cuando dice: hágase tu voluntad y no la mía. Es decir, ver a Jesús como la fuente de todos los sacramentos, empezando por el de hoy que nos recordaba Juan Miguel. Después ha dicho él muy bien que eso era una manifestación de Dios, una epifanía, manifestación –de ahí viene la palabra fiesta-. O sea, que, en toda fiesta, para ser de verdad, tiene que haber una revelación, tiene que haber una manifestación, una sensación de presencia de Dios, y eso es lo que hace la fiesta. En la fiesta la gente se manifiesta como es, con toda espontaneidad, con toda sencillez, con toda humildad, despojados de todos esos papeles que nos da el teatro del mundo, de ser uno un gobernador, el otro un profesor, el otro tal; no, allí todo el mundo se manifiesta como es, que es un hijo de Dios, un hombre humilde, sencillo que acepta sus limitaciones y su mortalidad. Y en esta manifestación de lo hondo del ser humano, también hay una manifestación en la fiesta de este Dios que –como decía Juan Miguel-, es la raíz; si no, no hay fiesta. La fiesta siempre es también un ejemplo de epifanía de Dios y de los hombres.
Juan Miguel. – Es un poco lo que decía ayer, que hoy día las personas tienen poco rato de comunicarse, que es de alguna manera mostrarse, autor revelarse al prójimo, ¿no?, el dejarse conocer. Él decía que el ruido impide conocer a las personas.
Alfredo. – ¡Qué difícil es saber estar en fiesta!
Alfredo Rubio de Castarlenas
Homilía de 13 de Enero de 1991