A JOE

Yo paseaba; el preparaba exámenes.

  

Me detuve un momento

paseando esta tarde

frente a la cristalera inmensa

de un escaparate.

Con letras muy serias, doradas:

“Antiquites” “Antigüedades”.

 

Cosas y cosas

–con la misma belleza de la tarde–

se reposaban unas junto a otras

¡quién sabe de qué vicisitudes

caricias o desaires!

Historias olvidadas

puros objetos ¡cachivaches!

 

Y allí, cerca al cristal

vacía y como una nave,

una cuna holandesa

de recio maderamen;

como escapada de un van Dyck

traída por el oleaje.

Más ancha en un extremo

–anchura de hombros de un infante–

puesta sobre balancines:

dos medias lunas de nogales

¡para poderle dar

vaivén de mares!

¡Cuántas generaciones

flamencas, medievales,

habrá mecido este velero

que desplegaba blondas por velamen?

    

Ahora sin arboladura,

seca, sin nieve de ropajes,

parecía también un surco abierto

bostezando en la tarde;

o un ataúd pequeño

varado junto a los cristales.

    

¿Qué es un ataúd sino una cuna

bien crecida en edades,

bien acabada con cubierta

de nave?

 

¡Qué gozo ser grano en la cuna;

sentir cuidados maternales.

Luego el orear de la vida

en hojas de almanaques;

y varear presencias

y soledades!

y en las largas estelas

de nuestros surcos temporales

¡qué alegría ser hierba en primavera

estrenando verdes suaves;

ser flor en mayo, espiga en junio;

y en agosto, que Dios nos guarde!

    

¡Ay recia cuna anochecida,

has sido ataúd de la tarde!

 

Alfredo Rubio de Castarlenas

 

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