Cristo ha resucitado. Es el fundamento de toda nuestra predicación, la razón de ser Iglesia, misioneros, apóstoles, comunicadores de esta Buena Nueva. Es nuestra razón más profunda.

Pascua. No es que sea diferente el Cristo histórico -todo lo que hizo-, y el Cristo de la Pascua. Es exactamente Él mismo, pero naturalmente, con vida mortal, y después resucitado. Es el mismo. No puede haber cosa diferente ni contradictoria entre los dos, imposible. Sino que Cristo resucitado es el estallido lleno de luz de toda aquella labor que tenía ya el Cristo histórico en sus tareas. Algunos, que quieren buscar cuatro pies el gato, pues dicen que los géneros literarios del Cristo pascual son diferentes de los géneros literarios del Cristo histórico. No es verdad eso. Tienen sus aspectos, pero son los mismos; porque, por ejemplo, dicen que un ángel estaba allí en la tumba vacía, un ángel habló a las mujeres que estaban cerca. Bueno, en el momento de la pasión también hay un ángel que consuela a Cristo en Getsemaní –también hablan de ángeles-. Es decir, hay que ver qué quieren decir con esta expresión, de acuerdo; pero es igual antes de morir que después de resucitado. Hablan de cosas extraordinarias en la Resurrección –género literario, dicen-: el terremoto aquel que hubo en el momento de su Resurrección que espantó a los soldados; pues ya me diréis el terremoto que hubo cuando Cristo murió en la cruz, que también dejó espantada a la gente. Que puede haber algunos fenómenos maravillosos en aquel momento de la Resurrección, como que por ejemplo Cristo atraviesa las paredes; bueno pues ya me diréis también lo maravilloso que fue lo que describen cuando Cristo muere, que se rasgó el velo del templo. Etcétera. Podríamos todavía buscar más paralelos en un lado y otro.

De manera que la pasión y muerte de Jesucristo y su Resurrección son como las dos vertientes de una montaña, como las dos caras de una medalla; pero los géneros literarios no son tan divorciados ni diferentes, en absoluto. Y eso, los que lo decían, es porque tenían el prurito de decir: el Cristo histórico, el Cristo mortal es rigurosamente histórico. Y en cambio, la Resurrección, siendo totalmente cierta, pero cae fuera de la historia, es para histórica, es histórica para los que la vivieron, pero no se puede catalogar dentro de unas crónicas, como se puede catalogar la vida de Cristo, y como de hecho pasó con Flavio Josefo, etc., que hablan historiadores, hablan de Jesús y de su muerte.

No, no hay tanta diferencia. Y es también un concepto microscópico, macarrónico de lo que es historia. Historia es todo lo que pasa, pase de una manera o pase de otra. Ya me diréis, la Resurrección de Cristo, que da paso a la Iglesia, la cual está bien presente en la historia, y que ha transformado la historia, y que es la luz de la historia: si no es historia, si no se pude decir que tiene una presencia real. Los que querrían rechazar la Resurrección de Cristo, ponerla fuera de la historia, es que en el fondo querrían hacer exactamente lo mismo con la Iglesia, como una institución encerrada en la sacristía que no tiene ninguna repercusión en el devenir humano; y querrían también ponernos a nosotros, en cuanto cristianos, también fuera de la historia de este mundo.

Bueno, pues muy contentos y muy agradecidos, porque si nos ponen dentro del Reino de Dios, fuera de la historia del mundo, que es el reino de las tinieblas y del demonio, ¡qué suerte, qué suerte! Pero es que la historia del Reino de Dios es lo más histórico, lo más real, lo más tangible, y el devenir de hechos que tiene más densidad.

Bien, este día de celebración de Pascua pasada en la universidad, es una presencia en medio de los conocimientos de la razón -que es muy gloriosa ciertamente, pero es muy limitada a la vez-. Que esta Eucaristía en la universidad sea la afirmación de que Cristo resucitado es la máxima presencia en la historia.

Recordad las Transfiguración de Jesús en el monte Tabor, que era una prefiguración real ya de la Resurrección. Que la alegría de la Pascua en nuestro corazón nos haga vivir en un misterioso, íntimo y, también, colectivo dentro de los que formamos la Iglesia, un permanente tabor esperando el estallido del Cielo.

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

Homilía de 9 de Abril de 1988 en la universidad

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